El único amor infinito...

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"Amar", que palabra tan sencilla trazamos para pretender describir emociones tan complejas. ¿Nunca se han parado a pensarlo? Los seres humanos sentimos e inspiramos amor, por inexplicable que esto pueda parecer si se reflexiona un poco al respecto. ¡Qué insólitas bestias somos! Experimentar tales sentimientos es algo en verdad inconmensurable.

Algo innato, eso parece. Algo inevitable, algo realmente grandioso que pervierten las obsesiones, el insano afán de la posesión, la perversa idolatría, el egoísmo…

Justo al otro lado de éste, del egoísmo, y del odio, en la oculta orilla de lo más insondable, allí se encuentra el mejor Amor, el más noble y magnánimo. Quizá lo hayan sentido ya.

De entre todos los posibles destinos del amor, entre todas las posibles formas de amar, hay uno que eclipsa cualquier otra perspectiva: el Amor por nuestros hijos. Un estremecimiento de adoración inmediata e infinita, un instinto bestial que nos lleva a sentir ternuras y afectos incomparables, con todos los gozos y desvelos que ello entraña.

No, los papás no parimos. Para un padre no hay pataditas, ni contracciones, ni insufribles dolores de por medio. No nos desangramos en el empeño de verlo nacer, aunque se nos desgarre el alma en esa inaudita inquietud, en la bendita espera, en el anhelo de tener en nuestros brazos a uno de esos diminutos recién llegados. Pero pienso que, de algún modo, también se derrama en ese ser la parte de nosotros que sale de nuestras entrañas, y algunos así lo sentimos.

No todos los padres son iguales, no todos saben ni pueden apreciar el singular e imponente don de la “paternomaternidad”. Yo tuve esa suerte, con cada uno de mis hijos, pude sentir como crecían dentro de mí, como se gestaban también en mi interior, como se me hinchaba muy adentro todo ese amor, una y otra vez. Caldos de diferentes cosechas pero de idéntica calidad. Tengas uno o diez retoños el amor es siempre impar, indivisible, incomparable, infinito…

Eso les digo a cada uno de mis hijos cada día (aunque para ellos el concepto sea aun más inabarcable que para mí): “Te quiero infinito hijo…, mucho más que infinito” , les susurro cada noche absolutamente convencido de lo que digo, de lo cierto que es en cada caso. “¿Infilito?…”, me han respondido a veces con el gesto más tierno que se pueda imaginar. A cada uno de ellos le aseguro una y otra vez quererle “más que a nada en este mundo”, porque es definitivamente cierto. A ninguno de ellos miento cuando se lo afirmo con rotunda certeza.

Así es y así será. Jamás me cansaré de repetírselo, jamás me canso de cantarles y demostrarles todo el amor que les guardo y les guardaré más allá incluso de la muerte, cuando la muerte venga a separarnos… A pesar de cuantas palabras deje aquí o allá, siempre que intento describir esos sentimientos me invade una fatigosa impotencia. No soy capaz de plasmarlo en estos términos por mucho que lo intente. Algo bastante deshonroso cuando uno pretende ser diestro en el complejo oficio de escribir, esa peregrina pretensión.

Tal vez sobren las palabras, cualquier palabra, también esa tan manida por los humanos: amor. Posiblemente esa calidad, esa variedad del querer, sea realmente inexpresable. En comparación, describir la conmoción que nos causa el amor romántico, con todos sus deseos por saciar, parece un “juego de niños”, o de niñas. Acaparar en las palabras los prodigiosos ecos del mejor amor, del Amor que siento por mis hijos, no deja de parecerme un imposible, algo de verdad inefable.

Yo me iré de aquí absolutamente convencido de haber amado solo tres veces, solo tres. Con “absoluta entrega y renunciación” nada más he amado a ellos, a mis tres hijos. Vistos desde el amoroso desempeño de la paternidad, todos los demás, sin dejar de ser amores, fueron absurdos y tibios sucedáneos, forcejeos, taimados intentos, socarronerías, ficciones. Representaciones muy imperfectas, erróneos subtítulos para algo tan inmarcesible e inequívoco como es el Amor que uno siente por sus hijos. Nada de eso es comparable, pensarán, y es cierto.

Pero lo que yo pretendo es hablar del único y verdadero amor que he conocido. Lo que sientes por tus padres, por tus hermanos y hermanas, por tus amigos y amigas, por cualquiera de tus parejas, es algo muy distinto. Deberíamos inventar nuevas palabras para denominar los diferentes lugares a los que nos llevan los laberínticos recovecos del amar.

Moriría por ellos, por mis hijos, por salvar sus vidas, sin la más mínima duda, por cualquiera de ellos. Dejaría que un oso me arrancara un brazo, que un tiburón me engullera como cebo, que un alienígena me fulminara con su rayo láser o que un dragón me churruscara hasta el alma. Todas sus inquietudes o enfermedades las quiero para mí, todas, para que ellos vivan siempre sanos y en paz.

Si hay algo que pido al “más allá” con cansina insistencia es por ellos, por su bienestar y su salud. Una cosa buena de ser padre es que pierdes el miedo, casi todos los miedos. Todos menos uno. El pavoroso temor a que algo pueda sucederles, a veces, puede llegar a martirizarte en lo más íntimo, ser una tortura. Al menos puede serlo para mí…

No sé porqué me confieso así ante ustedes ahora, en esta noche en la que escribo como tantas otras noches. Tal vez por ello, por el temor a confesar tanto y tan inmenso amor, me haya costado tanto emprender este texto. Quizá sabía que hablar de lo que siento por mis hijos conllevaría esto, esta apasionada declaración de impotencia, una vez más…         

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