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Alumnos ficticios

La chuleta, mirar al alumno de al lado o escribir con el puntero de un compás en un bolígrafo son antiguos trucos para copiar que ya forman parte del pasado. Las nuevas tecnologías lo agilizan todo mucho más. Ahora, se usan los pinganillos para aprobar sin estudiar. Pero hay técnicas más peligrosas y que suponen un delito para el que las ejerce. Les hablamos de aquellas personas que utilizan su sabiduría para presentarse al examen por otras a cambio de dinero.
Evidentemente, se trata de un delito de usurpación de identidad y documentación falsa con una pena de prisión de seis meses a tres años. Eso, para el suplantador. El suplantado tiene consecuencias académicas.
Se le anularía directamente la matrícula de ese curso y perdería todos los aprobados que tuviera hasta ese momento.
Además, como se trata de una falta grave sería expulsado temporal o incluso definitivamente de la Universidad. Aunque no es una práctica muy habitual, los alumnos reconocen que saben de estudiantes que lo han hecho.
Sobre todo, cuando se trata de una asignatura de idiomas. Normalmente, se exige identificación que acredite la identidad del alumno durante el examen.
Sin embargo, la realidad es distinta. La masificación en la Universidad hace que los profesores no conozcan a los alumnos y, tampoco se comprueba que sea el mismo que está realizando la prueba.
Esto lo facilita. En Internet encontramos un anuncio de un profesor que se ofrece para realizar exámenes de Historia y los de acceso a la Universidad.
Cobra 200 euros por examen. Dice que lo hace porque no tiene plaza fija. Es interino y no tiene una estabilidad salarial. Tampoco cuesta encontrar la otra cara.
La de estudiantes capaces de pagar a alguien que le sustituya en el examen. En cualquiera de los dos casos, el riesgo es grande. Como siempre, la única forma de aprobar sin temor a consecuencias es estudiar.
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