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Bryan Adams en Madrid: el rockero pulcro, romanticón y disfrutón

Sería interesante saber lo que sentiría Bryan Adams, reputado fotógrafo además de músico, si pudiera observarse a sí mismo sobre el escenario arengando a 10.000 personas, tal y como sucedió en la noche de este jueves en un madrileño Palacio de Vistalegre entregado con vehemancia a su causa.
Sería interesante para profundizar y comparar, pues lo que el público ve, cada uno desde luego con su mirada particular, es un rockero maduro pulcro, impoluto, que conserva su cara de pillo y sus muchas ganas de divertirse a sus 56 años, pero también con ese punto romanticón que inevitablemente embelesa.
Esa es la coctelera que el canadiense lleva agitando desde su debut en 1980 y no solo no va a cambiarla ahora, sino que además ha aprendido a manejarla con una soltura que solo dan los años de tablas y kilómetros alrededor del mundo. Él disfruta, la gete obtiene lo que busca y el resultado es objetivamente satisfactorio.
Con una escenografía sencilla, aparecen Bryan y los suyos en el escenario pasados unos minutos de las 21:30 y arrancan con Do what ya gotta do, tema de su reciente último disco, Get up (2015), que es la nueva excusa para sacar del armario esas viejas canciones que han marcado al menos a un par de generaciones y que aún suenan recurrentemente en las emisoras para mayores de treinta.
Pero una vez cumplido el trámite de tocar 'una nueva', empieza a sonar la gramola con temas de aquí y de allá, con Can't stop this thing we started, She's only happy when she's dancing y Run to you, con todo el público ya puesto en pie disfrutando del momento y jugando a recordar donde estaban la primera vez que escucharon tal o cual canción.
El sonido en Vistalegre es en esta ocasión razonable (al menos en la pista) cuando Bryan decide detener el motor rockero y centrarse en su faceta más emotiva con el baladón Heaven, al que le sigue la divertida When you're gone, en esta ocasión en acústico y en solitario desde el centro del escenario.
Preludio de uno de los momentos más coreados de la noche con ese (Everything I do) I do it for you que irremediablemente anima a las parejas a abrazarse, a besarse y a restregarse con el smartphone en lo alto para dejar constancia de que un buen karaoke colectivo es una de las experiencias más aparentemente facilonas a la par que intensas que ofrece la música en vivo.
Pero no hay tiempo con Bryan Adams de ponerse tontorrón porque encadena varios clásicos del rock ochentero más amable como It's only love, Somebody y de nuevo un éxtasis comunal con Summer of 69, que precede a la muy ruidosa Kids wanna rock y a la juguetona This time.
Con la bluesera If ya wanna be bad ya gotta be good juguetea Bryan con la concurrencia, escogiendo al azar a una chica de la grada para 'obligarla' a bailar en su sitio enfocada con un potente foco y ampliada en las pantallas laterales del escenario. Un momento simpático que muestra esa otra faceta jovial y que bordea el desparrame, pero siempre con una pulcritud y una elegancia marca de la casa.
Con la velada totalmente controlada y tocando la guitarra al ritmo de los gritos de 'oé oé oé' del público, se entremezclan baladas con piezas rockeras, se encadenan Have you ever really loved a woman?, You belong to me, Cuts like a knife, 18 till I die y The only thing that looks good on me como cierre antes de los consabidos bises.
Unos bises que cuentan con Brand new day y una versión del C'mon everybody de Eddie Cochran que agita sobremanera a un personal que ya sí que se ha olvidado de sus innumerables obligaciones y responsabilidades de la vida diaria adulta. Por eso todavía quiere más y todavía queda más.
Eso sí, lo que queda nos muestra al Bryan de los últimos años, el centrado en su faceta de hombre solitario con su guitarra acústica y su armónica. Así es como despide un recital de dos horas generosas con She knows me, (la de nuevo muy coreada) Straight from the heart y el broche final con All for love (sin Sting ni Rod Stewart, se entiende, aunque el público hace una curiosa amalgama de voces entrelazadas).
Y así, desde el centro del escenario, alumbrado por un único gran foco y rodeado de penumbra, es cómo se despide el músico con una innegable cara de satisfacción y aplaudiendo a un público que le deja marchar arropado por una sonora ovación. Todo ha sido muy pulcro, muy jovial y con un punto romántico. Todo ha sido muy Bryan Adams.