Estado de salud

Dormir en habitaciones separadas después de los 50: el hábito de cada vez más parejas, según los especialistas

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Sleep divorce. Redacción Uppers
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Durante décadas se dio por hecho que el matrimonio ocurría bajo el mismo edredón. La cama compartida se erigió así en símbolo de la convivencia adulta, sinónimo tácito de intimidad y prueba silenciosa de que una relación sigue viva. Que dos personas amanecieran en habitaciones distintas se leía, sin apelación, como preludio de ruptura. 

Ese consenso ha empezado a desmoronarse en los hogares españoles de mediana edad. El sleep divorce da nombre a la decisión, cada vez más asumida por parejas de larga duración, de dormir en camas o habitaciones separadas para preservar el descanso sin renunciar al vínculo.

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Los datos dibujan una tendencia inequívoca. Una encuesta en 2023 situaba en un 43% los adultos en Estados Unidos que reconocían dormir separados. Hay otras estimaciones que apuntan a que es el caso de una de cada cuatro parejas. Y un estudio determinó que, entre quienes lo practican, un tercio afirma que su pareja afecta directamente a su sueño.

El ronquido fuerte o la apnea explican tres cuartas partes de los casos, seguidos por los horarios desincronizados (60,7%), los movimientos excesivos (58,9%) y el uso nocturno de dispositivos electrónicos (32,1%). El dato decisivo, sin embargo, es otro: el 71,6% de quienes lo adoptan lo perciben como beneficioso y el 80,4% asegura que su pareja está de acuerdo.

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La franja en la que este fenómeno cobra fuerza coincide con el momento biológico en que la calidad del sueño empieza a deteriorarse de forma silenciosa. La Sociedad Española de Neurología calcula que el insomnio afecta a entre un 20 y un 48% de la población adulta en España, y la prevalencia se dispara con la edad. 

La apnea obstructiva del sueño, casi siempre acompañada de ronquido intenso, se manifiesta con particular virulencia a partir de la quinta década. A ello se añaden los cambios de temperatura corporal asociados al climaterio, las nicturias frecuentes, la ingesta de medicación crónica con efectos sobre el descanso y los desajustes horarios que trae consigo el nuevo estatus laboral o la jubilación de uno de los dos miembros. Compartir cama, en esas condiciones, deja de ser un gesto neutro y se convierte en una fuente de fricción cotidiana que ninguna relación resiste indefinidamente.

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La privación crónica del sueño está asociada a un mayor riesgo cardiovascular, alteraciones metabólicas, deterioro cognitivo y ampliación del espectro depresivo. Contra la intuición romántica, dormir mal, pero juntos, empobrece la relación más que dormir bien separados, ya que va de la mano de irritabilidad matutina, merma de la libido y la erosión progresiva de la paciencia, lo que deja su huella acumulativa. 

La psiquiatra Stephanie Collier, del McLean Hospital, ha observado que muchas parejas ensayan el sleep divorce como solución temporal, para superar un catarro, un pico de trabajo, un embarazo o una convalecencia, y descubren después que descansan sensiblemente mejor cuando duermen solos.

En España, la psicóloga María del Carmen González Hermo resume el asunto en una frase que desmonta el prejuicio: “Los momentos de pareja son compartir vida, no sueño. Dormir en camas separadas no implica no estar presente.” Esta forma de verlo es útil porque distingue dos planos que la cultura afectiva había fusionado por defecto: la intimidad se cultiva despiertos, en la conversación, en el proyecto común, en los momentos de ocio y en la sexualidad, no en las horas inconscientes de la noche.

Ahora bien, el propio criterio profesional advierte de un matiz importante que la moda tiende a pasar por alto. El sleep divorce funciona cuando ambos miembros de la pareja lo asumen desde la misma lectura y con acuerdos explícitos. Se convierte en problema cuando se utiliza como refugio disfrazado de decisión tomada por salud. Alegar los ronquidos para eludir una conversación pendiente sobre la relación no soluciona el conflicto, solo lo aplaza. La distinción entre una y otra situación no siempre resulta cómoda de mirar, pero es lo que separa un hábito reparador de una huida silenciosa.

Lo que hoy suena rupturista podría no ser sino la lenta recuperación de una geometría familiar más antigua, ajustada esta vez a un dato del que las generaciones anteriores no disponían: la certeza médica de que dormir bien es una de las inversiones más rentables que una pareja madura puede hacer en su salud.