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Crítica de The Equalizer, la venganza del viejo Denzel Washington

¿Qué ocurriría si metiéramos en una Thermomix la ira de The Pushier, la testiculina de John McClane, los tormentos de Batman, el instinto letal de Bourne y la maña de McGyver? Puede que el resultado del mejunje fuera algo muy parecido al personaje que interpreta Denzel Washington en The Equalizer (El protector), un thriller algo pasado de vueltas en su tramo final pero extremadamente entretenido.
Antoine Fuqua (Lágrimas del sol, Shooter: El tirador) dirige por segunda vez a Washington tras la notable -y oscarizada para Denzel- Training Day en una cinta sobrada de músculo y exenta de cualquier tipo de complejos que rescata para la gran pantalla la trama de una serie de televisión de mediados de los ochenta.
El gran acierto de The Equalizer es saber hacia dónde va, y tomarse su tiempo -perfectamente cronometrado- para llegar. Antes de la explosión de acción y furia, el guión que firma Richard Wenk prepara con calma el terreno dibujando sin prisa, pero sin pausa, al misterioso protagonista.
Él es Robert McCall, un hombre ya talludito, metódico, solitario e insomne que trabaja como mozo en unos grandes almacenes de construcción y que dedica su tiempo libre a leer... y a hacer el bien.
En sus noches en vela ha ido conociendo a Teri (Chloë Grace Moretz), una prostituta que sueña con ser cantante. Robert, B-ob para los amigos -Don Robert a partir de ahora para nosotros-, intentará enderezar el camino de la joven. El buen samaritano no puede evitarlo, tiene que intentar apartarla de la noche. Pero en su empeño redentor topará con la mafia rusa, o mejor dicho... la mafia rusa se dará de bruces con Don Robert.
UN JUSTICIERO PREJUBILADO
El viejo Bob, Don Robert, perdón, es una suerte de Bourne con carné del Imserso que en la piel de Denzel Washington luce sereno, carismático, casi magnético. Sobre sus hombros cae toda la carga de una cinta que cuenta con una gran estrella y secundarios de poco peso.
Especial atención merece una Moretz cuya presencia es aseada aunque casi testimonial -es poco más que la excusa para que la ira de Don Robert caiga sin piedad sobre los proxenetas y gangsters locales- y de Marton Csokas, un malo malísimo ruso, con el pelo relamido y el cuerpo hipertatuado que, a pesar de que Fuqua le mima en algunos planos, no consigue despertar mucho interés.
Da igual, Don Robert puede con todo. Incluso soporta estoicamente el desmesurado acto final. A Fuqua que hasta entonces había trazado el típico thriller del solitario justiciero vengador -y lo había hecho con sus necesarias dosis de fantasmadas, pero con un toque elegante e incluso comedido- se le va la mano con la escenografía y una sobredosis de épica innecesaria.
Pero incluso tras el aparatoso desenlace -con propina incluida, Don Robert es un abuelo de los dadivosos- la sensación que deja The Equalizer es de satisfacción. De haber asistido durante dos horas a una película simple, excesiva y algo tópica, pero muy eficaz y, lo dicho, extremadamente entretenida. Un thriller de mamporros que funciona como un reloj.