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Un oasis de la F1 en mitad del desierto

La construcción del circuito para poder albergar un Gran Premio se convirtió en un objetivo a nivel nacional desde 2002. Su principal impulsor fue el príncipe heredero, Salman bin Hamad Al Khalifa, gran aficionado al motor, y actual presidente honrífico de la federación automovilística de Bahrein. Las prisas hicieron temer a los organizadores del evento no llegar a tiempo a la cita, por lo que se solicitó a Bernie Ecclestone que la primera carrera no se disputase hasta 2005. Solicitud que fue rechazada por el mandamás de la F1.
 
El principal motivo que exponían los organizadores era el peligro de que la arena que el viento arrastraba desde el desierto hasta la pista dificultara el funcionamiento de los monoplazas y pusiera en peligro a los pilotos. Un peligro que hoy en día todavía existe, a pesar de los adhesivos que se rocían sobre la arena para evitar que se desplace con el aire.
 
El trabajo comenzó en noviembre de 2002 y los meses anteriores a su inauguración fue intensivo. Los obreros trabajaron día y noche y utilizaron más de 12.000 toneladas de piedra. La pista está hecha con granito galés, uno de los minerales más adherentes del mundo. Diseñado por Herman Tilke, contiene hasta cinco trazados más dentro del principal.
 
 
El especial diseño de la pista (11 curvas y varias rectas en las que se alcanza una velocidad máxima de 315 km/h) y el diseño de sus tribunas (las vistas son excelentes) ofrecen una experiencia única, tanto para el espectador como para los pilotos. Hay hasta tres puntos claros para adelantar, por lo que el espectáculo está asegurado. Eso sí, los tres pilotos que suban al podio no podrán celebrarlo con el tradicional champán. Deberá ser 0'0, pues el alcohol está prohibido en Bahrein.