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Mi jefa presenta un exitoso libro de cuentos mientras yo me quedo petrificado ante una tienda de muelles

Pues nos habíamos quedado en que yo me iba a beber entre semana, y como hay que atrapar al lector en estos tiempos de crisis en los que la fidelidad de la gente a los blogs o a las personas en general es tan de fiar como la televisión pública rusa, decidí dejar el motivo en el aire. ¡Ahhhh! ¿Qué se le ha perdido al Pasillero en el fondo de un gin tonic en pleno miércoles?, se preguntaban los medios y los españoles estos dos días. "Ni que necesitase un motivo, si es un alcohólico asqueroso y maloliente", oigo por ahí. Pues nada más lejos de la realidad, malvados: se trataba de un ágape organizado porque mi jefa presentaba un flamante librito que ha ganado un premio muy importante. Así que nos invitó a todos a una charla de escritores recompensada por seguida de unos gintonics en un sitio cercano donde pinchaban con vinilos.
(que eran unas cosas antiquísimas que, aunque tenían menor longevidad, sonaban mejor que los cd's)
(que eran una cosa antigua que, aunque se rompían, sonaban mejor que los MP3)
(que era una cosa pasada que, aunque podía tardar en descargarse, sonaba mejor que el audio en streaming)
Cuando yo llegué a la charla ya había empezado, porque por la Ronda de Atocha adelante, bajo una lluvia de estas que no mojan pero molestan, me encontré con una cosa que me entusiasmó: una tienda de muelles. No tenían otra cosa, sólo muelles. El motivo por el que esta tienda puede existir, y parecía que ya tenía añitos, no me lo explico. Imagino que los muelles son parte imprescindible de todos los mecanismos que nos rodean y hacen nuestra vida más fácil. Me imagino, de hecho, que las teclas que estoy presionando para escribir esto no vuelven hacia arriba por arte de birlibirloque, sino porque tienen debajo unos muelles pequeñitos como la pata de una hormiga. Pero claro, lo que uno no espera es encontrarse una tienda donde se puedan comprar, al igual que no hay puestos de neutrones y protones por el Rastro.
Al llegar a la Casa Encendida, que siempre había identificado con un sitio donde culturetas y perroflautas iban a ver exposiciones de bongos fabricados de neón que criticaban el capitalismo y era por lo tanto un lugar que no había que tocar ni con un palo, observé con felicidad no sólo que mi jefa aún no había empezado a hablar, sino que había otros que tampoco habían llegado todavía. De ese modo no tendría que explicar que una tienda de muelles había aminorado mi marcha.
He ido a muchísimas presentaciones literarias en mi vida. No, miento: sólo he ido a dos. La de ayer y una hace unos dos años. Y a aquella sólo fui porque era de un tipo que escribía uno de los blogs más estúpidos que he leído en mucho tiempo (no pongo el link, no vaya a ser que se lo notifiquen y me atice con una chistorra seca de La Rioja) y un amigo y yo fuimos a ver la presentación de su primer libro autoeditado con el dinero ahorrado sirviendo hamburguesas porque nos queríamos reír de él. En todo caso ambas tuvieron en común una idea revolucionaria e interesante: me parece a mí que los escritores no se dan cuenta de que el resto de la humanidad vive en un tempo diferente al suyo y lo que ellos definen como "un par de palabritas sobre el libro" resultan, para el tontito medio de la población entre los que me incluyo, un par de millones de palabritas. Además. Los. Escritores. Dejan. Grandes. Pausas. Entre. Una. Palabra. Y. Otra.
Una chica muy simpática, que había sido la premiada en el otro género (literario, no sexual) que incluía la convocatoria, había escrito un ensayo sobre la figura de Peter Pan y su autor.
-¿Ese no era el que era en realidad un pederasta como la copa de un pino? -le pregunté a alguien que me acompañaba.
-Yo creo que ese debe de ser el de Alicia en el País de las Maravillas.
-Bueno es saberlo.
Nos encanta hablar de literatura. Ahora es cuando el Pasillero, pelota como el más pintado y un vendido asqueroso, debe aclarar que su jefa fue la que tuvo el discurso más divertido porque fue también el más breve y el que incluía más titubeos y frases que se montaban, lo cual a los escritores debe de parecerles una falta de profesionalidad pero al 99,99999% que no somos escritores nos parece una muestra de humanidad y provoca una simpática empatía porque nosotros también lo haríamos si estuviéramos ahí arriba.
