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España supo hacer más

La fiesta de la afición. Video: Atlastelecinco.es
Qué ejemplo de pundonor y competitividad el de la selección italiana. Un equipo diezmado, en crisis desde hace meses, que se ha presentado en la Eurocopa con un solo central, ha plantado batalla con un coraje que muy pocos equipos pueden alcanzar ni siquiera con el talonario.
Lo ha intentado España por activa y por pasiva. Con los disparos lejanos de Silva. Con el regate de Torres. En jugada ensayada. Quitándole la pelota al rival. Ha hecho todo lo que estaba en su mano y siempre le salía mal; siempre había un italiano más; siempre se escoraba el atacante los centímetros necesarios para no poder encarar. Y mientras, los azzurri hacían su partido. El de siempre; el que siempre les sale, el que en Viena no se presentó, concretamente, por cuatro milagros: tres paradas de Iker y una aparición de Marchena.
Pese a todo, en ningún momento Italia pareció una selección débil. Con una salida muy agresiva marcándole el terreno a los españoles, daban igual los nombres, Italia es Italia, siempre juega igual y desde el primer minuto toda la bravura y optimismo vertido en los medios españoles se esfumaba. La empresa era muy complicada.
La obcecación  de Silva
En la primera mitad tardó mucho en llegar una ocasión. De hecho, se podría decir que no hubo ninguna realmente clara. España se empeñó en batir a Buffon desde lejos y no hubo manera. Entre tanto, los italianos tenían a Cassano revoltoso e inspirado. Su duelo con Ramos lo perdió el sevillano y hubiera llegado a mayores de no estar Puyol y Senna por la labor de cubrirle la espalda.
Así se llegó al final de la primera parte. Con Silva tirando desde todas las distancias y ángulos e Italia encomendada a sus alas: Zambrotta y Cassano para servir a un Luca Toni que estaba poco inspirado. Como en él es habitual, que sólo se inspira un par de minutos por partido y brilla con desgana, rematando ese gol decisivo como a disgusto.
Segundo tiempo con pájara incluida
En la segunda mitad las hostilidades comenzaron de forma muy distinta. Las dos escuadras llegaban más y mejor. Los balones en profundidad se abrían paso a través de huecos bastante más generosos y España se aproximó en dos ocasiones más con más peligro que en toda la primera mitad. Sin embargo, en el 60, un barullo dentro del área muy mal resuelto por España le cayó franco a Camoranesi para ajusticiar el partido. Entonces obró el milagro. Apareció la pantorrilla de Casillas, como la de un felino, para salvar los muebles.
Ahí llegaron los peores momentos de La Roja. El partido se volvió loco y los de Donadoni tenían un plan bastante más interesante que el toque horizontal español: patadón arriba en mitad de la locura y el desconcierto. Pero el 'toma y daca' era mutuo. Senna disparó desde lejos, Buffon no logró atrapar el balón y éste acariciando su cuerpo fue a dar con el palo. Exactamente igual que a Arconada en el 84. A estas alturas, los problemas cardiovasculares de las dos aficiones hacían acto de presencia.
Prórroga angustiosa
Y se llegó al final con igualdad. La prórroga tuvo color español. Italia estaba muy, muy cansada. Pero a pesar de todo y eso es lo increíble, Puyol, Casillas y Marchena tuvieron que aparecer en ocasiones manifiestas para interceptar balones decisivos con una determinación impensable en tiempos pretéritos, cuando España era una selección a la que le temblaban las piernas de vértigo en las eliminatorias.
Los estertores del encuentro estuvieron marcados por los balones largos a Güiza. El andaluz estuvo poco atinado a la hora de situarse en el lugar idóneo para recibir lo que buenamente le podían mandar sus compañeros que ya estaban a punto de desfallecer. E Italia confiaba en los penaltis. Como siempre, esa trágica suerte en la que están acostumbrados a sufrir lo indecible y vencer. No en vano, así alzaron la Copa del Mundo en Alemania.
Mas sorpresas te da la vida. Iker Casillas, que ha pasado mucho tiempo sin parar un solo penalti con el Real Madrid, detuvo no una, sino dos penas máximas. Las de Di Natale y la de De Rossi. El fallo de Güiza no fue óbice para que el joven Cesc, todo un valor en alza, engañase sin pestañear al meta italiano y por una vez rompiera los maleficios.
Ahora espera la Rusia de Hiddink. Otra bestia negra del equipo español desde aquel infausto choque con su Corea del Sur.