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Vivir dentro de un puente

Cientos de miles de conductores recorren cada día la M30, una de las carreteras que rodean Madrid. Sobre ella hay varios puentes, uno de los más conocidos es el de Ventas, junto a la famosa plaza de toros. Si ha venido alguna vez a la capital es probable que usted haya pasado por este tramo, justo por debajo del puente, ignorando -como la mayoría de los conductores- que en su interior hay vida.
Encontrar los accesos a las tripas del puente es complicado, están muy escondidos y sólo quienes viven allí los conocen. Uno de ellos es un agujero excavado en la tierra junto a uno de los arcenes de la M30. En su interior han colocado una escalerilla que conducen a un submundo de penurias y miseria. En un subterráneo interminable repleto de basura y ratas encontramos varias chabolas levantadas a base de maderas, colchones viejos y mantas. Aquí conviven en paz marroquíes, rumanos y polacos, entre toneladas de desperdicios y sufriendo la contaminación y el ruido ensordecedor de los coches que pasan por la carretera, al otro lado del muro. 
Cada chabola encierra una historia. Resulta difícil discernir cuál de ellas es más sobrecogedora. Aziz tiene sólo 20 años. Ha estudiado, habla español y ha trabajado de pintor, albañil, cocinero e incluso auxiliar de farmacia. Le echaron del centro de acogida a los 18 años y ahora lleva 7 meses viviendo bajo tierra. Dice que mejor aquí dentro, que en un banco... Asegura que se siente más seguro y que aquí no molesta a nadie.
Otro hombre de mediana edad procedente de los países del Este nos permite grabar su chabola, aunque no quiere ser reconocido. Es amable, tranquilo y paciente. Necesita serlo para soportar los 5 años que lleva viviendo en este agujero... es el más veterano. Trabajó en la construcción durante años, pero aquella etapa se acabó y no quiere regresar a su país. Sobrevive gracias a los comedores sociales y a la ayuda de algunos compatriotas que sí tienen trabajo.
A su lado hay más chamizos, como el de Aziz, otro marroquí que reconoce consumir hachís y en ocasiones heroína para aguantar esta vida sin familia, sin casa, sin trabajo... Y el de Mohamed, un joven sonriente que sale a la superficie para vender flores, bocadillos o cerveza por las calles del centro de Madrid. Llegó a España en los bajos de un camión. Ahora sueña con salir de aquí...
También encontramos mujeres como una rumana que se niega a salir de la cama cuando tocamos a la puerta de su chabola. Es la última que ha llegado, la recogieron de la calle hace tres días. Una vez que has bajado al infierno que encierra el interior de este puente resulta difícil comprender que alguien pueda sobrevivir en estas condiciones infrahumanas. Y que eso ocurra en pleno centro de Madrid y que la mayoría de los madrileños lo ignoren.

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