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Arzobispo apela al voto del pueblo cristiano con "responsabilidad" respecto a lo que está "en juego"

El arzobispo de Granada, Javier Martínez, ha apelado al voto del pueblo cristiano en las próximas elecciones generales del 26 de junio con un "sentido de responsabilidad" respecto a lo que está en "juego", en un artículo publicado en un blog en el que hace una reflexión sobre la necesidad de los cristianos de elaborar, "con serenidad y con tiempo, un pensamiento político que se deriva de una experiencia de fe".
Además, señala que esta campaña electoral "no es como otras que la han precedido, no es una más". "Es propio de la misión de un pastor el exhortar a votar y a votar con un sentido de responsabilidad respecto a lo que está en juego. Lo hago aquí. Lo hago invitando también a que el escepticismo con respecto a una cierta política no sirva de ocasión para ser instrumentalizado de un modo u otro por unas políticas peores", indica en su artículo, titulado 'Materiales para una política teológica cristiana' en el blog 'Ciudad de Dios y de los hombres' en su página web.
Según explica, la decisión de poner en marcha esta sección nace de la conversación que mantuvo recientemente con una familia cristiana "típicamente de derechas", "amante de la Iglesia y de su fe, y a la vez inteligentes, cultos, pero que no podían creerse lo que veían sus ojos y oían sus oídos en la televisión y en la radio". Pero "todavía menos podían creerse lo que le oían decir a su hija mayor, estudiante de empresariales en una Universidad más o menos católica, o de inspiración católica, cuando les explicaba a qué cosa iban a votar sus compañeros y hasta sus profesores".
"Su percepción de la realidad era muy distinta de la de sus padres, pero su rostro era todo preguntas. Yo me daba cuenta que esas preguntas no tenían una respuesta rápida (a menos que fuera superficial), porque requerían todo un camino de aproximación antes de poder responderse en condiciones. El afecto a esa familia y a esa muchacha, y a muchas otras familias y a muchos otros jóvenes como ella entre el pueblo que el Señor me ha confiado, ha sido uno de los motores que han puesto en marcha este intento. Y es que la tarea verdaderamente urgente (y por tanto, a largo plazo) no consiste tanto en ayudar a optar entre derechas e izquierdas cuanto en problematizar el marco y los términos mismos en los que se presenta esa oposición (aparente)", mantiene.
El prelado recuerda que hay al menos unos ocho millones de personas que van a misa cada domingo y se pregunta "cómo es posible que luego, en la liturgia del voto, esa "mayoría" tenga tan poco reflejo". En su opinión, "se quiera o no se quiera ver", hay "una política cristiana como hay una economía cristiana, como hay un arte cristiano", y como hay "una política islámica, budista o sintoísta o secular".
Por ello, plantea: "¿Por qué no tenemos --la mayoría de nosotros-- ni gran cosa que decir, ni la más mínima conciencia de que eso sea un problema? ¿Por qué pensamos que el único modo que tenemos de vivir en el tipo de sociedad que queremos y de influir en ella es el ejercicio del voto cuando nos toque, un voto que está por supuesto severamente limitado a unas opciones determinadas de antemano desde ciertos grupos de poder?¿Por qué, si muchos de nosotros no tenemos apenas confianza en quienes nos gobiernan o en quienes se nos presentan con la intención de gobernarnos, no somos capaces de hacer una crítica, más profunda y más elemental a la vez, de la sociedad en la que vivimos, de sus mecanismos de control y de manipulación, de sus propagandas y de sus mentiras? ¿Por qué no hay en nuestra sociedad (aunque las tertulias radiofónicas y televisivas parezcan estar llenas de ellos) un verdadero debate político?".
SOBRE LA UNIDAD DE ESPAÑA
El arzobispo cree que "no hay un verdadero debate sobre casi nada" y pone como ejemplo la cuestión de la unidad de España: "eliminada por entero la dimensión teológica del asunto (que la tiene), y eliminado también desde hace bastantes años toda posible discusión moral acerca del tema, la verdad es que lo único que queda es una guerra de propagandas, de influencias mediáticas, de pactos y de negociaciones que huelen bastante a podrido".
"Tal vez cada día hay más personas que se sienten desapegadas de la política, que ven en ella una especie de circo, y no están dispuestos a reírse. Porque se dan cuenta, por un lado, de lo que está en juego, y por otro, de que todo el abanico de propuestas políticas que se nos hacen todas reflejan, todas representan, todas suponen, todas promueven, cada una desde su aparato de propaganda, la misma cultura, la misma visión de lo humano, la misma concepción de la vida, de la polis, de las relaciones humanas, del mercado, del sentido y la misión que definen el ejercicio del poder", sostiene.
Esas propuestas, según incide, "no pasan de ser distintas marcas, distintos envoltorios, de un mismo producto: o un capitalismo empresarial (bastante estatalista, hay que reconocerlo, porque el crecimiento del control estatal es inevitable en cuanto se da la primacía a lo económico), o un capitalismo de estado, modelo chino, árabe o venezolano".
"Entre el liberalismo más liberal y el marxismo más marxista hay hoy tantas connivencias de fondo que cuesta distinguirlos. La mayor de ellas, el punto de convergencia en el que todos parecen coincidir, es en que lo más importante es producir, ganar dinero y consumir. Lo que borra ya todas las distinciones. Lo cierto es que un liberalismo que no sabe para qué es la libertad, o un socialismo y un comunismo que no tienen noción alguna de la naturaleza de los lazos que hacen florecer una sociedad o una comunidad, son cimientos poco fiables para construir una sociedad sana. Pero eso es lo que queda de la política cuando se retiran de ella el componente religioso y moral (tan estrechamente relacionados, pese a todos los intentos de separarlos). ¿Y de los pueblos? ¿Qué queda de los pueblos?", mantiene el prelado.
Cristianos o no cristianos, Martínez dice entender en estas circunstancias el desapego a la política y la indignación, "y no sólo la indignación de la gente de derechas, sino también la de muchas personas de izquierdas, que se toman en serio su propia vida, la de los demás, el mundo en que vivimos y el para qué de todo".
Pero se pregunta "¿dónde está en todo esto el pueblo cristiano?" y considera que una parte de la respuesta "puede nacer de la experiencia del precio altísimo que ha pagado la Iglesia, durante el siglo XX, por la manera cómo algunas dictaduras han utilizado o han tratado de utilizar a los cristianos y por la manera como algunos cristianos, y sobre todo algunos curas, han creído poder usar en su beneficio, que ellos confundían con el beneficio de la Iglesia, el poder de las dictaduras o el respaldo de un estado confesional".
Además, se refiere al "último gobierno" con duras palabras: "La reciente experiencia española del 'voto católico' como 'voto cautivo' que 'no vota por convicción, sino por miedo a la izquierda', como dijo hace un par de años un político que se cubrió de gloria, y que le ha servido al último gobierno para burlarse de sus votantes en sus mismísimas narices, debería enseñar a unos y a otros los riesgos de una política, supuestamente "pragmática", basada en concesiones y compromisos. O basada en la rutina, o en la ignorancia (a la vez teológica y política). O, en algunos casos, en la mala fe".
"La única que tiene todo que perder en ese camino es la Iglesia, es el pueblo santo de Dios. La decepción experimentada por muchos católicos en este momento no debería provocar reacciones meramente viscerales, sino que debería ayudarnos a comprender algo que debiera ser obvio para un cristiano: que ningún partido es la Iglesia, y que de ninguno de ellos viene ni vendrá jamás la salvación", considera.