Como un lobo

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Dice así:

«Parece que
el miedo ha conquistado
tus ojos negros
profundos y templados
¿qué va a ser de ti? ¿qué va a ser de ti?»

Es la primera estrofa de la canción de Miguel Bosé con la que titulo hoy. Anoche le escuché cantarla en directo, en el último concierto de la gira 'Papitour', que tuvo lugar en Madrid y donde este gato estuvo acompañando a Mercedes Milá, todo un honor. Las canciones de Bosé son la banda sonora de mi vida, me han acompañado en mis éxitos y mis fracasos, en el amor y el desamor, con el viento de cara y empujado sin piedad a cruzar la calle cuando no debía. Toda una vida de músicas y letras enigmáticas, de sensaciones y de vida.

Me permitirá el lector contar que anoche todas esas canciones pasaron delante de mis ojos como un alegre recuerdo ("Que mi historia no traiga dolor, que mis manos trabajen la paz, que si muero me mates de amor, nada particular"). Por un momento miré a mi alrededor y vi miles de pulmones cantando a la vez, miles de corazones latiendo como uno solo ("Cantaré y enloqueceré, sentiré puñales de placer"). Me emocionó esa extraña comunión entre desconocidos que puede lograr un puñado de canciones ("Y cada noche vendrá un estrella a hacerme compañía, que te cuente cómo estoy y sepas lo que hay"). Como igualmente me pareció muy bello ver tanto y tanto amor ("Fue tanto amor, fue tanto amor. Fue tanto, tanto, tanto amor. Que no encuentro un momento pa' olvidar") volcado hacia una persona, a la que queremos tras tantas veladas compartidas a través de una pantalla de televisión.

Del primero al último, desde una dama de la alta sociedad hasta el joven de las rastas que pasa con un 'mini' de cerveza en la mano y le grita "eres cojonuda, Mercedes". Desde Boris Izaguirre hasta la auténtica 'morenamía' (¡Qué mujer! "Bien, bien, bien"). Todos la quieren, y todos le dicen Mercedes. Fue una noche de miles de flashes, que ella aguanta con serenidad e incluso alegría ("Me primavero y me otoño, me estío y me invierno, me adapto con serenidad"). Fue una velada única.

Y cuando escuché a Bosé cantar 'Como un lobo', una de mis preferidas, pensé en ese lobo herido, salvaje y estepario, un poco loco, de mirada profunda y tantas veces triste. Y cuando cantaba 'Los chicos no lloran' con Summers pensé en ese canalla, y el pasaporte con el que muchos parecen dispuestos a llevarle al congo, si es preciso. No creo que haya habido otro concursante que levantase tantas y tan encontradas emociones. Iván, el lobo estepario, el canalla, ese que no sabemos qué será de él, y del que quiero hablar hoy.

Había pospuesto el momento, y voy a aprovechar este, tras el día tranquilo de ayer en el que las bromas y el buen rollo reinaron en la casa, que respira en estos días como un solo pulmón, tal que pareciera como si estuvieran fumigando el odio y la negatividad con que algunos de los que ya no están la inundaron. Fuera está cayendo la del pulpo para algunos, con esa situación de adulterio entre programas, en la que Efrén aparece como protagonista en Gran Hermano y Carlos Hoya en Mujeres y hombres. Y viceversa, nunca mejor dicho. Me da igual lo que haga esta gente, ese es un circo para el que ni tengo ni quiero invitación, pero no puedo evitar pensar en esa Loli que en el último debate, sentada al lado del interfecto (le veo cadáver mediático ya mismo), sugiere que quiere llegar virgen al matrimonio, lanzando miraditas al tío que acertadamente rebautizamos como 'soylapera'. Lo peor para ellos debe ser ver como el barbecho que dejaron en la casa empieza a florecer.

