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La manzana de Jobs

Marta compró su iPad en Nueva York tres días después de que saliera a la venta. Foto: Informativos Telecincotelecinco.es
Hace casi dos meses comprendí porqué Steve Jobs eligió como símbolo una manzana. Y lo comprendí cuando entré en el Paraíso... O lo que es lo mismo, cuando entré en la tienda de Apple en el Soho.
Desde aquel día a principios de abril no he podido despegar los dedos de mi juguete favorito. Pesa poco más de medio kilo, pero dentro lleva ya toneladas de recuerdos: las fotos, las canciones, las series, las 797 páginas de Moby Dick, las mejores imágenes del Guardian, mi nueva agenda a la que puedo cambiar de tapas según el humor del día, el diccionario, el pronóstico del tiempo y hasta un juego de un ratón saltarín para los ratos muertos.
En este tiempo las aplicaciones han entrado y han salido, se han multiplicado y han desaparecido. He probado desde tres programas de retoque fotográfico hasta un lector para cómics que a pesar de su espectacular calidad acabó en el limbo de las aplicaciones descartadas. Esta misma noche voy a cambiar el ratón saltarín por el Scrabble y seguro que mañana habrá una algo nuevo que hasta ahora ni imaginaba. Y me lo bajaré y lo disfrutarán la punta de mis dedos y cada una de mis neuronas. Hasta para escribir este texto he utilizado el iPad, porque colocado en horizontal su teclado permite escribir como en un pequeño portátil.
¿Que no sirve si no lo conectas a un ordenador? ¿Que no imprime? ¿Que no puede hacer fotos? ¿Que no tiene conexiones? ¿Y qué más da? El iPad no está pensado para eso. El iPad está pensado para darte mil pequeños momentos de satisfacción a lo largo del día. Y los da. Porque la manzana de Jobs se diferencia en algo fundamental de la manzana de Eva: que sí da lo que promete.