Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios, analizar y personalizar tu navegación, mostrar publicidad y facilitarte publicidad relacionada con tus preferencias. Si sigues navegando por nuestra web, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí.

Que me perdonen los muertos

Pregunto por qué siguen ahí cuatro días después de que crujiera la tierra de forma brutal en Puerto Príncipe. La respuesta es que a los muertos de ese barrio, y ya van más de mil, no se los lleva ni el gobierno. Son los más pobres de entre los pobres. Nadie los recoge y la funeraria no da abasto. Tampoco tienen tantos féretros así que, allí están, en el suelo, abandonados y despidiendo ese olor a carne podrida.
Me encuentro con Joel, un chico de unos veinticinco años, que está echando una mano, pegado a su mascarilla. A él, el monstruoso terremoto también le robó a alguien, a su mujer y a su hijo de dos años. Sus cadáveres están en el patio de la funeraria, entre los descompuestos. Me apetece gritar de ver tanto horror. ¿Por qué la vida tiene que ser injusta para tantas personas?
Dejamos a Joel con su drama, con su historia personal y me voy con la mía, que es la suya grabada en la cámara y en mi memoria. Joel será noticia en los informativos, yo volveré a mi mundo, él se quedará en el tercero. El tercer mundo. Lo llamamos así pero después de ver este infierno, bien podría ser el octavo o el décimo.