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Locas aventuras en el edificio A (que siempre pensamos que era el C)

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En Telecinco están que lo tiran. Si hace poco presenciaba como llegaba un camión con naranjas listo para reponer existencias en la máquina que se encuentra entre la sala VIP que reformaron gracias a mis enérgicas protestas y los cuartos de baño donde se insulta de forma cobarde a los ex-trabajadores de esta cadena, Jesús de Manuel y a Rocío Carrasco, hoy llegaron de forma adicional:

1. Cuatro cajas de aire acondicionado Mitsubishi. Con el barullo que hay siempre en Telecinco es normal que nadie haya optado por los silenciosos Fujitsu. ¿Para qué?
2. Dos televisiones de plasma Sony Bravia que un mozo llevaba en un carrito por delante de la sala de maquillaje. A veces me veo tentado de pedir si me puedo llevar una casa. Decir eso en Telecinco sería como pedirle a tu tío frutero si te regala una uva.

Delante del plató de Ana Rosa han puesto también un montón de cubos de paja, igualitos que esos que se usan en las películas americanas para hacer el amor entre las vacas y burritos. En cuanto me entere de para qué los van a usar (hubieran quedado muy bien en esa cosa llamada El sheriff de Coslada) yo os lo cuento.
Después, contra todo sentido de la lógica y el deber, decidí subirme a los pisos prohibidos del edificio A (el que hasta hace muy poco me dediqué a llamar edificio C) y viví un sin fin de aventuras.
Primero topé con un montón de controles de realización. Allí hay una luz ténue y sensual que proviene de la única iluminación de los monitores encendidos y hay una temperatura muy agradable. Me gustaría que me enviasen a esa planta : ( En los monitores se podían ver, además, dibujos animados o totales de personajes tan importantes y definitorios de la sociedad española como Bertín Osborne. En el pasillo que une todos los controles hay un calendario sacado del periódico gratuito 20 Minutos con una estrella representando cada mes: en enero brillaban con luz propia esos Backstreet Boys para el tarjet 50 años/muerte, también conocidos como Il Divo, y en mayo estropeaba la belleza del calendario el rostro de Fernando Alonso. En una discreta esquina, correspondiente al mes de agosto, estaba Elsa Pataky.
La planta siguiente daba mucho miedo. Consistía en un largo pasillo blanco repleto de puertas naranjas con terribles carteles como "Zona controlada: en caso de descarga abandone la sala". Me recordó a Chernóbil, a la escotilla de Perdidos o a las dos cosas a la vez. Algunas salas eran enormes espacios sin luz en los que sólo brillaban cientos de lucecitas de colores como si fuesen los controles de un avión fantasma. Encima, el cuarto de baño era muy feo y pequeño y no había máquina de chucherías. Abandoné el lugar como alma que lleva el diablo.
Por si todas estas emociones no fueran suficientes, rematé la tarde bajando por unas escaleras llenas de carteles de esas pelis que tantísimo gustan en el Ministerio de Cultura y a los espectadores de SLQH, como El otro lado de la camaDías de fútbol
Después encontré por fin una máquina de chucherías frías (en concreto, la que está al ladito del plató de Pasapalabra/El juego de tu vida/Médico de familia/Valanota/Maneras de sobrevivir/Desafío bajo cero) y observé con horror como el Kit Kat por el que ya había pagado se quedaba atascado en el complejo sistema de entrega de alimentos y me dejaba sin merienda.
Cuando estaba a punto de acudir al despacho del mismísimo Vasile dispuesto a que se hiciera justicia, un joven de lo más cordial asestó un puñetazo a la máquina haciendo que no sólo cayese el Kit Kat sino el importe íntegro del mismo. A veces Dios se apiada de uno.
Y ahora:
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El verano es esa época mágica en la que uno puede leer libros del revés en la playa e ir al cine simplemente para guarecerse del calor que hace fuera y gozar durante dos horas de Coca Cola fría y aire acondicionado del que evoluciona hacia pulmonía. ¿Qué libro y qué película son las más aptas para disfrutar de tan grandiosas aficiones? Como buen pasillero, mis dos recomendaciones tienen mucho que ver con la tele.

El libro de Escenas de matrimonio. A ver, cierto es que esos diálogos grandiosos sobre la frustración de la vida en pareja pierden muchísimo sin la avasallante chispa cómica y el talento para las pausas dramáticas de actores como, por poner un ejemplo completamente al azar, Rubén Sanz. ¿Pero qué otra publicación se presta más que esa a permitir arenas intrusas en sus lomos, manchas de helado de chocolate entre las páginas e incluso, llegado el colmo de lo trágico, desaparecer por los aires en una ráfaga de viento sin que a nadie le importe un pito? Amigos, es la lectura del verano.

Sexo en Nueva York, la película. No nos engañemos: alguien quería pasarse dos horas y media (no exagero) de asueto en el cine y un par de productores estaban pensando en qué película podría servir como perfecta excusa.

-¿Te acuerdas de aquella serie tan genial que terminó hace unos cuatros años sobre cuatro mujeres ricas de Manhattan que se comportan como unos homosexuales salidos?
-¡Es verdad! Era bastante buena. Podríamos hacer una peli para arruinar su recuerdo y pasarnos dos horas en el cine tan ricamente.
-Dos horas y media, mejor, que la solana cae a plomo.
-Además, ninguna de ellas tiene trabajo.
-Y las cambiaremos muchas veces de estilismo, de ese modo la gente no se enterará de que ni nos hemos preocupado por inventar una trama.
-No olvides una machacona banda sonora para adornar secuencias de esas de las que te hacen retorcerte de vergüenza ajena en la butaca.
-Y un plano a cámara lenta con un vestido de novia, como el género manda.
-Cuando dices género, ¿quieres decir género cinematográfico o género textil?
-Textil, por supuesto.

Y esto es todo por hoy. Feliz martes. Y recordad siempre: SALVAR VIRGINIA AL 5557