Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios, analizar y personalizar tu navegación, mostrar publicidad y facilitarte publicidad relacionada con tus preferencias. Si sigues navegando por nuestra web, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí.

El plan de Mandela

El día que Nelson Mandela se puso la gorra verde de los Springboks, la historia de Sudáfrica cambió. Fue n 1995. Al aceptar el obsequio, el primer presidente negro de Sudáfrica apoya la celebración en suelo sudafricano de la Copa del Mundo de Rugby, el deporte de la hasta hace poco de la todopoderosa minoría blanca.
El plan de Mandela sale a la perfección. La selección sudafricana gana el Torneo y él baja al césped con la gorra verde a la que ha sumado la camiseta del equipo nacional. La hazaña deportiva y el gesto del político llevan la euforia mucho más allá de las gradas del estadio. Tras décadas de segregación y lucha racial toda Sudáfrica se siente al fin unida, no importa que en el 15 vencedor sólo ayuda un jugador mestizo.
Unos meses más tarde llega la hora del balompié, el deporte de la mayoría de color, relegada durante el apartheid a las barriadas más deprimidas. Sudáfrica acoge la Copa de África de fútbol y la segunda parte del plan Mandela es también un éxito.
Los Bahana Bahana con ocho jugadores negros y tres blancos en el once superan a Túnez en la final. El sueño de la reconciliación sudafricana está más cerca.
Queda aún un tercer paso. La celebración de un Mundial de Fútbol. El esfuerzo de Mandela se ve recompensado con la edición de 2010 y, un año antes, con la Copa Confederaciones. Y cuidado. Si su plan sigue cumpliéndose, Sudáfrica sólo organiza grandes competiciones para ganarlas.