Iván ha logrado un apoyo importante entre la audiencia votante y también en la opinante, tanto que algunos han llegado a decir que la comunidad unida en torno a este blog es 'ivanista'. Lo cierto es que nuestros amigos son un fiel reflejo de lo que vemos hasta el momento en la generalidad. Este concursante está teniendo en nuestras encuestas de la primera radiografía, la misma noche de las nominaciones, en torno a un 20 y un 30 por ciento de los votos, de igual modo que cerca del 80 por ciento de los comentarios le son favorables. El resto se sienten en una molesta minoría, lo cual es entendible, y lo achacan a un pensamiento único que no se ha dado en otras ocasiones.

El año pasado, sin ir más lejos, este gato escribía algunas de sus líneas más duras sobre Judith Iglesias mientras la aplastante mayoría de nuestros amigos la apoyaba, reflejo de como la audiencia la terminó aupando a la victoria. En ocasiones anteriores pasó también algo parecido, lo cual demuestra que no es cierto que una masa aborregada opine al dictado de quien esto escribe. Otra cosa es que una mayoría hayamos coincidido esta vez en torno a la defensa de un personaje a quien parecen odiar los que menos seguimiento hacen del programa, junto a esa minoría de la que hablaba antes.

Pero, ¿cuáles son las razones de ese odio? ¿están algunos empatizando con aquellos que extendieron esa especie de que Iván es un egoista prepotente? Creo sinceramente que sí, algo de eso hay. El mensaje ha sido tan insistente, tan repetido y tan obsesivamente mantenido por un grupo de concursantes (en su mayoría ya en la calle), que inevitablemente se ha extendido la idea, con tan poco fundamento como tenían los que ayudaron a su difusión. Incapaces de defender sus ideas, explicando las razones por las que les parece egoísta, por ejemplo, terminan reduciendo el tema a una cuestión de piel, lo cual es tan lícito como inconsistente.

Es cierto que hay personas que nos caen mal y otras bien, pero nada justifica el odio que he apreciado en algunas ocasiones, acompañado de gestos violentos, como de quien desearía machacar a esa persona con sus propias manos, infligiéndole un castigo simplemente porque no termina de gustarles. Hombre, por favor, un poco de moderación. En el otro lado está una masa hoy por hoy más numerosa, que en ocasiones puede justificar de forma igualmente débil su defensa a este concursante, pudiéndolo resumir en una simpatía que se transmite a través de los sentidos.

Lo primero que me llama la atención en Iván es su generosidad hacia los demás, la entrega desinteresada con la que se ha dedicado a todo aquel que se le acerque. Precisamente, me parece generoso y desinteresado. Lejos de ese perfil de clasista (de acuerdo que algo así dijo en un casting, probablemente en respuesta a algo que desconocemos dentro de una batería agotadora de preguntas) ha demostrado que sus tres principales aliados en la casa son un feriante, una enana y una negra. Por otro lado, es quien más dispuesto he visto siempre a consolar al que estaba sufriendo, ofreciéndose para escuchar los problemas de quien fuera. Es probablemente el más empático, quien mejor da la réplica en cualquier conversación, utilizando la función fática del lenguaje como ninguno de los otros. Es decir, cuando hablan con Iván es difícil que el interlocutor no tenga la posibilidad de comprobar que está existiendo contacto, dado que suele ir acotando la conversación con interjecciones y gestos que dan esa idea. Sin embargo, hay otros que cuando les hablan parece que estuvieran relacionándose con una pared, no recibiendo ni el más mínimo gesto de empatía.

En el lado negativo, Iván gusta de comandar la conversación, quizá porque necesite escuchar sus argumentos repetidos hasta la saciedad a veces. Además, tiene por costumbre acotar las frases con latiguillos como "¿sabes cómo te quiero decir?", tan molestos o más que el "tía" o "¿sabes?" de Gisela, por ejemplo, que al menos tienen a su favor la brevedad. Aunque me alucina que tanta gente haya interpretado de forma tan diferente a como yo lo he visto algunas conversaciones de Iván, convertidas ya en una especie de mito. Pondré un ejemplo, si me permitís. Un día contaba una historia que algunos han incluido en esa especie de leyenda negra sobre su prepotencia supuestamente presuntuosa, ese mito que gira en torno a yates y jeques árabes.

