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Cuatro orejas de Tomás y el rabo... en la Taberna andaluza de D. Paco

Una tarde para la historia del toreo tenía que tener su epílogo en el “consulado de Jerez” en Madrid, la Taberna andaluza de D. Paco (c/ Caballero de Gracia, 30), un lugar donde aun tiemblan de emoción colgadas en las paredes las tertulias que han sucedido durante décadas a las grandes tardes de toros. Descubro absorto el rincón del maestro Joaquín Vidal, aquel singularísimo crítico taurino de “El País”, cuya prodigiosa prosa, sublimaba las faenas de las que daba cuenta en sus literarias crónicas.
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Me cito allí con Carlos Abella, biógrafo de José Tomás, que viene hechizado y frotándose los ojos después de haber comprobado, una vez más, como lo inverosímil en ocasiones se torna en algo tangible, como la ensoñación, a veces, se hace realidad.
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“No hay palabras” me dice.  La ruidosa plaza de Las Ventas “era puro silencio cuando el mito adornaba su faena con un estatutario” o “cuando enterraba la muleta en la arena toreando lances de eternidad”. Y continua, “la plaza estallaba en gritos de torero, torero”, “se veían muchas lágrimas en los ojos”. Ha sido un “delirio colectivo”, la “comunión definitiva” de Madrid con su torero más idolatrado.
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Estoy de acuerdo con él. Madrid le ha redimido  para siempre y se ha rendido definitivamente  ante su leyenda. Os dije, tras verle en Córdoba, que uno tiene la sensación de escribir en parte lo mejor de su historia personal cuando contempla extasiado su toreo. Coincide conmigo D. Paco mientras me habla orgulloso de sus croquetas de rabo de toro únicas en el mundo. “No pasaba algo como lo de esta tarde hace más de treinta años” y tenemos que celebrar haberlo podido vivir”. D. Paco tiene 84 años y es una auténtica enciclopedia taurina. 
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Me explica como prepara su apreciado rabo de toro, con vino oloroso de su tierra, Jerez , y pimiento tomatero. “Lo mejor de la casa, para la mejor las tardes”, dice D. Paco.
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Le pregunto si Tomás es el mejor torero de la historia. Duda, recuerda a Belmonte, Ordoñez o Manolete y suspira cuando viene a su mente el mágico capote de Paula. “Es difícil responderte”, “José Tomás, es único” concluye.  Muy cerca de la taberna, se encuentra la Sastrería Fermín de Antonio López, su íntimo amigo y el sastre que viste a los toreros. Por eso todos los diestros han pasado por su casa tras probarse en la sastrería sus trajes de torero. Me enseña la mesa en la que se sentaba Antonio Ordoñez, el rincón de Curro Romero. Me habla de la sencillez de José Tomás, que tan solo pidió un pollo al ajillo, “come muy poco” me dice D. Paco.
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La Taberna es un museo. En ella ves carteles originales de corridas de toros del siglo pasado o fotos que hicieron época, como la de Manolete con su amada Lupe Sino.
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O la de tres leyendas juntas en Ronda, Álvaro Domecq, Rafael el Gallo y Juan Belmonte.
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Recorro con el este venerable espacio de la mano de sus palabras que le salen de la boca como un torrente.
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Los recuerdos le desbordan. “Con Lupe Sino y Pastora Imperio cuantas noches acabamos en El Duende”, un tablao flamenco ya desaparecido junto a la Plaza de la Villa, “donde podías ver desde al Rey de Jordania a Ava Gadner”. D. Paco habla sin parar. Le gusta añorar sus años bien vividos. Me cuenta que a Rafael el Gallo le preguntaron un día: maestro, ¿cuando un torero tiene arte?, a lo que El Gallo respondió: “un torero es un artista cuando tiene un misterio que decir y lo dice”. Y lo dijo, pienso yo, sin haber conocido a José Tomás. No lo podríamos haber definido mejor cualquiera de nosotros. El arte y el misterio del mito continúa entre nosotros. Que sea por muchos años, como el bueno de D. Paco. Testimonio vivo de un tiempo que se nos va, que cada vez nos cuesta más reconocer.