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Silva, una líder social que ha hecho de las causas pérdidas de Brasil su capital político

Se presenta con un discurso transversal e ilusionante pero plagado de imprecisiones
Marina Silva es una de las firmes candidatas a ganar las elecciones presidenciales de Brasil gracias a su capacidad camaleónica para adaptarse a los tiempos de la política y, sobre todo, a los pulsos de la calle sin renunciar a una personalidad que la hace única en el contexto de una clase política anquilosada en viejas prácticas.
Silva ha ascendido en los sondeos sobre intención de voto catapultada por la tragedia de la muerte de Eduardo Campos, candidato presidencial del Partido Socialista Brasileño (PSB), que la llevó a ocupar el primer puesto haciendo realidad una expectativa que se había visto frustrada un año antes por la decisión de las autoridades electorales de impedir el registro de su partido político a las elecciones presidenciales.
El veto a Rede Sostenibilidad obligó a Silva a entrar en una vorágine de contactos con otros partidos políticos que no acabaron de cuajar debido a las múltiples aristas de la ex senadora. Solo Campos se atrevió a tenderle la mano, aún a sabiendas de que ella abandonaría el PSB en cuanto pudiera emprender su propio camino.
Así, su desembarco en el PSB no fue fácil porque muchos renegaron de su escaso compromiso con las siglas. El mismo debate se planteó a la hora de elegir un sucesor para Campos, cuando un importante sector de los socialistas brasileños se posicionó claramente en contra de Silva porque advirtieron que sería inmanejable.
Fue su innegable gancho electoral lo que le abrió las puertas del PSB. Silva ya había concurrido por libre a las elecciones presidenciales de 2010 consiguiendo el 19 por ciento de los votos, cinco puntos más de lo vaticinado por las encuestas, en un resultado histórico. Pero tras el hito electoral, volvió a diluirse en el anonimato abandonando el Partido Verde.
Silva siempre ha tenido un difícil encaje en los proyectos ajenos. Aunque debe al Partido de los Trabajadores (PT) y al ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva su salto a la política nacional, lo cierto es que sus años como ministra de Medio Ambiente supusieron un quebradero de cabeza para el Gobierno.
En esos cinco años quedaron ya patentes sus diferencias con la entonces jefa de la Casa Civil, Dilma Rousseff, --ahora su principal rival en las urnas-- por retrasar las licencias ambientales necesarias para dar el visto bueno a la explotación comercial de la Amazonía brasileña, así como con otros miembros del Gobierno de Lula.
En 2008, los continuos desacuerdos con sus colegas de Gabinete llevaron a Silva, una líder ecologista convencida, a dimitir admitiendo que Rousseff, entonces conocida como la 'super ministra', le había ganado la batalla imponiendo el crecimiento económico a su ambicioso plan ambiental.
DEFENSORA DE LA AMAZONÍA
Su rasgo definitorio es su encendida defensa de la Amazonía brasileña, cuya degradación se ha acelerado en los últimos años a un ritmo que el propio Gobierno considera preocupante debido a la acción de las industrias.
Silva creció en una aldea amazónica en el seno de una humilde familia que, como todas las del lugar, se dedicaba al cultivo del caucho en los terrenos de latifundistas. Las duras condiciones de la selva se llevaron a tres de sus diez hermanos y a punto estuvieron de llevársela también a ella con episodios de malaria y hepatitis.
Sin más aspiraciones que sobrevivir, aprendió a leer y escribir a los 16 años. Pero, dotada ya de las herramientas básicas, comenzó su lucha por la defensa de la tierra que proveía su sustento a las comunidades amazónicas, incluidos los indígenas amenazados por las grandes multinacionales.
En esta época conoció y se hizo íntima amiga de Chico Mendes, líder ecologista que fue asesinado por dos terratenientes como consecuencia de su intenso activismo ambiental que le llevó a fundar la Central Unida dos Trabajadores (CUT), con la que Silva comenzó su carrera política.
FE EVANGÉLICA
Su fervor ecologista solo es comparable a sus profundas convicciones religiosas. Aunque en su tierna infancia fantaseó con ser monja, en su juventud optó por la fe evangélica, un factor que sería determinante, no solo a nivel personal, sino para el animal político en el que acabaría convirtiéndose.
Silva siempre ha hecho gala de su credo y lo ha predicado desde todas las plataformas que ha ocupado, perfilándose así como la representante más popular de los evangelistas brasileños, que en las últimas tres décadas han ido acumulando poder hasta constituirse en un auténtico 'lobby'.
Sin embargo, su fe es también uno de sus mayores problemas. Su definición en base a esta religión ha hecho que gran parte del electorado la vea más como una predicadora que como una política capaz de gobernar un país de 200 millones de habitantes con un 65 por ciento de población católica.
Su posicionamiento contra el aborto y contra el matrimonio homosexual ha caldeado la campaña electoral y ha evidenciado sus debilidades. Así, ha tenido que matizar sus palabras en varias ocasiones, la última cuando comentó que consultaba la Biblia para tomar decisiones políticas importantes: rápidamente añadió que en política debía primar la "base racional".
VOZ DE LAS MINORÍAS
La trayectoria pública de Silva no es concebible sin su enorme capacidad para convertirse en el altavoz de los grandes olvidados por el desarrollo macroeconómico de las últimas dos décadas que, sin embargo, en las pequeñas cifras, ha hecho de Brasil uno de los países más desiguales de la región.
Su origen afroamericano la ha permitido empatizar con las clases deprimidas del país, que ven en Silva una salida de la miseria y exclusión a las que la burguesía brasileña les ha condenado durante años.
También se ha erigido en portavoz de los jóvenes que en 2012 estallaron en las calles contra una clase política corrupta que les ahogaba mientras despilfarraba los recursos en las grandes obras de infraestructuras para el Mundial de Fútbol de este año y los Juegos Olímpicos de 2016.
Silva se sumó a las manifestaciones en grandes ciudades como Brasilia, Sao Paulo o, Río de Janeiro, primero, contra la leve subida del precio del transporte público y, después, contra un sistema que considera amortizado.
VARIAS CARAS
Las múltiples facetas de Silva han hecho que sea una política de sobra conocida por la sociedad brasileña, aunque no la pueda identificar con un programa política integral, lo que se presenta como su principal obstáculo en la carrera hacia el Palacio de Planalto.
El impulso que recuperó con la muerte de Campos, tras varios meses a la sombra del carismático líder socialista, ha empezado a desinflarse a unos días de que los brasileños acudan por primera vez a las urnas. Su reto en esta recta final será convencer a la heterogénea población brasileña de que es capaz de armonizar los intereses individuales, e incluso aplacar los suyos propios, para construir una visión de conjunto que todavía está por definir.