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¡Qué vergüenza!

Todos hemos vivido momentos en los que sólo quieres que la tierra te trague; momentos en los que te sientes tan ridículo, en los que pasas tanta vergüenza que quisieras desaparecer.
Luego, cuando los recuerdas o los cuentas a otras personas, desaparece la sensación de ridículo y te provocan una carcajada.
Pues bien, hoy que ya estamos en el fin de semana, os propongo contar alguna de estas anécdotas en las que te has sentido ridículo o en las que has sentido vergüenza ajena, o en las que no has podido aguantar la risa contemplando una escena.
¡Vamos a reír!
Yo me he sentido ridícula en muchas ocasiones, la verdad, pero aquí os dejo tres anécdotas que son las que me vienen a la cabeza en este momento:
1.- Cuando formaba parte de la Sección de Rugby del Barça, tuve que pronunciar un discurso en el teatro de un lugar del sur de Francia. Allí estaba el alcalde de la localidad, representantes de la Federación francesa de Rugby, directivos y jugadores de este deporte y la prensa.
Me preparé el tema y, cuando estaba a punto de acabar... se me cayó una funda de un diente. Intenté recolocármela con la lengua (inútil), apartarla a un lado e intentar hablar como si fuera ventrílocua, imposible. Colorada como un tomate, terminé con un socorrido “merci” y me bajé del escenario...
2.- Cuando estudiaba enfermería llevaba unos taconazos impresionantes (la moda de la época). Bajando la escalera del metro a toda prisa porque tenía el tiempo justo, hice una caída en la que no me rompí nada inexplicablemente. Llevaba los apuntes en un carpesano. Bien la escena era:
Yo rodando por la escalera para terminar panza abajo, cuan larga era, con la falda en el ombligo y los apuntes desperdigados por el andén.
La gente corrió a ayudarme y yo, quitándole hierro al asunto, diciendo: “No pasa nada. Estoy bien” y, como llegó el metro en aquel momento, me puse de pie y, muy digna, fui andando hacia él, pero en cuanto me puse de pie, me di cuenta de que uno de mis tacones estaba colgando. O sea, además de enseñar las bragas a todos los presentes, me monté medio coja en el metro. Eso sí, yo intenté en todo momento no perder la dignidad, jajajaja!
3.- Estábamos haciendo una limpieza general tras unas obras en casa, mi hermana y yo y el recién presentado novio de ella. Llenamos una funda de colchón de basuras. Pesaba tanto que la llevábamos arrastrando entre los 3 hasta el contenedor. Pero en el momento de introducirla en él, no había manera de subirla.
El novio de mi hermana (bajito y delgado), no quería desistir (imagino que para demostrarnos su poderío “machil”). Le dejamos solo y prácticamente quedó engullido por la funda de colchón. A mi hermana y a mí nos cogió tal ataque de risa que, cuando finalmente la funda quedó en la acera, al lado del container, y quisimos volver a casa, me di cuanta de que no podía dar un paso pues no paraba de reír y me era imposible aguantar el pis.
Andando como pude (pasitos de hormiga) llegamos al ascensor y allí, al vernos en el espejo.... ¡Zas! Otro ataque de risa e irremediablemente me hice pis. ¡Dios qué vergüenza!
Bueno, amig@s, éstas son algunas de mis anécdotas más ridículas ¿Y vosotr@s? ¿Qué nos contais?
Mil gracias, amig@s, por seguir escribiendo en este espacio, sois lo mejor.
Carla.-
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