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Sank Pölten, después del demonio

Aquí es donde nos hemos dejado llevar por la imaginación. ¿Quién habrá usado ese colchón mugriento?¿Quién se habrá sentado en esa silla vieja sobre la que se apoya una mesa a la que le falta una pata.?. Detrás , una ventana por la que se adivina un jardín y debajo de esa hierba humedecida por la lluvia, el horror. 
Husmeando, en la casa de enfrente, una vecina, que quiere observar sin ser vista. No nos rehuye Gunter Pramreiter, el amable dueño de la panadería de la esquina, donde Josef fritzl compraba diez panecillos cada día y donde hace poco menos de un año triplicó su producción de bollos. Demasiadas bocas que alimentar.
Decenas de periodistas nos lo rifábamos. ¿Cómo era Josef?,¿Y Rosemarie? ¿Y Lisa, Monika, Alexander, los tres bebés que lloraban demasiado y que Josef decidió que subieran en sus brazos esos once escalones que separaban el zulo de la vida en libertad? ¿No se dieron cuenta de nada?, le preguntábamos mientras bebíamos su delicioso café y usábamos su baño.
Ahora nos vuelve a atender con la misma amplia sonrisa. Una cara que se transforma cuando le preguntamos qué opina del proceso judicial contra su vecino. "No me extraña que se tape la cara con ese archivador, debería avergonzarse de los crímenes que ha cometido". Y sin molestarle más recorremos los escasos quince metros hasta la puerta de la caseta que albergaba la mazmorra.
En la verja, vencida, no hay policía. Sólo una cadena amarilla con una combinación de cuatro números, como las de las maletas, impide el paso. Eso y un letrero que nos advierte: hay alarma...Desde luego, mira que son disciplinados estos austriacos.