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Empieza a leer la biografía de la infanta Elena

CAPÍTULO I: INFANTA DE ESPAÑA
Elena de Borbón y Grecia, la reina que pudo ser, parece, por los testimonios recogidos, por sus acciones y gustos, que es la más parecida a su padre. Ambos congenian perfectamente, desde aquellos bailes que se marcaban en la acera de la calle cuando éste iba -siendo aún príncipe y con escasas obligaciones- a recogerla al colegio del Camino, hasta cómo se emocionaron en las Olimpiadas de Barcelona 92 o cómo comparten la satisfacción de ver juntos una buena faena en la plaza de toros de las Ventas.
Elena es capaz de ponerse el traje de chaqueta rojo para presenciar la final de la Eurocopa de fútbol en Viena, con pendientes de bandera española, y estar esperando -al día siguiente en Madrid- encima de un puente de la Castellana a que pase la selección española para aclamarla de nuevo. Con una banda cruzada sobre la camiseta roja, los pendientes de bolas rojas y amarillas, y una granbandera en la mano.
Su madre, con la que ha discutido como todas las hijas, dándose el caso de impedir que viera su vestido de novia en una de las pruebas que le hacía su diseñador como «castigo», ha sido la que le ha dado la protección de los sentimientos y también sentido del humor, una faceta algo desconocida de Su Majestad, a la que se supone fría y distante, y que es algo completamente alejado de la realidad.
Tiene sentido del humor y lo valora en los demás, agradece que le cuenten cosas divertidas y no evita las grandes risotadas. Quizás el desconocimiento de esta faceta sea debido a que la reina es una mujer tímida, con una especie de alergia a abrir su intimidad, y ha sido educada en la reserva. Sin embargo, con la atmósfera apropiada habla con emoción de lo revoltosos que son sus nietos, del rey o de sus hijos, pero de ella le cuesta y no suele hacerlo.
En algunas reuniones, en las que el clima es distendido, puede que sea más expresiva y en las dos ocasiones que ha autorizado a que se escriba un libro sobre ella, ha tenido oportunidad de verter opiniones, no siempre bien acogidas porque al fin y al cabo es la esposa del jefe del Estado las veinticuatro horas del día y no es un cargo electo. Doña Sofía venció el distanciamiento y la timidez para involucrarse en la educación de Elena en ese entrañable colegio de Santa María del Camino. Madre e hija, el día que enterraban a su fundadora 'Maruja Espinosa', lloraban desconsoladamente.
Adicta a la televisión
También ha crecido enganchada a las series de televisión que marcaron su época como la de los lagartos V, Falcon Crest, Mazinger Z, Dinastía y, especialmente, El coche fantástico, que veía con el rey. No perdonaba un capítulo, hasta el punto de terminar de presenciar un desfile naval de corbetas en La Coruña -el 1 de junio de 1985- y meterse luego en el barco Azor para ver el capítulo correspondiente de la serie V. No tiene formación militar, pero los desfiles -y en concreto los de corbetas- le encantan. Tampoco se le caen los anillos cuando compra en el supermercado Mercadona de la plaza de los Reyes Magos, de Madrid -como curiosidad, muchas pechugas de pollo y productos de la marca blanca del establecimiento.
Y aunque no es aficionada a «ir de tiendas», en su adolescencia se puso de moda en Madrid quedar con las amigas para pasear por El Corte Inglés. Ella iba con sus amigas Rocío, Leticia y Ana, pero Marisa Satrústegui no las dejaba moverse de la primera planta. Allí curioseaban la música y los vídeos.
Bromista nata
Tiene genio y sentido del humor. En las ocasiones en que se retrasaban en la recogida del colegio, Elena subía a esperar en la secretaría y, en una ocasión, se encontró con una profesora pegando sellos con pequeños golpes. Al cabo de un rato, Elena, que miraba entretenida la escena, le dice: «Mariuca, no le des tan fuerte a mi padre».
Elena es una mujer alegre. Aunque a primera vista pueda parecer tímida, en la corta distancia es abierta, sobre todo si se encuentra entre amigos. Éstos dicen de ella que es la más simpática del grupo, que ella sola hace fiesta. Recuerdan que, en una ocasión, se subió a un escenario en el que acababa de tocar un grupo de música, se sentó detrás de la batería, cogió las baquetas y se puso como una loca a tocar y a hacer el payaso.
En la discoteca Balcón de Rosales
O cuando en uno de sus cumpleaños, sus amigos le prepararon una fiesta sorpresa en El Balcón de Rosales, un local de moda situado en los bajos del Teleférico, en el que había un Pasaje del Terror.
Allí actores de carne y hueso reproducen algunas escenas de películas de terror, como El exorcista o La momia, mientras los espectadores caminan por un laberinto casi a oscuras con rumbo a lo desconocido. Elena llegaba de viaje y no sabía a lo que se enfrentaba.
Por supuesto, todo estaba previamente hablado con sus escoltas. La introdujeron con los ojos vendados y al final del recorrido la estaban esperando todos sus amigos con una inmensa tarta de chocolate, su preferida. Después del susto pasado y nada más apagar las velas, se la estampó en la cara a los que tenía enfrente. Al final, hasta los actores terminaron cubiertos de chocolate.
Elena es así. Es auténtica y no oculta sus emociones. Si hay que dar un portazo se da y por eso la gente le tiene cariño. Tiene un precedente en la infanta Isabel de Borbón, apodada La Chata, a la que el pueblo de Madrid le pidió que se quedase cuando su familia partía hacia el exilio al proclamarse la II República.