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De aldea perdida a pueblo turístico

En invierno son doce sus habitantes. Un número que en verano se multiplica.Llegan los hijos que viven fuera, y traen a los nietos. Las calles empedradas de Miravete se llenan de vida. Bajo los soportales de la plaza del pueblo, cuelga un teléfono que utilizan todos de forma colectiva. El timbre estos días resuena en toda la plaza y lo descuelga aquel a quien le pille más cerca. Sólo en un punto se puede hablar por el móvil, porque no hay cobertura.
La campaña publicitaria que les hicieron, sirvió para que Miravete gritara al mundo que, como Teruel, también Miravete existe (por cierto que el movimiento de "Teruel también existe" dicen los lugareños que nació aquí, en Miravete de la Sierra...).
Con el interés que despertó la campaña publicitaria pudieron pedir donativos para arreglar su iglesia, del siglo XVI, que está en muy mal estado de conservación. Recaudaron fondos a través de varias iniciativas: subastaron tejas, y hasta hicieron muñecos réplica de sus habitantes. Aunque nos cuentan que de esos, se vendieron pocos. "Los pusieron demasiado caros", a unos 80 euros según comenta Providencia, una de las protagonistas del spot.
Pero sin Cristóbal, este proyecto no podría entenderse. Es un hombre que vive dedicado a su huerta y que adora literalmente a su pueblo y consigue transmitir su entusiasmo a todo el que se deja caer por allí. El mismo puso su voz en off para la visita virtual que se puede hacer por Miravete a través de su página web (www.elpuebloenelquenuncapasanada.com).
En Miravete nadie lleva reloj. Las horas las marca el sol y la campana de la torre de la iglesia. Dicen que allí nunca pasa nada, porque ni siquiera en la guerra pasaron cosas. Aseguran que todos se llevan y se llevaron siempre bien. Que son una gran familia y que les gusta acoger con los brazos abiertos a todo el visitante que llega. Si se anima a pasar por allí, pregunte por él. Es lo más genuino de Miravete.