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... y al sexto día volvió a temblar

Tres catorce la de madrugada. Algo me despierta. Décimas de segundo tardo en ser consciente de que mi cama se mueve, y se mueve mucho. Estoy agarrada a las sábanas queriendo estrujar el colchón con la vista puesta en el techo y suplicando en mi interior. Para, para por Dios, deja de temblar. Qué angustia. Por mi mente quiero hacer sostener las paredes y, sí, aguanta, nada se resquebraja y la cama, el espejo y la lámpara dejan de moverse.
Ha sido otra réplica, la cuarta. Tengo la sensación de que el suelo de mi habitación está en vacío. Intento volver a dormirme. Sin éxito, mi cabeza va por libre. Corre como un caballo desbocado sin que yo pueda controlarla y pienso en mis compañeros. Ellos están una planta más abajo. Amanece en el país más pobre de América. Ni quiero ni puedo imaginar un terremoto de más de siete grados. Algún haitiano lo describió como un convoy de mil camiones llegando.