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El zulo

Fritzl estaba obsesionado con la idea de encerrar a su hija mucho antes de hacerlo. Ya tenía previsto incluir un pequeño secreto en la construcción. En 1983 ya estaba construido el calabozo, un espacio de unos 35 metros cuadrados, sin ventanas, en los que Elizabeth pasó los primeros 9 años de su cautiverio y que iría ampliando con el tiempo y con las necesidades que iba creando su nueva familia.
"Los planos que presentó fueron aprobados, pero no incluían las habitaciones que hemos descubierto. Sin embargo, ya estaban construidas en 1983. Fue muy hábil", aseguró el jefe la policía, Franz Polzer.
La tesis policial es que, tras obtener la autorización para llevar a cabo la reforma, construyó más de lo permitido, pero tapó luego lo que no estaba en los planos, por lo que en la habitual inspección realizada posteriormente no se descubrió nada. "Imagínese la pared de un sótano y le dicen que ahí se termina. Pero detrás de la pared había más", señaló Polzer.
Eran cinco minúsculos habitáculos a los que se accedía tras sortear una primera puerta de acero y hormigón armado de 300 kilos, oculta tras una estantería móvil llena de herramientas y situada frente al despacho de Fritzl. De ahí se accedía a una sala acolchada y con las paredes forradas de goma. Así amortiguaba cualquier ruido hacia el exterior. En esa sala existía una segunda puerta de acero, más pequeña, que conducía a la "vivienda". 
Una minúscula habitación con una lavadora daba a un pasillo de 60 centímetros de ancho y cinco metros de largo (en la imagen de la derecha) y éste al primer dormitorio de nueve metros cuadrados con dos camas. Otro pasillo conducía a la cocina-váter-comedor- donde la decoración infantil de las paredes, recortables, dibujos de peces, animales, plantas, una ventana imaginaria que Elizabeth construyó para sus hijos. En ese rincón se encontraban los únicos lujos, una radio vieja y una nevera. Luego otro pasillo de las mismas dimensiones, daba acceso a la habitación donde Josef Fritzl violaba a su hija. Allí había una televisión.
Cómo sobrevivir
A medida que avanzan en sus pesquisas, los agentes de la policía tenían una impresión "mucho peor" de cómo fue el suplicio de Elizabeth y sus hijos en el zulo subterráneo de 60 metros cuadrados y 1,70 metros de altura, sin ventanas y con un pequeño ventilador. "Han sobrevivido, pero están todos enfermos. Nunca fueron vistos por un médico. Todos tienen problemas con la dentadura".
La renovación del aire en ese lugar es mínima y, de hecho, los expertos que efectuaron las investigaciones necesitaban hacer pausas para salir a tomar el aire.
El lugar es húmedo, frío, aunque "el padre de la familia" tuvo un detalle. Cubrir gran parte del suelo con trozos de moqueta roja.
Elizabeth sabía que, debido a la ausencia de luz natural, sus hijos podrían tener problemas. Así que le rogó a su padre que le suministrase suplementos de vitamina D y, además, disponían de una lámpara de rayos ultravioletas. No obstante, y, aunque nunca fueron vacunados, los tres niños del sótano estaban en unas condiciones físicas mejor de lo esperadas. Stefan y Kerstin tenían problemas de movilidad debido al reducido espacio del zulo y Felix, el menor, era el que mejor estaba de salud. Josef Fritzl les suministraba comida, sobre todo latas de conserva. La compra la realizaba en diferentes supermercados del país, durante sus viajes cuando decía que iba controlar sus cinco propiedades.