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Las nuevas reglas de la ciudad

Nuestro referente de miedo generalizado era el terremoto de 1985. Pero entonces, para cuando todos pudimos darnos cuenta, el daño ya estaba hecho. Ahora estábamos –y estamos todavía- con la incertidumbre de un posible ataque sorpresa, porque si el enemigo se hace visible quiere decir que ya asestó el golpe.
En 1985, la población se agrupó, trabajó en conjunto para mover escombros, salvar gente, resucitar la ciudad. Se alabó la solidaridad. Esta vez, en cambio, nos aislamos a petición de las autoridades, nos encerramos en casa, nos cuidamos de ser tocados. No saludar ni de mano. Se alabó el egoísmo. Afortunadamente, nuestro nuevo referente de miedo no ha tenido la enorme dimensión de muerte que tiene el anterior. 
Poco a poco, la sangre vuelve a irrigar los órganos vitales de la imponente ciudad. Tenemos permiso presidencial para ir saliendo de nuestros hogareños capullos, pero este año la primavera está acotada. Hasta nuevo aviso, tendremos que sentarnos a dos metros de distancia de nuestros seres queridos cuando comamos en un restaurante… y ni qué decir del cine; entre cada espectador dos butacas. Se me ocurre imposible besar espontáneamente a mi futuro novio.
Conforme termina la emergencia, comienza el tiempo de corregir los errores y encontrar responsables. Nuestro sistema de salud pública se evidenció deficiente y el privado inalcanzable. No deben repetirse las historias de pacientes yendo de hospital en hospital en busca de atención. Algo que no es nuevo, pero que antes no tuvo la dimensión televisiva, epidemiológica y global que alcanzó ahora. ¡Qué la nueva disciplina ciudadana nos sirva para exigir y trabajar!
¿Cuánto tiempo más viviremos con este mediático miedo sanitario? Después del sismo del 85, se volvieron obligatorios los simulacros, se instalaron algunas alarmas capaces de avisar un minuto antes del movimiento telúrico, se detectaron las zonas más seguras de casas y edificios. ¿Qué quedará después de esta alerta sanitaria de casi dos semanas? Puedo imaginar que se quedará la costumbre de lavaremos más las manos, que el cloro se quedará entre los indispensables para limpiar hogares y las oficinas, pero me niego rotundamente a creer que nos acostumbraremos a abrazarnos menos.