Shinzo Abe, el líder que supo pedir perdón a su pueblo

  • Shizo Abe no tuvo reparo alguno en pedir perdón el día que anunció su dimisión como primer ministro de Japón en agosto de 2020

  • También estuvo al frente de la nación entre 2006 y 2007

  • Agachó la cabeza ante un país pegado a su conferencia de prensa mientras se excusaba por finalizar su mandato en plena pandemia

En su último discurso como primer ministro, Abe mostró una vulnerabilidad inaudita. Fue el máximo mandatario más joven de Japón desde la Segunda Guerra Mundial y el que más tiempo consecutivo estuvo al cargo en la historia del país. Su ataque ha impactado a una nación poco acostumbrada a la violencia. Este viernes ha fallecido víctima de un atentado.

No es común que el líder de una nación se disculpe ante su pueblo y Shizo Abe no tuvo reparo alguno en pedir perdón el día que anunció su dimisión como primer ministro de Japón en agosto de 2020. Agachó la cabeza ante un país pegado a su conferencia de prensa mientras se excusaba por finalizar su mandato en plena pandemia antes de acabar su legislatura. Mostró una vulnerabilidad inaudita e incluso se atrevió a citar el que consideró como su “mayor arrepentimiento”. Soldada a su consciencia quedó su incapacidad para resolver los secuestros de ciudadanos japoneses entre 1977 y 1983.

Japón reconoció que fueron 17 de sus nacionales, Corea del Norte admitió haber raptado a 13 personas y algunas estimaciones hablan de que podrían haber sido cientos los raptos con el fin de enseñar japonés en academias de espías norcoreanas o para robar sus identidades. Si la humildad es una de las virtudes de la cultura nipona, Abe la supo exportar con naturalidad durante aquel discurso. El que ésta fuera una cualidad de su personalidad es otra historia.

“Aquel discurso final fue inusual. Su vulnerabilidad y emotividad no refleja realmente su carácter”, destaca a NIUS James D. J. Brown, profesor asociado de Ciencias Políticas en la Universidad de Temple en Japón. “No fue visto como un buen orador ni particularmente carismático o como una figura que sea capaz de entretener”.

Aquel día, sin embargo, sí mantuvo a la población atenta a sus palabras. Abe dejó su puesto por culpa de una colitis ulcerosa, enfermedad crónica que le incapacitó como primer ministro. “No quiero cometer errores en las decisiones políticas importantes. He decidido que no debo seguir sentado en este escaño mientras no pueda responder a la voluntad del pueblo con confianza”, sostuvo cuatro días después de establecer el récord como el líder japonés con el mandato ininterrumpido más largo: casi ocho años (2012-2020).

También estuvo al frente de la nación entre 2006 y 2007 -como el máximo mandatario japonés más joven desde la Segunda Guerra Mundial-, antes de dejar el cargo aduciendo a la misma enfermedad (razón aderezada por los escándalos de su Ejecutivo, por la indignación pública, por la pérdida de registros de pensiones o por la bofetada electoral que sufrió su partido en el Senado). Superó los obstáculos y en su segunda etapa Japón y el mundo se habían acostumbrado a él. Tras su comparecencia de dimisión durante la pandemia tocaba ajustarse a un nuevo tipo de liderazgo.

Amor a su país, aunque a veces sea ciegamente

Al frente del Partido Liberal Democrático (PLD), Abe fue señalado por muchos sectores por ser un “nacionalista” que llegó incluso a poner en duda episodios de la historia que resultaban vergonzosos para Japón. Uno de ellos fue el papel de las llamadas ‘mujeres de consuelo’, eufemismo utilizado para describir crímenes de explotación sexual cometidos por el Imperio durante la Segunda Guerra Mundial hacia ciudadanas de otras naciones asiáticas. Abe amaba a su país, aunque a veces fuera ciegamente.

