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Delincuentes callejeros

Pintadas, contenedores destrozados, coches quemados y hasta cementerios asaltados. La mano de los vándalos no conoce límites. Romper por el placer de romper. Ese por qué tiene que ver, según los expertos, en que los que las realizan no sienten como propios el mobiliario urbano.
En algunas ciudades españolas estos actos han crecido hasta en un 40%. En Europa, quienes más los sufren: Holanda, Gran Bretaña y Francia. Aquí incluso destrozaron un cuadro de Monet.
El arte es uno de los objetivos de estos antisociales. En el caso que recogen estos informativos unos jóvenes se suben a una estatua urbana, una de las vacas expuestas en toda la ciudad. Curiosamente, ningún viandante les llama la atención.
De hecho, según una encuesta, apenas un 14% de los europeos les reprendería. Sólo en una ocasión vemos cómo llaman la atención a un vándalo. Algunos alardean de ello, colgando sus destrozos en Internet.
El problema es que el vandalismo no tiene pronóstico de desaparecer, ha existido desde épocas prehistóricas. Es tan antiguo como el deseo de autoafirmarse, a través de la violencia, frente al otro.