Bueno, y qué voy a decir yo, que en los vídeos que me obligaban a grabar ya sabéis que parecía sufrir una mezcla de síndrome de La Tourette con oligofrenia aguda (y aquí tampoco pongo link, bien lo sabe Dios). Y una vez le pregunté a Paolo Vasile si podría dirigirme a él mediante e-mail en lugar de hablarle a la cara.
El libro de mi jefa se llama "Los borrachos de mi vida" y es obvio que yo fui una de sus más cercanas referencias e inspiraciones a la hora de escribirlo, aunque antes haya dicho que yo no sea alcohólico, porque hay borracheras de muchos tipos, como la borrachera de poder que le dio a Lorena cuando ganó Operación Triunfo. En el mundo editorial se sabe que el titulo inicial de la obra iba a ser "Mi amigo el Pasillero: fiel y bueno", pero se desechó por problemas de copyright con mi nombre entre Telecinco y la editorial.
Hablar de una jefa en un blog por el que la jefa te paga es una cosa un poco cogida con pinzas porque a ver qué voy a poner, toda la verdad no puedo y si miento sería casi peor. Así que voy a concluir diciendo: mi jefa es bondadosa, ecuánime y justa, aparte de hermosa.
También había más jefes por allí: dos de ellos, situados en el escalafón empresarial por encima de la jefa en cuestión que escribió el libro, llegaron más tarde que yo y, aunque no quisieron hablar del tema, yo sé que también se pasaron media hora fascinados ante la tienda de muelles, porque esas son cosas que se notan en la mirada y los muelles de colores fascinan y epatan a partes iguales a gente de cualquier edad, sea la mía o la de ellos.
Después había comida. ¡¡Viva!! Como siempre, el menú del catering es parte imprescindible de mi relato:
-Había unas croquetas que ardían en la boca y que hacían que pareciese que todo el mundo fumaba, porque nos salían unas bocanadas de humo más pintonas que las de un puro habano. ¿Estaban ricas? No se sabe, estábamos todos muy ocupados intentando proteger nuestras lenguas de la lava con sabor a jamón.
-También había unas minihamburguesitas de estas que se acaban en dos bocados y que deben de ser una sensacion en Japón. Esas volaban, sólo pude coger dos. Les doy un... 7. El pan estaba duro y me parece que Frudesa vende unas igualitas que preparan en el microondas, aunque yo no quiero ser malo.
-Repartieron así mismo unos pinchitos de tomates cherry con algo blanco que también ponen mucho en Telecinco. Debe de ser a las empresas de catering lo que los cacahuetes a las tabernas. Los vegetarianos se vuelven locos con ellos. Los veganos no se vuelven locos porque esos están locos per sé, las 24 horas.
-Minisandwichitos de Jamón y queso: muy ricos, pero del tamaño de una colilla. Ah, no, señores de La Casa Encendida, no intenten colarnos un catering insuficiente cortándolo todo en trozos mínimos para que encima parezca nouvelle cuisine. Es que el problema es que la gente rica odia comer, lo consideran una vulgaridad digna de pobres, mientras a los pobres les ocurre justo lo contrario. Yo soy una excepción, soy rico y me encanta comer a la vez. Dechado de virtudes.
Y no quiero pecar de suspicaz, pero a todos los compañeros de redacción que no había visto abajo, en la presentación con escritores que habían comido lengua, sí los vi en la azotea del edificio poniéndose bonitos de canapés y cerveza. Ellos afirmaban que habían estado abajo también, pero entre la confusión cualquiera puede decir que estuvo en un sitio y no estar. Iba a hacerles una pregunta sobre el discurso de los escritores en la presentación para dejarlos en evidencia cuando no recordasen la respuesta, pero después me di cuenta de que yo no recordaba nada tampoco de los discursos como para preguntar lo que fuese sobre ellos (excepto del de mi jefa, duscurso que llevo guardado en mi corazón).
Después, en taxis, algunos se fueron a casa. Y yo, que había acordado con mi jefa que escribiría esta crónica para darle bombo a su libro y para dormir como una rata todo el jueves como homenaje a su premio y a cambio ella me daría el jueves libre para asuntos personales, decidí irme con los que se iban a un sitio de La Latina. La Latina es un barrio donde hay muchos bares bonitos pero la gente que está en ellos hablan sobre conflictos en lugares que yo no sé situar en el mapa. Además es una zona que gente como Bebe o Alberto San Juan ensalzan, así que no puede ser buena. En todo caso yo me pedí un gin tonic y luego otro y luegwfaflwefjfqñwdcjñr3gliqdfs-qeñjlverg