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La política de la hamburguesa

Hola a todos! Para quienes no pudisteis verlo este fin de semana ofrecimos un reportaje sobre cómo los camiones gourmet están sustituyendo a los perritos calientes en la ciudad de Nueva York. Quería aprovechar este tema para hablaros de por qué en casi todas las elecciones los estadounidenses votan con el paladar más que con la cabeza o el corazón.
En ningún país como en EEUU la forma de comer ha influido de manera más directa en la vida de sus ciudadanos. Fue la aparición del fast food en la década de los 50 la que sacó a las mujeres de la cocina para empezar a meterlas en los despachos. Años después el estallido de las cadenas de comida rápida facilitaría el colonialismo cultural estadounidense, especialmente entre jóvenes y niños.
También en esta campaña electoral los dos candidatos a la presidencia se atiborran estos días de alitas de pollo, perritos calientes y costillas de cerdo en su empeño por ganar votos. Es lo que algunos analistas llaman “la política de la hamburguesa”, o lo que en España González popularizó como “la política de la chaqueta”.  En resumen, hacerle creer al electorado que, a pesar de vivir en una mansión, de llevar guardaespaldas y de montar en coche oficial, tú eres igual que ellos. Y que mejor forma de demostrar esta afinidad que a través del paladar.
En EEUU de todos los presidentes que han practicado esta política el que más se ha acercado a la perfección es Bill Clinton, y el que menos Barack Obama. A Clinton su obsesión por el fast food le ha llevado al quirófano en dos ocasiones y a punto ha estado también de costarle el corazón. En el caso de Obama su exquisito gusto en la cocina le ha jugado malas pasadas, especialmente en actos públicos.
Hace cuatro años, por ejemplo, durante un encuentro con agricultores del medio oeste Obama quiso anotarse un gol y desveló su verdura preferida: la aurúgula. La reacción de los granjeros osciló entre la incredulidad de que estuvieran hablando en otro idioma, y la suspicacia de que el presidente realmente era keniata.
También a su mujer, Michelle Obama, su obsesión por la comida sana le ha valido más de una puya entre los conservadores. Desde el 2008 la primera dama es la cara visible de la campaña “Let´s Move” que promueve el ejercicio y la dieta equilibrada entre niños y adolescentes. Además, la esposa de Obama es una firme detractora de la comida rápida e incluso tiene una huerta orgánica en el jardín de la Casa Blanca.
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Pero si  Miss Obama es famosa por su amor a los tomates su pasión palidece al lado del que a día de hoy es el político más comprometido con la comida sana, el alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg. Bloomberg, que hace unos años dejó el partido republicano para presentarse como independiente a la alcaldía es conocido entre los newyorkinos como Doctor Bloomberg. El mote se lo ha ganado a pulso. Hace unos años el político reguló por barrios el número de restaurantes fast food que podían abrirse al año. Después le declaró la guerra a la calorías, obligando a los restaurantes a incluirlas en su menú, y últimamente le ha dado por hacer que las coca-colas vengan en latas más pequeñas.
Lo que podría parecer una obsesión personal esconde en realidad un motivo económico. En la ciudad de Nueva York el exceso de grasa de sus habitantes le cuesta cada año a la administración 8.000 millones de dólares y es en este punto donde la política se sienta la mesa. Porque por una parte el partido demócrata siempre ha defendido que la alimentación debe ser regulada por el Estado. Pero para el partido republicano, cada vez más monopolizado por el Tea Party, la idea de que el gobierno no sólo entre en sus cuentas bancarias con sus impuestos, sino que entré también en la cocina es inconcebible. Ante dos comensales con gustos tan diferentes esperen una guerra…a sartenazos.