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El hombre feliz de las sandías dulces

Antonio dejó la salud en un trabajo muy estresante. No llegó a dejar la vida pero le faltó muy poco. A los 60 años le dijeron que no podía seguir trabajando y se jubiló. Se jubiló del stress pero no de trabajar y se dedicó por completo a su huerto. Hasta ese año sacaba tiempo de donde no había para cuidarlo; a partir de su enfermedad el huerto se benefició de su total dedicación y producía cada año mejores y más sabrosos frutos. Este año las lluvias tan abundantes han hecho posible una recolección de sandías que le tiene todo el día con la sonrisa puesta. Sus sandías no tienen truco, sus sandías son dulces y carnosas porque así es la naturaleza cuando la cuidamos, dice él.
Antonio Lloreda Smith. Andaluz de mirada limpia y madre inglesa. De Navas de Tolosa, Jaén.
Navas de Tolosa fué una batalla definitiva en la historia de nuestro país, a eso llego pero a poco más. Al escribir este nombre siento una gran curiosidad y con un desdibujado recuerdo me meto en Google. Os lo recomiendo: es placer de placeres que te ayuden a reconocer algo que estudiaste cuando ibas al colegio pero que tu memoria actual ya no es capaz de reproducir. En Wikipedia he encontrado el pasado.
Año 1212, plena Reconquista. Los musulmanes dominaban desde hacía siglos el sur de nuestro/su país. Esa batalla, "La Batalla", como la conocieron los siglos, fue un punto de no retorno para todos los que participaron en ella. Los cristianos, Reyes, Papa e Iglesia Católica, se unieron para expulsar a los árabes de la península. Aquella fue una de las cientos de batallas de Las Cruzadas, aquellas guerras de religión que hoy juzgamos intolerables cuando las vemos hacer en otros pueblos, curiosamente.
Navas de Tolosa, así se llama el pueblo de Antonio, el pueblo que ve crecer su huerto, sus sandías y su sonrisa. Este verano, como suele hacer siempre que la vida se lo permite, ha llegado a Menorca con su familia. Cada uno carga con lo suyo pero entre todos forman un grupo humano envidiable. Generación tras generación, se han ido acoplando a lo que traían los tiempos y a base de muchos sudores han sido capaces de sacar adelante a hijos y nietos.
Antonio entiende mejor a las sandías que a Internet. Nada de lo que suceda en un huerto le da miedo ni desconfianza. Conoce a la perfección los procesos de la naturaleza y podría dar de comer a todos los suyos hasta en los momentos más complicados. Cerca de Antonio no habría nunca una hambruna como la que asoló nuestro país en plena Edad Media. Los hombres como Antonio se hacen respetar porque saben cómo y de qué manera hay que sacar jugo a la tierra, a la naturaleza.
A Antonio sólo le falta una cosa para ser sabio: dejar de fumar. Por mucho que se lo explico, que le pongo ejemplos, que le comparo con esa naturaleza que él admira tanto, no puede abandonar un vicio -"el único que me queda"- que es veneno en su sistema circulatorio: ese que le apartó del mundo y casi se lo llevó a la otra vida. Aunque a ratos pienso que cualquier día nos da la sorpresa y tras descargar una carretilla de sandías enormes, se fuma el último cigarro y a pelo, se retira también de ese vicio para siempre. Si así fuera, Antonio sería como su cuñado Pedro, que lo hizo hace ya unos años, el hombre más feliz de las sandías dulces.