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Las sospechas de una niña en el lugar donde se fabricó la masacre de Bruselas

La quinta planta del edificio donde se fabricó la masacre tiene una visibilidad extraordinaria sobre el cruce de las calles Max Roos y Princesa Elisabeth en el barrio de Schaerbek, en Bruselas. La mujer del colombiano Jairo Valderrama eligió el piso por la luz y las vistas. Al más flaco de los cuatro aspirantes a mártir también le gustaba asomarse al mirador. El bloque de pisos, colocado en un barrio donde reina esa multiculturalidad tan belga, era corriente y discreto. Estaba medio en obras, así que apenas vivía gente, un lugar casi deshabitado y un espacio estupendo en la planificación yihadista para cocinar el desastre.
A la hija pequeña de Jairo Valderrama no le gustaban los vecinos, le dijo a su padre más de una vez que la miraban mal en el pasillo. La niña de 14 años comentaba a la hora de cenar que los de al lado eran raros. El padre se deshizo en argumentos para tranquilizarla: "son de otra cultura, no te preocupes, no te harán nada" .
Los vecinos de la puerta contigua no estaban en casa cuando llegó la policía dando golpes. Uno había huido y dos de ellos estaban muertos y acababan de asesinar a más de una treintena de personas que cogían un metro o un vuelo un martes santo por la mañana. A Jairo y a sus dos hijas les sacaron de casa los bomberos por la ventana, la policía temía que el edificio pudiera estar sembrado de explosivos.
Fue en ese momento cuando Jairo Valderrama, colombiano y teólogo, se dio cuenta de que, efectivamente, tal y como alertaba su hija pequeña, los vecinos eran raros. Constató, además, que también eran unos asesinos.
Toda la familia Valderrama dormía cuando los cuatro terroristas bajaron al taxi. El día anterior habían pedido una furgoneta para ir al aeropuerto pero en la central de taxis se equivocaron y mandaron una berlina. Protestaron y discutieron con el taxista pero finalmente abandonaron algo de equipaje en el piso. Unas cuantas muertes posibles se quedaban en el apartamento por falta de espacio en el coche.
El portugués que hace las veces de portero en la finca vuelve apresurado de la policía, un días después de la masacre. Él ha sido el que más contacto tuvo con los muyahidines y el que más ha colaborado para construir el puzzle que explica lo que ocurrió en las últimas semanas en el piso de la calle Max Roos. Según él, la policía ha concluido que los artificieros terroristas "trabajaron" en el sótano del edificio, entre el cuarto de calderas y los trasteros: quince kilos de explosivos, quince litros de acetona, detonadores y una maleta con clavos, el kit básico del asesino con ínfulas.
Un trabajo minucioso y calculado que se planificó y ejecutó a pocos metros de las sospechas de una niña que tenía razón.