Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios, analizar y personalizar tu navegación, mostrar publicidad y facilitarte publicidad relacionada con tus preferencias. Si sigues navegando por nuestra web, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí.

Fumadores de hospital

Hace ya 23 años que, con la ley en la mano, no se puede encender un pitillo en un hospital. De 1988 data la primera normativa severa al respecto, que actualizaba otra más laxa de los años 70. A finales de los ochenta aún se establecía la creación de zonas habilitadas para fumadores dentro de los hospitales, tanto para sanitarios como para pacientes, pero no sería hasta el año 2006 cuando la prohibición sería total. Además,  desde el 1 de enero de este año, está terminantemente prohibido fumar en todo el recinto de cualquier tipo instalación sanitaria.

Un reguero de leyes a favor de la salud que no todo el mundo está dispuesto a cumplir. Concha lleva semanas acompañando a su marido en un hospital madrileño. Se pasa casi todo el día a pie de cama así que conoce bien los hábitos de pasillo en el hospital: “Aquí se fuma y mucho. Todos los días y en casi todas las plantas y por la noche ya ni te imaginas. Parece una discoteca”.
Está jubilada, no soporta el tabaco y por eso recorre las plantas del centro donde está internado su marido llamando la atención a los pacientes que encuentra fumando: “un día me van a dar un golpetazo pero es que yo no me callo. Si está prohibido, está prohibido”. Saluda educadamente a un paciente de la planta de neumología que aspira caladas pegado a la ventana de la sala de espera: “Buenos días. ¿No sabe usted que aquí no se puede fumar?”.
El fumador responde con sorna que no tenía idea de la prohibición pero que, además, él no molesta a nadie porque se pega mucho a la ventana y que sólo fuma uno al día: “no le hago mal a nadie”. Es fácil que en un paseo, Concha se encuentre con tres o cuatro fumadores al azar: “Fuman en todas partes. No se cortan”. Ella llama la atención de las personas que fuman porque asegura que no tiene que porqué aguantar el humo de los demás”.
En la planta de neumología es, paradójicamente, donde se respira más humo. Antonio lleva casi cuatro meses ingresado y confiesa que fuma a diario: “Te llaman la atención alguna vez pero yo paso. Mis hijos me traen el tabaco. Saben que no puedo vivir sin esto”. Se recuerda a si mismo desde que tiene memoria estirando un pitillo: “fumo desde toda la vida”.
A punto de cumplir los ochenta y aquejado de distintas afecciones relacionadas con el tabaquismo, tiene claro que no piensa dejarlo. No se plantea si molesta a otros. Para él sus cigarros son cuestión de supervivencia. Lo mismo que Concha, pero a la inversa.