Hablaba de que había hecho una travesía entre Valencia e Ibiza en una embarcación motora junto a su ex novia y unos amigos, dado que uno de ellos sabe navegar. Llegado un momento se había quedado solo en la barca y esta se paró, teniendo que remar hasta la costa porque fue incapaz de darse cuenta que además de rellenar de combustible su depósito tenía que hacer lo propio con la mezcla de aceite, al funcionar esa embarcación como un ciclomotor. La historia no le favorecía en absoluto ni me resultó bajo ningún punto presuntuoso, ya que relataba precisamente su torpeza.

Pero en medio de su descripción de esa aventura logró transportarme a un mundo de ensoñación de la misma forma que ha hecho muchas otras veces, en sus conversaciones de madrugada. Hablaba que navegar de noche con sus amigos había sido una experiencia mágica, y lo contaba con tanta verdad en sus palabras, tantísima capacidad de hacerme partícipe de esa magia, que consiguió enamorarme por un momento. Ningún concursante anterior, en las otras nueve ediciones, ha sido capaz de hacerme sentir tanto, casi como si estuviera dejándome embriagar por las imágenes de una película de Cameron Crowe.

También le escuché sus dos charlas sobre los jeques árabes, algo que se ha contado como si hubiera presumido de tomar el té con príncipes herederos de Arabia Saudí, pero nada más lejos. La cortedad de miras de Gema y su 'viudín' hizo que les molestase escuchar a alguien contar anécdotas de árabes adinerados que cierran El Corte Inglés y discotecas para ellos solos. O la historia que tantas veces he tenido interés en aclarar de que estuvo en una de esas exclusivas fiestas de Olivia Valere en Marbella, pero se marchó con sus amigos pronto porque las copas tenían un precio prohibitivo. Y es que ha hablado de estas cosas igual que la madrugada del martes, a eso de las cinco y pico, le contaba a Orlando historias de su mili. Es un parlanchín adorable, un soñador nato, nada más lejos que un charlatán vendedor de alfombras.

Aparte de que toda la edición está girando en torno a él, lo cual sería lo de menos dado que no tiene por qué ser necesariamente positivo, la verdad es que no quiero ni pensar qué hubiera sido sin sus eternas madrugadas, las bromas con Orlando o sus inacabables juegos con Almudena, la habitante que ha logrado hacer un tándem perfecto con nuestro Urogallo. Entre los dos se nota que hay algo más que una coincidencia de intereses, personalmente veo un cariño inmenso que logra enternecer sobremanera a este gato sensiblón. Si juntamos todos los tópicos en torno a él, su pasión insistente por el jacuzzi (que no termino de entender), el gusto por los coches caros (que no comparto), o su pose de modelo (ya hablé aquí de su equívoco lenguaje corporal propio de personas muy altas); nada de esto puede superar para mí la fuerza nostálgica y triste de su mirada.

Sus ojos profundos y templados, como dice la tonada, reflejan esa tristeza inmensa de haber sufrido mucho, de no haber superado el último gran embate de la vida, la separación de la mujer que aún le tiene hondamente enamorado. No sé si será pura obsesión de este gato o quizá tenga un poso de verdad, pero en dos meses y medio he visto como sus ojos iban poco a poco sonriendo, de forma tan sincera como veo sonreír su rostro entero en muchas ocasiones. Soy consciente de que esto tiene pinta de obituario y también de que hoy me he dejado llevar tontamente. Ha escrito más mi corazón que mi cabeza, como casi nunca hago. Me he tirado a la piscina, dejándome llevar por esa pasión que la razón a veces no entiende. Pero ya es tarde para arrepentirse. Le doy a 'publicar'. Voy allá.

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