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Viajar en autobuses urbanos, un ejercicio de alto riesgo para los argentinos

El accidente ocurrido el pasado día 2 en el centro de Lomas del Mirador, una populosa zona del cinturón de Buenos Aires, ha disparado las alarmas sobre la situación de los colectivos (autobuses urbanos) y los hábitos de los conductores. EFE/Archivotelecinco.es
Viajar en autobuses urbanos en Buenos Aires y su periferia se convierte a diario en un ejercicio de alto riesgo para los usuarios, como demuestra el accidente ocurrido hace dos días, que dejó un saldo de cuatro muertos y 41 heridos, y los datos reveladores de un informe de la Defensoría del Pueblo de la capital.
El accidente ocurrido el pasado día 2 en el centro de Lomas del Mirador, una populosa zona del cinturón de Buenos Aires, ha disparado las alarmas sobre la situación de los colectivos (autobuses urbanos) y los hábitos de los conductores.
Las cifras de accidentes en los que se ven involucrados vehículos de transporte público son escalofriantes.
Según un informe de la Defensoría del Pueblo de Buenos Aires, sólo en la capital y sus alrededores mueren al año más de un centenar de personas y 10.000 resultan heridas de distinta consideración en accidentes de colectivos.
Los autobuses están involucrados en dos de cada diez accidentes de tráfico de la ciudad.
La antigüedad -muchas de las unidades tienen más de 15 años- y la falta de mantenimiento son factores determinantes para el deterioro de los frenos, el ruido, la emisión de gases contaminantes y el derrame de combustible en el pavimento, apunta el estudio.
La impericia y el cansancio de los conductores, que suelen exceder con creces los límites de velocidad, incluso dentro del perímetro urbano, terminan de dibujar las deficiencias del sistema de transporte automotor de una ciudad con tres millones de habitantes que se elevan a 12 millones si se tiene en cuenta el área conurbana.
En Buenos Aires, que presume de ser la capital más cosmopolita del Cono Sur, los porteños viajan hacinados en los viejos colectivos y se convierten en improvisados equilibristas para no caer al suelo en cada frenazo y evitar ser arrollados cuando se bajan de los autobuses, que suelen arrancar antes de que termine de apearse el pasaje en cada parada.
Según estimaciones oficiales, en la ciudad de Buenos Aires y el área circundante -conocida como Gran Buenos Aires-, los colectivos transportan 18 millones de pasajeros diarios.
Sus conductores caen en los mismos errores que los particulares: superan los límites de velocidad, se "pican" con otros automovilistas, violan señales de tránsito y semáforos, paran en doble y triple fila y, más de uno, ha sido sancionado por manejar ebrio.
El cuadro de Buenos Aires se repite en el resto del país.
El pasado día 25, cinco personas -entre ellas un niño de un año- murieron en un choque entre un colectivo y un camión en la provincia de Santa Fe; unos días antes, tres personas habían fallecido en un accidente entre un autobús y un particular en el centro del país y a mediados de mes ocho resultaron heridas cuando un tren arrolló a un autobús en la periferia de Buenos Aires.
Denunciar no es sencillo para los viajeros porque el transporte en las grandes urbes argentinas no es estatal sino que está repartido entre distintas empresas privadas y los conductores están amparados por el sindicato de la Unión de Tranviarios Automotor, muy ligado a la poderosa Central General de Trabajadores que lidera el peronista Hugo Moyano.
Las empresas privadas que gestionan el transporte público urbano reciben unos 700 millones de dólares de subvención, supuestamente destinados al mantenimiento de los vehículos, pagan más barato el gasóleo, tienen coberturas especiales de seguros y están eximidos del pago de multas.
No obstante, sólo en enero, el gobierno de la ciudad de Buenos Aires recibió 255 reclamaciones por humo y ruido en los colectivos.
El caso de un pasajero recientemente indemnizado con 14.000 pesos (unos 4.600 dólares) por una lesión en la espalda sufrida tras un frenazo brusco en un colectivo en 2004 puede animar a otros a denunciar.