Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios, analizar y personalizar tu navegación, mostrar publicidad y facilitarte publicidad relacionada con tus preferencias. Si sigues navegando por nuestra web, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí.

De Pozuelo a Sidney, a la velocidad de la vida

Miguel se define como 'soñador' y asegura que su gran sueño es conocer la mayor cantidad de países que pueda. Y un reto como éste es perfecto para eso. Para llegar a Australia desde Pozuelo hay que recorrer más de una treintena de estados, desde el Mediterráneo hasta el Sudeste asiático, y eso es lo que este chaval lleva deseando desde que era pequeño.
Y, de momento, lo está consiguiendo. Miguel ha llegado hasta Estambul tras recorrer 5000 kilómetros y atravesar España, Francia, Mónaco, Italia, Eslovenia, Croacia, Bosnia, Montenegro, Albania, Kosovo, Macedonia y Grecia. Sin prisas, despacio, "a la velocidad de la vida", asegura. Su objetivo es el mismo viaje; conocer y disfrutar otras culturas y conocer gente. Sentir el frío, el calor, el viento, la lluvia, los aromas de los sitios, los paisajes de cada región, la brisa del mar... Todo lo que no se puede experimentar desde un hotel, un autobús turístico o un paquete vacacional.
Miguel asegura que lo importante es ponerse. "Sé que al cerebro le encanta la comodidad de una casa y la seguridad de tener comida todos los días en el plato", dice. Por eso no se lo pensó demasiado: "Decidí hacerlo y lo hice. Sin más".
Un reto así no es fácil y las dificultades aparecieron nada más comenzar. "Llegó el momento de empezar desde la puerta de mi casa y no sabía qué camino tenía que coger. Al final salí de Madrid por un carril bici que va hasta Soto del Real, que conocía de cuando entrenaba para el viaje".
Aunque pueda parecer algo solo al alcance de ciclistas de élite, éste es el primer viaje de Miguel sobre dos ruedas. Y no era aficionado al ciclismo. Eso sí, un año en el gimnasio y un duro entrenamiento de mil kilómetros no impidieron que, al llegar a Barcelona y tras haber recorrido 800 kilómetros, tuviera que pasar cinco días a base de antiinflamatorios en casa de un buen amigo. Pero se recuperó y continuó.
Y lleva buen ritmo, calcula que tardará en llegar a Australia alrededor de un año, a entre 70 y 90 kilómetros diarios. Y todavía le queda por delante la parte más emocionante del viaje: Asia.
Después de Turquía viene Irán, y a continuación hay dos rutas posibles: Una, llegar a India por Pakistán. Otra, llegar a India por Turkmenistán, Uzbekistán, Kirguizistán, Tayikistán, y China, si las nieves otoñales del Himalaya lo permiten. Acto seguido, Nepal y Bangladesh para pasar de nuevo a China y en avión a Myanmar, la puerta del Sudeste asiático. Pedalear Vietnam, Laos, Camboya, Tailandia, Malasia, Singapur y coger un ferry a Indonesia. Concretamente, a Bali. Y, desde allí, a Australia pasando por Timor. Un recorrido en el que solo faltan Irak y Afganistán, por motivos de seguridad.
Miguel calcula que tardará alrededor de un año en llegar a su destino. Y eso que lleva un presupuesto de tan solo 2000 euros y una bicicleta de 350, 'Bartola', que "no es para recorrer el mundo", como le dijo el mecánico de un taller de Trieste al que llevó a arreglar el eje de los pedales.
Viaja sin más apoyo que el de sus amigos y familiares, que lo despidieron entre gritos de ánimo cuando salió de casa, y lo animan a través de su web, viajarenbicicleta.com. Porque el Ayuntamiento de Pozuelo de Alarcón no quiso apoyar su aventura.
Miguel se despierta al amanecer, hace estiramientos y se pone a pedalear. Para a comer, se echa una siesta para evitar las horas de más calor, bajo la sombra de un árbol, y sigue la ruta. A eso de las seis de la tarde, busca un lugar apartado a un lado de la carretera y se hace la cena con una cocinilla de gas antes de dormir.
Tostadas con mermelada para desayunar, 'bocata' y fruta para comer y pasta con tomate y atún para cenar. Eso, cuando no le ofrecen comida, agua o alojamiento en casas particulares. "La gente es increíblemente solidaria con el viajero en bici. No hay día en que no me regalen fruta, agua fría, pan, verduras de sus huertos, o me inviten a comer o cenar con ellos. Ven cómo llega un tío en bicicleta arrastrando una bicicleta de 60 o 70 kilos, a 40 grados bajo el sol, y esto hace que su corazón se abra de par en par. Esto no te lo ofrece ninguna agencia de viajes". La gente, asegura, es sin duda lo mejor de su viaje.
Miguel también deja de pedalear cada pocos días y descansa en algún sitio bonito. "En Italia, entre Padua y Caselle di Santa María, estuve casi dos semanas sin coger la bici. Si llego a una playa bonita y tranquila puedo estar dos días disfrutando del sol. No hay fechas ni obligaciones".
Pero también hay momentos complicados. 30 kilómetros cuesta arriba y contra el viento en Kosovo, una noche durmiendo en la calle en Mónaco o una fortísima tormenta en Mantua.
¿Consejos para los que se atrevan a algo similar? Saber disfrutar de la soledad, controlar la mente para no hundirse y empezar la ruta en llano para acostumbrar al cuerpo a tanto tute.
Pero, desde luego, Miguel insiste en que merece la pena. "No hay otro motivo más que el de viajar, recorrer y descubrir países y rincones nuevos y no tener que lamentar de mayor lo que pude haber hecho y no hice. Quiero mirarme al espejo y poder decir 'olé tú', y contarles a mis nietos que su abuelo un día fue joven, se echó el mundo por montera y lo recorrió en bicicleta, viviendo cientos de experiencias y aventuras y conociendo personas y rincones especiales. Al fin y al cabo, siendo libre".