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Capítulo XXXVI: Mi mujer me pone los cuernos

Gracias a Antonio L. Bouza , la opinión pública ha podido conocer algunos datos de ese 'secreto de Estado' que ha sido a lo largo de más de quince años el gran amor de don Juan Carlos, un secreto a voces porque todo el mundo lo conocía. No sólo en Palma de Mallorca, sino en la Villa y Corte, pero de la que nadie hablaba y menos escribía salvo las contadas excepciones a las que nos hemos referido.1
Como bien dice Paul Preston, se trata de una mujer catalana que debió de nacer, según Bouza, "hacia 1948" (si así es, tiene hoy, cuando escribo este libro, cincuenta y nueve años, cincuenta y nueve espléndidos años). Don Juan Carlos la conoció "creo que en 1978" -Bouza dixit-. Era entonces una bellísima señora, dedicada "según mis noticias a la decoración de apartamentos de lujo y de grandes despachos. Y llevaba también un negocio de compra y venta de viviendas". Estaba casada con un ingeniero muy conocido en Mallorca. Hasta que un día le confesó a un amigo estar muy deprimido porque se había enterado de que su mujer le ponía… los cuernos: "Dale dos hostias al tío", le recomendó éste. "No puedo. Se trata del Rey", fue la respuesta del marido engañado. Pregunto, ¿habría alguien capaz de dárselas si se entera de que su mujer se entiende con Su Majestad? Lo dudo.
2 El Rey y ella "se veían, lógicamente, en Palma de Mallorca, pero también en Madrid, pues ella acudía con frecuencia a la capital de España. Y es que, al parecer, ella realizaba alguna gestión particular para Su Majestad. Pese a su “amistad” con el Rey, ella, una divorciada joven, nunca hizo ostentación de ella. Y en cuanto a discreción integral, el mismo don Juan Carlos reconoce que no sólo no ha tratado nunca de presumir de esa amistad, sino que se ha sentido siempre orgullosa sólo para sí misma, interesándose por la familia real y teniendo exquisito cuidado de no indisponer a don Juan Carlos con la Reina".
Mi madre solía decir, cuando alguien intentaba justificar lo injustificable, "déjalo estar, con azúcar está peor".
Cierto es que el ingenuo de Bouza hacía lo que podía aconsejando a su amigo el Rey: "Le digo que hay que ser lo más discreto posible. También por nuestras esposas, que están en una edad muy difícil y se deprimen mucho. Aprovecho para recomendarle que prodigue gestos de amabilidad con la Reina en público. Por ejemplo, al aparecer en las escalerillas de un avión, en actos oficiales de cara al público. Simplemente mirarla más, cogerle por un brazo".3
Era tal la complicidad de Bouza con el Rey en el tema de la decoradora que, en cierta ocasión, "recordé a don Juan Carlos que tenía yo empezado un poema 'Marta, mirto…', y le propuse adaptarlo a ésta, para lo cual procedía algo de inspiración por mi parte, dándome detalles de su personalidad. Y con unas pocas fotografías -de las publicadas- terminé el poema que llevé a S. M. -a quien pareció excelente-, con el ruego de que se lo entregase a la destinataria, como así debió de hacerlo, y creo que le gustó mucho a ella". Fue en la mitad de los años ochenta.
¡Señor, mis reclamaciones, no a este autor, sino al maestro armero, a su amigo Bouza, un amigo que no tiene precio para este periodista!