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El epílogo de Bertín: Fran Rivera, enamorado y orgulloso de su casta y su nombre

“Hoy he descubierto lo que Fran esconde tras esa buena planta, y a veces mala leche, sobre todo con la prensa rosa teñida de amarillo. He descubierto al Fran sencillo, hijo de un hombre inalcanzable y de una mujer a la que trató de arrastrar al camino recto, al de la vida, y en cuyo nombre habla de los estragos de la droga con conocimiento de causa, y de efecto. También al Fran consentido, no solo del honor, sino también del humor. Al Fran padre de una adolescente noble y de una niña a la que por una cornada parieron por cesárea. Al Fran enamorado, novio y marido, casado con una guapa sevillana que duerme con un torero pasional y con un piloto encendido. Al Fran orgulloso de su casta y de su nombre. Por suerte para él, sus antepasados eran matadores, no cocineros, por algo es más diestro con la espada y en el ruedo, que con el cuchillo y encendiendo un fuego. Al Fran romántico que organiza una pedida entre aires acondicionados y ropa tendida. Al Fran que se siente en la plaza como en casa, sobre todo si hablamos de Ronda. Hoy me he encontrado con el Fran auténtico, el que baja a la arena y entra al trapo, el anfitrión perfecto con el que he pasado un magnífico rato”.