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Roni Horn, una artista bajo el signo de Heráclito, expone en la Tate

A juzgar por el carácter de su obra, si a Roni Horn (Nueva York, 1955) hubiera que asignarle un filósofo, éste sería sin duda Heráclito de Éfeso, el griego que postuló que todo fluye, nada permanece.
No nos bañamos dos veces en el mismo río, todo está en un flujo continuo: el paisaje, la geología, la meteorología, el carácter de las personas. No hay una identidad única e inmutable, afirma la artista norteamericana.
De ahí su fascinación por el agua, por el cielo, por la naturaleza en su conjunto y sobre todo la de Islandia, país que ha visitado regularmente desde mediados de los años setenta.
Una de las "esculturas" más tempranas en la exposición que se inaugura este miércoles en la Tate se titula "Art Farm" (1974) y es un hormiguero en un estrecho recipiente de cristal que recuerda en cierto modo a "La casada desnudada por los solteros" de Duchamp.
Las hormigas en su interior van cavando túneles en la tierra, lo que hace que ésta cambie continuamente de aspecto de acuerdo con el trabajo incesante de esos laboriosos insectos.
Entre las piezas más fascinantes están unas esculturas de cristal, una blanca y otra negra, en forma de grandes cilindros de paredes traslúcidas y cuya superficie superior, perfectamente lisa, es capaz de reflejar las mínimas variaciones de la luz que incide sobre ella.
A pesar de tratarse de objetos sólidos, a uno le entra la tentación de meter la mano en su interior porque parece que contuvieran líquido: agua o brea, respectivamente.
Esas esculturas de cristal de Horn, incluido el impresionante cubo de color rosa y cinco toneladas de peso creado especialmente para la exposición de la Tate, tienen una capacidad de transmutación casi alquímica.
Una de las constantes del trabajo de Horn es la utilización de pares de objetos iguales que sitúa en salas diferentes: por ejemplo, dos tonos truncados.
Los conos son idénticos y están fabricados con el mismo material (cobre), pero la experiencia que el espectador tiene del segundo, después de haber visto el primero en la sala contigua, es distinta porque está filtrada por la memoria del otro.
Una de las piezas sin duda más emotivas es la titulada "Pair of Gold Mats", dedicada al artista de origen cubano Félix González-Torres y a su compañero, Ross Laycock, ambos víctimas mortales del sida.
Consiste en dos láminas de oro, superpuesta una a la otra: cuando la luz del sol incide en el paisaje rugoso de la primera, su interior parece brillar como un ascua.
Horn trabaja en distintos medios, entre ellos también el dibujo, utilizando pigmentos y recortes, y la fotografía, y una de sus instalaciones fotográficas, de 1999, está dedicada precisamente al Támesis, a cuya orilla se levanta la Tate Modern.
Lleva el título de "The River Thames, for Example", y consiste en una serie de imágenes casi abstractas de las aguas agitadas del río, acompañadas de notas y comentarios a pie de foto sobre su historia, su presencia y nuestra relación con él.
Islandia, país que parece haberse convertido en su segunda patria, con su extraña geología, sus géiseres, sus rocas, sus montañas, sus ríos glaciares, y otros elementos de una naturaleza singular, ha dejado una huella profunda en la última obra de Horn. "Es un país que me ha enseñado a saborear la experiencia", explica la artista.
La exposición termina con una serie de fotografías en color y blanco y negro dispuestas en las cuatro paredes de la sala en las que aparece el rostro de la misma joven que devuelve una y otra vez nuestra mirada.
Horn la siguió durante varios meses mientras se bañaba en distintas piscinas de aguas calientes de Islandia, captando con su cámara las distintas expresiones del rostro en respuesta a la cambiante meteorología. En efecto, nada permanece, todo fluye.
Joaquín Rábago