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El pianista Keith Jarrett confirma en Montreux su calidad y su egocentrismo

El excéntrico pianista estadounidense Keith Jarrett, egocéntrico y "prima donna" para muchos, genio extraordinario para la mayoría, conquistó una vez más en Montreux a un público previamente entregado y que cumplió a rajatabla sus exigencias. EFE/Archivotelecinco.es
El excéntrico pianista estadounidense Keith Jarrett, egocéntrico y "prima donna" para muchos, genio extraordinario para la mayoría, conquistó una vez más en Montreux a un público previamente entregado y que cumplió a rajatabla sus exigencias.
La más estricta: prohibidas las fotos, y para asegurarse del cumplimiento de la misma el propio fundador del festival, Claude Nobs, salió al escenario para pedir "la colaboración" del público.
El concierto se anunciaba como "early show", dado que comenzaba una hora y media más temprano de lo habitual y se exigía del público estricta puntualidad.
El por qué? La organización lo confirmó: Jarrett quería volver esta misma noche a Niza, donde reside mientras dura su tour veraniego en Europa, y si comenzaba a tocar a las 8.30h perdía el avión.
El show, sin embargo comenzó diez minutos tarde, lo que preocupaba ostensiblemente a los acomodadores, que tenían órdenes explícitas de hacer su trabajo lo más aceleradamente posible.
Jarrett apareció ataviado con una simple camisa azul marino de manga corta, tejanos y gafas de sol oscuras, y acompañado de los dos músicos con los que ha conseguido consolidarse como uno de los mejores -sino el mejor- trío de jazz del último cuarto de siglo: Gary Peacock (contrabajo) y Jack DeJohnette (batería).
Los tres son viejos conocidos de Montreux, festival en el que han tocado varias veces, y donde incluso grabaron un disco conmemorativo de sus 25 años de carrera juntos, que comenzó en 1983.
La perla del trío, sin embargo, sigue siendo Jarrett, que como el propio Nobs recordó a Efe en una reciente entrevista "tocó en la primera edición del Montreux Jazz Festival" en 1967.
Un Jarrett que no decepcionó en ninguna de sus dos versiones: el músico excepcional y el divo arrogante.
No pronunció ni una sola palabra en todo el concierto; no presentó a sus compañeros; no se quitó las gafas oscuras; y se pasó todo el concierto sentado de espaldas al público.
Ese detalle permitió, no obstante, que los casi 1400 asistentes, todos estrictamente sentados, pudieran verle gesticular, canturrear, incorporarse del taburete, o acercarse tanto al teclado que de lejos podía parecer que tocaba con la nariz.
Niño prodigio, considerado por muchos como el mejor pianista de jazz de su tiempo, no decepcionó a un público que esperaba escuchar lo que escuchó: puro jazz, y un virtuosismo difícil de comparar.
"Es extraordinario, de un valor inigualable, es de una sensibilidad rara, hay lo esencial del jazz pero con un carácter propio increíble", comentó Pascale, de Ginebra.
De mucho más lejos, desde San Petersburgo, vino expresamente al concierto el pintor Sergei Kovakski, quien, con la ayuda de un amigo improvisando de traductor, explicó que lo extraordinario de Jarrett es que "parece que vive con su piano, que son uno".
Kovakski es tan amante de la música del pianista estadounidense que ha pintado una serie de lienzos gracias a la inspiración de las interpretaciones de Jarrett.
Acabada la pausa y justo antes de empezar la segunda parte, Nobs volvió a subir al escenario, pero esta vez para pedir un poco de "ambiente". El público, consciente de lo maniático de su admirado pianista, se había mostrado más que tímido en sus aplausos, casi inaudible, lo que al parecer, tampoco había gustado al artista.
Los espectadores de nuevo acataron religiosamente la petición, y la segunda parte se vio regada de gritos, silbidos de aprobación, aplausos sonados y ovaciones sinceras: el divo conseguía su objetivo.
Transcurrida otra media hora de calidad técnica y sensibilidad musical, DeJohnette, Peacock y Jarrett salieron del escenario y para regocijo de la mayoría, que con gusto habían pagado entre 150 y 250 euros la entrada, hicieron dos "bises".
Concluyeron con un blues y se fueron hacia Niza enarbolados de aplausos y admiración, sin haber sido fotografiados, y sin haber pronunciado una sola palabra de agradecimiento. Sólo ofrecieron buena música.