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El jardín con que el conde Dudley intentó seducir a Isabel I abre al público

Una recreación al detalle del jardín de los sentidos con el que Robert Dudley, conde de Leicester, intentó conquistar a Isabel I en el verano de 1575 se abre este fin de semana al público.
Flores perfumadas, elegantes setos, fruta, agua y aves son los principales elementos del jardín restaurado -aún en crecimiento- del castillo -ahora en ruinas- de Kenilworth (centro de Inglaterra), que perteneció a Dudley tras serle regalado por la reina inglesa.
En un proyecto pionero en el Reino Unido, la organización de conservación del patrimonio English Heritage ha recuperado para el gran público uno de los mejores jardines isabelinos de la historia, que fue destruido por el tiempo y la guerra civil inglesa.
Un equipo de arqueólogos, historiadores y jardineros reunió toda la información disponible, arqueológica y literaria, para reproducir minuciosamente el jardín de Kenilworth, la majestuosa residencia que Isabel I (1533-1603) regaló a su amado Dudley en 1563 y cuyas ruinas aún pueden visitarse en el condado de Warwickshire.
El castillo, construido entre los siglos XI y XVI, y sus jardines fueron escenario de "una de las historias de amor más sensacionales de la historia de Inglaterra", según el director ejecutivo de English Heritage, Simon Thurley.
En verano de 1575, la soberana, enamorada desde joven del noble, a quien había concedido el importante cargo de "Master of the horse" (responsable de su transporte), disfrutó de un receso de 19 días en el palacio, donde fue agasajada con todos los honores.
Para impresionarla, y conseguir que finalmente se casara con él, el conde de Leicester hizo construir el jardín que ahora se emula, lleno de tentaciones pese al diseño ordenado de la época.
"En el siglo XVI, los jardines se leían como si se tratara de un libro, y cada flor, cada elemento, tenía un significado", explicó el responsable de Paisajes y Jardines de English Heritage, John Watkins.
Romero para el recuerdo, tomillo para el paso del tiempo y la rosa eglentaria, que se consideraba en la época símbolo de la mismísima Isabel I, que la sostiene en muchos retratos.
Cuando la Reina paseó por el jardín diseñado en su honor, vio, tocó y olió las flores y plantas perennes del momento, como rosas, claveles y azucenas de diferentes variedades, y crucíferas como la rúcula dulce o la salvia.
Pudo degustar fresas dulces, manzanas y peras, y escuchar el murmullo del agua al brotar de la fuente de mármol de Carrara -de 5,5 metros de altura y coronada por una escultura del mítico Atlas- y el canto de las aves exóticas expuestas en la espléndida pajarera, decorada con joyas y piedras preciosas.
Una carta de un marchante textil, Robert Langham, que trabajaba para Dudley, permitió al English Heritage obtener una descripción precisa del vergel, que se confirmó con las excavaciones arqueológicas y el hallazgo de restos de la fuente.
En la carta, Langham, que se metió furtivamente en los terrenos privados, se maravillaba de la fiesta para los sentidos que era el jardín, una incitación tan desmesurada al placer que incluso debía calmarse, escribe, con chorros de agua fresca.
Con un presupuesto de 2,5 millones de libras (3,7 millones de dólares), el English Heritage mandó construir una nueva fuente, la pajarera -cuyas "piedras preciosas" son de plomo chapado en oro y las aves, domésticas-, estatuas y obeliscos, además de plantar, con la máxima rigurosidad, las especies hortícolas de la época.
Pese a sus notables esfuerzos, el conde Robert Dudley (1532-1558) no logró finalmente seducir a Isabel I, también cortejada por España y Francia, quien, en pro de su país, acabó muriendo soltera y, según se dice, virgen.