La indefensión aprendida: cuando eres incapaz de reaccionar

  • La indefensión aprendida es un estado psicológico en el que una persona reacciona con pasividad o indefensión ante un evento que le causa sufrimiento

  • Para “desaprender” es importante una buena detección y una correcta y adecuada intervención psicológica, así como el apoyo externo de amigos y familia

En el interior de una habitación hay tres grupos de perros atados con arneses. Los miembros del primer grupo permanecen sujetos con correas durante un tiempo y son liberados posteriormente. El segundo y tercer grupo están unidos en parejas por una yunta.

El segundo grupo recibe descargas eléctricas de manera aleatoria y aprende que presionando una palanca los choques eléctricos cesan. Como se encuentran unidos en parejas, cuando un perro del grupo segundo recibe una descarga, también la siente su pareja del grupo tercero con la misma intensidad y duración, pero estos no pueden evitarlo porque su palanca no funciona.

Seguidamente, los tres grupos de perros pertenecientes a este estudio permanecen en una habitación compartimentada en rectángulos con poca altura, que les permite escapar. Solo lo hacen los integrantes del primer y segundo grupo. Los que forman parte del tercer grupo, mayoritariamente, que han aprendido que nada de lo que hacen les evita la descarga, se mantiene sin hacer nada, recibiendo los choques eléctricos.

Esta investigación la llevó a cabo, a mediados de los años 60, el psicólogo Martin Seligman, y fue el origen del término “indefensión aprendida”. Posteriormente, se hizo un paralelismo con pacientes que sufrían depresión y se argumentó que este tipo de trastorno resultaba en parte de percibir una ausencia de control sobre la posible solución de una determinada dificultad.

El director del departamento de Psicología de la Universidad de Jaén, Rafael Martos Montes, define el fenómeno de la indefensión aprendida como “el retraso o dificultad que una experiencia previa no controlable tiene sobre el aprendizaje posterior”.

Es decir, si la persona experimenta una experiencia traumática, como puede ser el fallecimiento de un ser querido, la pérdida de su puesto de trabajo de manera improcedente o una enfermedad grave, situaciones que no se pueden dominar, el ser humano desarrolla una expectativa de ineficacia; nos sentimos indefensos, y eso, según este psicólogo, “dificulta aprendizajes posteriores donde nos enfrentemos a acontecimientos aversivos que podríamos controlar. Dicha experiencia de incontrolabilidad o indefensión se manifiesta a nivel motivacional (retraso del aprendizaje), cognitivo (dificultades de aprendizaje) y emocional (sentimientos de tristeza, ira, frustración, desolación, etc.), pudiendo, incluso, desencadenar un trastorno emocional grave como es la depresión”.

Señalan los expertos que el estado de indefensión aprendida no es en sí un trastorno psicopatológico que se encuentre recogido en los manuales diagnósticos y estadísticos de trastornos mentales. Se trata, según la doctora Natalia Moreno, coordinadora de la Unidad de Atención Psicológica Personalizada de HM Hospitales en Madrid, “de un estado psicológico en el que una persona reacciona con pasividad o indefensión ante un evento que le causa sufrimiento, debido a que cree que no tiene recursos para sobrellevar la situación, mostrando una actitud pasiva o no buscando alternativas para resolver el problema”.

No existe un perfil psicológico único que muestre la posible incapacidad de la persona para afrontar diferentes situaciones problemáticas y desarrolle un estado de pasividad o sumisión, sino que, en opinión de coordinadora de la Unidad de Atención Psicológica Personalizada de HM Hospitales, “se trataría más de un aprendizaje, en el que la persona ha aprendido a modificar sus conductas de lucha o huida por otra de pasividad o sumisión, con el fin de sobrevivir o adaptarse a situaciones problemáticas o peligrosas”.

La doctora Natalia Moreno indica que, “además, pueden existir determinadas variables de vulnerabilidad en una persona para llegar a presentar un estado de indefensión aprendida. Los estímulos o situaciones que viva también serán determinantes, ya que estas respuestas suelen aparecer ante situaciones de violencia, bien sean puntuales o reiteradas, como en los casos de violencia de género o en casos de victimización secundaria, como en los casos de terrorismo”.

La indefensión aprendida puede darse en otro tipo de relaciones y no solo en las afectivas, como, por ejemplo, laborales, de amistad, etc. Esta experta enumera algunos síntomas que puede manifestar la persona que se encuentra en un estado psicológico de indefensión aprendida:

  • Pasividad, sumisión e indefensión, con el fin de que la situación o la conducta de la otra persona cambie.
  • Emociones de culpa o de ira: puede aparecer culpa cuando la persona se atribuye a sí misma la causa de esa situación negativa, y enfado o ira si atribuye que la responsabilidad es del otro, aunque no manifieste abiertamente esta emoción.
  • Pensamientos y distorsiones cognitivas: entre ellas, cabe destacar las anticipaciones negativas de futuro, la autocrítica, los pensamientos catastróficos o los “deberías”, con un incremento en la emoción de la culpa.
  • Emociones de desesperanza e impotencia.
  • Ansiedad.
  • Estados emocionales depresivos.
  • Baja autoestima y autoconcepto.
  • Aislamiento, apatía y anhedonia.

Para no dejarnos llevar por este tipo de indefensión, Rafael Martos Montes aboga por conseguir inmunizarnos de la misma y “mejor prevenir que curar”. Este especialista considera que “las experiencias de controlabilidad de las diferentes situaciones aversivas por las que nos enfrentamos nos hacen desarrollar expectativas de controlabilidad y autoeficacia, que impiden que nos sintamos indefensos cuando nos enfrentemos a situaciones incontrolables en nuestras vidas (algo que ocurrirá inevitablemente)”.

Y hay que ser conscientes de que cualquier comportamiento aprendido se puede modificar, se puede “desaprender”. Para conseguirlo es importante una buena detección y una correcta y adecuada intervención psicológica, así como el apoyo externo de amigos y familia.

La doctora Natalia Moreno explica que “dentro de la intervención psicológica, además de una evaluación detallada de la sintomatología y de las variables de vulnerabilidad de la persona y de los factores de mantenimiento del problema, se requerirá de una correcta intervención. Uno de los primeros aspectos debe ser la psicoeducación de la sintomatología y de la problemática, con el fin de que la persona entienda qué le ocurre y todos los factores implicados, tanto de su origen como del mantenimiento. Seguidamente y como parte fundamental, se trabajarán los pensamientos y creencias disfuncionales causales del daño, con el fin de crear control y modificar las situaciones complicadas y negativas, así como un trabajo específico en habilidades sociales, solución de problemas o autoestima”.

Si la experiencia de indefensión nos hace sentirnos frustrados, continua el director del departamento de Psicología, “debemos canalizar esta frustración de manera apropiada para esforzarnos y superar los retos a los que la vida continuamente nos está enfrentando”.

Además de la prevención mediante la inmunización, el principal consejo que ofrece este experto es que “cuando experimentemos acontecimientos aversivos incontrolables hagamos atribuciones de causalidad realistas y no erróneas sobre las causas de los acontecimientos incontrolables. Evitar, de una manera ajustada a la realidad, hacer atribuciones internas, globales y estables”.

Además, la confianza en nosotros mismos, en nuestras capacidades, los sentimientos de autoeficacia y de dominio del entorno, etc. pueden contribuir a que no nos sintamos indefensos. Y si experimentamos dicho estado o sentimiento de indefensión, “pensar que en nuestras manos está el poder salir de él; y ponerse siempre en el mejor escenario posible puede ser de gran ayuda”, concluye Rafael Martos Montes.