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Doce indigentes conflictivos viven en el aeropuerto sin que nadie los pueda echar

El aeropuerto es un lugar público, al que cualquier persona puede acceder y al que entra y sale quien quiere, en concreto unas 180.000 personas al día entre personal de las instalaciones, pasajeros y acompañantes. Ese es el principal obstáculo que Samur, Comunidad de Madrid y AENA encuentran a la hora de prestar ayuda a esta gente.
"De entre las 180.000 personas que deambulan por el aeropuerto al día, sólo sesenta viven en el aeropuerto, y de ellos sólo una docena son problemáticos", explican fuentes de Barajas. Sin embargo, estos doce indigentes problemáticos necesitan atención psiquiátrica, algunos llevan años en las terminales, y AENA no puede hacer nada por ellos. No se les puede echar a menos que la Policía Nacional, si cometen un delito, les haga marcharse, y no serán ingresados en un centro médico a menos que un juez dicte una orden que así lo determine.
Esta impotencia para prestar ayuda a los 'habitantes de Barajas' representa un conflicto humanitario. Al aeropuerto madrileño de Barajas no le preocupa que estéticamente los indigentes no sean apropiados, y no temen por la seguridad del resto de personas, puesto que los 'sin techo' no suelen dar problemas ni suscitar quejas. El conflicto nace de percibir que vivir en un aeropuerto no es una opción apropiada y saber que, si éstos no quieren marchar, nada se puede hacer.
Por el momento, AENA trabaja junto al Samur y la Comunidad de Madrid para, en la medida de lo posible, atender a estas personas. Intentan conocerlos, ofrecerles alternativas y llevar un seguimiento de sus casos con visitas semanales.
Los tres meses en la T-4 de Rosa
"Tengo un baño particular, con un secador electrónico con aire calentito, me puedo lavar la cabeza y me puedo lavar la ropa incluso si quiero". Rosa lleva tres meses viviendo en  el aeropuerto, y prefiere tomarse su situación con humor.
La historia de Rosa es una de las que se suceden en los amplios espacios de lugar, donde actualmente viven  unas sesenta personas. En el caso de Rosa, no hay problemas psiquiátricos ni de falta de adaptación social: la crisis acabó con su tienda de decoración y ahora deambula por la T4. "Lo he perdido todo: mi casa, mis muebles, mi coche, mis joyas, mi negocio...".
Asegura que lo lleva mal, sobretodo el trato con la gente, al menos los intentos, porque "cuando te acercas muy mal, piensan que vas a saltar a ellos para pedirles algo", dice.