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Los rebeldes laboristas retrasan el asalto al liderazgo para otorgar a Corbyn tiempo para dimitir

La guerra interna en la que se halla sumido el Laborismo británico ha entrado en un compás de espera, después de que los rebeldes que aspiran a forzar la caída del líder hayan decidido retrasar el desafío abierto a su continuidad para permitir a Jeremy Corbyn una salida digna mediante su renuncia voluntaria.
Después de que una moción de censura evidenciase el pasado martes que había perdido el apoyo del grupo parlamentario, los diputados iniciaron las maniobras para disputarle su permanencia a través de una candidatura encabezada por la ex responsable de Negocios y, hasta el lunes, quien ejercería como primera secretaria de Estado en un futurible Ejecutivo laborista, Angela Eagle.
Eagle, presente en la Cámara de los Comunes desde 1992, ya había recabado ayer el apoyo de los 51 diputados que necesitaría para desencadenar una pugna por el timón, pero, de momento, ha decidido suspender el movimiento sucesorio, según su círculo más próximo, para otorgar tiempo a Corbyn para decidir su marcha libremente.
Los críticos mantienen que son los colaboradores del líder los que lo han persuadido de continuar, por lo que la prudencia ha recomendado a Eagle aguardar, especialmente ante el escaso apetito existente por un lance por el control de una formación profundamente dividida entre el aparato parlamentario y las bases, que siguen respaldando a Corbyn.
Por si fuera poco, aunque en principio el contingente con presencia en Westminster había determinado que la hasta el lunes responsable de Negocios representaba la candidatura de la unidad, en las últimas horas ha trascendido un nuevo nombre para la carrera por la sucesión, el del ex encargado de Trabajo y Pensiones Owen Smith, lo que evidencia la endeble cohesión de un partido en estampida.
TIEMPO DE ORO
Eagle confía en que convencerlo de desistir, pero mientras ninguno de los rebeldes manifiesta oficialmente su intención de consumar el magnicidio, Corbyn gana un tiempo de oro para demostrar la falta de unidad entre los díscolos y retratarlos como representantes de las luchas cainitas que habían caracterizado al Laborismo durante los años de Tony Blair y Gordon Brown en Downing Street.
El éxito de su estrategia, con todo, tampoco está garantizado y la cadena de dimisiones que había iniciado la crisis continúa esta jornada, profundizando en la brecha de la que lo había advertido el todavía número dos del partido, Tom Watson, quien mantiene una complicada posición en la que combina su manifiesta falta de confianza en el líder, con su continuidad en el cargo.
Watson, sin embargo, se ha descartado para la pugna por el relevo laborista, después de que su nombre fuese uno de los que había sonado con más fuerza, una renuncia que ha facilitado la candidatura de consenso de Angela Eagle para unir a una formación al borde de la guerra civil.
El propio equipo de Corbyn asume que habrá una contienda por el liderazgo, si bien confían en que el apoyo que este todavía disfruta entre las bases garantice su supervivencia política, a pesar de las dudas por su gestión de la campaña del referéndum sobre la permanencia de Reino Unido en la Unión Europea, en la que la izquierda británica no fue capaz de movilizar a sus bastiones.
TEMOR DEL LABORISMO
El principal temor es que la aparente desconexión de sus votantes naturales y el limitado magnetismo electoral de Corbyn conviertan al Laborismo en una formación residual. De ahí que los tiempos sean clave para el asalto al liderazgo organizado tras la cadena de renuncias de la mayoría de los miembros de su propio equipo, procedentes, incluso, de la nueva remesa de nombramientos que se sucedieron como consecuencia de la campaña orquestada desde el domingo para forzar su caída.
Las incertidumbres empeoran, además, ante la diligencia de sus rivales políticos, que han cerrado ya el quinteto de candidatos a suceder a David Cameron, sobre todo si quien se mude a Downing Street en otoño decide convocar elecciones para legitimar en las urnas su ocupación del Número 10.
Una de las dudas estatutarias si se consuma el desafío a la continuidad de Corbyn es la necesidad real de que éste reúna firmas para concurrir como candidato, puesto que, al haber recabado el respaldo de tan sólo 40 diputados en la moción del martes, se quedaría a diez del medio centenar que precisaría. Como líder todavía al frente, cabe la posibilidad de que su nominación sea automática.
No en vano, de momento, Corbyn mantiene a su favor el apoyo de la militancia y, crucialmente, de los sindicatos, lo que le asegura una robusta posición de salida para superar el magnicidio. Las centrales sindicales son claves en el Laborismo, al que facilitan tanto apoyo financiero como logístico, con la dotación de personal para la clave organización de campañas y contacto con el electorado.
TERREMOTO BREXIT
El terremoto ha tenido su epicentro en el plebiscito, pero los temblores venían de lejos. El descontento que reinaba desde hace meses ha generado una situación insostenible tras la percibida falta de implicación del dirigente laborista en la batalla por mantener a Reino Unido en la UE. La derrota no sólo ha provocado el Brexit, sino que, crucialmente para el partido, ha demostrado la desafección de los votantes tradicionales y la pérdida de sus bastiones naturales.
La elección de Corbyn hace nueve meses había sido bienvenida por sus rivales políticos, que consideraban una rémora electoral a quien hasta entonces había sido un diputado raso conocido por su actitud crítica con la dirección. De hecho, el más inesperado de los candidatos había decidido presentarse a la pugna por el liderazgo exclusivamente para introducir en el debate una agenda anti-austeridad.
Su apuesta por "otra clase de política" movilizó a un sector de la ciudadanía hasta entonces desconectado de la política y el número de afiliaciones a una formación que todavía trataba de resolver el debate sobre su identidad en el Reino Unido post-crisis se dispararon. Su gestión ha sido cuestionada desde el inicio y el referéndum ha sido la última gota, un desenlace que, ya antes de la confirmación del Brexit, era previsible, puesto que Corbyn siempre había constituido una de las voces más críticas con la UE en un Laborismo habitualmente pro-Bruselas.