Político de sangre azul, siguió los pasos de su abuelo, el exprimer ministro entre 1957 y 1960, Nobusuke Kishi, y de su padre, Shintaro Abe, exministro de Asuntos Exteriores de Japón entre 1982 y 1986, una circunstancia que, para lo bueno y para lo malo, nunca fue obviada. Apuntado por ser parte del ‘establishment’ japonés, también fue vanagloriado por potenciar la imagen internacional de Japón en el mundo gracias a una retórica centrada en ensalzar a su país como “normal” y “hermoso” tras años de relativo ostracismo.

“Revitalizó la visibilidad internacional de Japón”, prosigue Brown. “Antes de 2012, cuando regresó, Japón estaba en un punto bajo. No se le prestaba atención internacional, había una sensación de que Japón no era parte de los países más relevantes. Abe ayudó a poner a Japón de nuevo en el mapa gracias a haber estado en el poder durante tanto tiempo. Su nombre se recordaba en el exterior después de una serie de mandatos cortos de otros primeros ministros”, agrega. Antes de su regreso a la mansión de Kantei en 2012, por la residencia oficial habían pasado ya seis primeros ministros en cinco años.

Abe se encargó de encabezar la reconstrucción de Japón tras el devastador terremoto, el tsunami y la catástrofe nuclear de 2011. También tuvo que lidiar con acusaciones de tráfico de influencias de las que salió airoso gracias a la aprobación de la opinión pública.

Conciliador con Donald Trump y Xi Jinping

“Domésticamente su legado destaca en dos materias. Una es económica, cuando promovió la llamada ‘Abenomics’, una flexibilización monetaria radical con la que trató de remontar la economía, y el segundo fue normalizar Japón como poder militar. Redujo algunas de las restricciones en Defensa y trabajó para construir las capacidades propias de Japón”, apunta Brown. En su reforma económica, Abe aplicó un triple plan de flexibilización que incluyó estímulos fiscales y reformas empresariales.

En su intento por prestar especial atención a su política militar, Abe impulsó en 2015 una polémica ley de seguridad que permitía a las tropas japonesas participar en misiones de combate en el extranjero junto a las fuerzas aliadas. Este cambio de rumbo fue catalogado como “autodefensa colectiva”. En sus esfuerzos diplomáticos destaca también su aporte para que la celebración de los Juegos Olímpicos de Tokyo, la buena relación que tuvo con el por entonces presidente de Estados Unidos, Donald Trump, su papel conciliador con los 11 países de la región del Pacífico que formaron parte de la Asociación Transpacífica -que Trump abandonó y que ahora ha vuelto a resurgir con la Administración de Joe Biden como el Marco Económico del Indo-Pacífico- y de su afán por estrechar lazos con China, al menos antes de la pandemia, de la cuestión en Hong Kong, del Mar de China Meridional y de la no condena del gigante asiático a Rusia por la invasión a Ucrania.

El libro de estilo de todo político también se aplicó a Abe, quien dejó su cargo con numerosas promesas sin cumplir. Quizás por imposibilidad, por incapacidad o porque sus ansias transformadoras acabaron siendo demasiado arriesgadas para persiguió en numerosas ocasiones: la estabilidad. Han pasado dos años desde su dimisión y de su disculpa y durante este tiempo Abe no ha dejado atrás su rol de figura política activa. Algunas entrevistas en televisión y varios mítines para apoyar a candidatos del PLD en las próximas elecciones ocupaban su agenda hasta el incidente de este viernes. El mundo y, sobre todo, Japón, están en estado de shock.

“Es un gran impacto porque la violencia política es muy rara en Japón. La violencia es rara en general, especialmente con armas. No suele ocurrir”, concluye Brown. “Sera uno de esos momentos que se recordarán para siempre en Japón. Puede que sea prematuro pero podría convertirse perfectamente en un momento como JFK (asesinato de John F. Kennedy), donde la gente en el futuro recordará dónde estaba, dónde se enteró de que Abe fue disparado. Después de esto, las estrictas normas de control de armas en Japón podrían ser aún más estrictas”, sentencia.