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Vivir con misofonía, el sufrimiento enorme ante determinados sonidos: "Hay gente que se divorcia porque no soporta escuchar a su pareja respirar"

Una mujer tapándose los oídos
Una mujer tapándose los oídos. KAROLINA GRABOWSKAKABOOMPICS/pexels
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Para Enrique la hora de la comida suponía un auténtico infierno, escuchar masticar a otras personas le suponía estrés y ansiedad. Para Silvia, que trabaja como responsable del área administrativa de una multinacional, lo más complicado no era solo escuchar masticar chicle sino también el ruido de la garganta al tragar o el tintineo de una cucharilla de café y hasta incluso con el ruido de los teclados de ordenador en la oficina... El caso de Susana es bastante similar, pero a ella lo que le imposibilita el día a día es escuchar como los compañeros de clase se sorben los mocos, algo que se hace especialmente imposible durante el invierno. ¿Por qué les pasa? ¿Son demasiado sensibles? ¿Padecen un Transtorno Obsesivo-Compulsivo (TOC)? No, en estos casos lo que hay es una misofonía, una condición que afecta al procesamiento auditivo y emocional de ciertos sonidos. La palabra, que viene del griego, ya nos da muchas pistas: mísos significa 'aversión' y foné, 'sonido', es decir, es una sensibilidad selectiva al sonido o furia sonora. Que, además, lejos de parecer extraña, las investigaciones confirman que aproximadamente entre un 15 y un 20 % de la población mundial la padece; y entre un 5 y un 7 % de quienes la padecen ven condicionado su día a día por ella.

¿A quién puede afectar esta condición? Es obvio que a cualquiera, pero lo más habitual es que las primeras señales ya aparezcan entre la infancia y la adolescencia, especialmente con sonidos corporales como masticar, respirar, sorber o tragar. "Muchas veces empieza en casa o en el colegio, con sonidos emitidos por familiares cercanos o compañeros de clase. Pero también puede aparecer en la adultez, sobre todo con sonidos ambientales: pasos del vecino de arriba, golpes, zumbidos eléctricos, ladridos lejanos, goteos… Son sonidos que para otras personas pasan desapercibidos, pero que para quien tiene misofonía pueden convertirse en el centro absoluto de su atención". Quien nos lo explica es Celia Incio, psicóloga especializada en misofonía y autora del libro 'Maldito ruido' (Alfaguara, 2026).

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Además, algo muy característico es que no afecta igual con todos los sonidos ni con todas las personas. Hay gente que tolera perfectamente cómo mastica una amiga, pero no su pareja. O que soporta el sonido de las obras de la casa de al lado sin problema, pero no el “clic clic” de un bolígrafo. Y eso desconcierta muchísimo al entorno. Por ejemplo, como curiosidad, los bebés pequeños, entre 0 y 2 años, casi nunca despiertan misofonía a pesar de la cantidad y abanico tan amplio de sonidos que hacen con la boca o la nariz.

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Por qué no es un TOC y qué suele funcionar

A menudo muchas personas han confundido la sensibilidad auditiva con manías, TOC, trastornos de ansiedad o incluso histerismo, pero no es lo mismo. ¿Por qué? Es posible que puede parecer similar, pero a ojos de un profesional está claro que no ya que esta genera una reacción muy intensa. Eso sí, comparte características con otros problemas, hay hipervigilancia como en la ansiedad, evitación como en algunas fobias y a veces necesidad de control o anticipación que recuerda al TOC. "Pero en la misofonía el detonante principal son sonidos muy concretos que activan una respuesta automática e intensísima, generalmente más relacionada con irritación, invasión o sensación de amenaza que con miedo. Y durante muchos años, como apenas se hablaba de ello, muchísimas personas crecieron pensando que eran exageradas o “malas personas” por reaccionar así. Por eso ponerle nombre suele aliviar tanto. Porque deja de ser “me pasa algo raro” para convertirse en “esto tiene una explicación neuropsicológica real”, explica Celia.

De ahí que el trabajo terapéutico no tenga como objetivo silenciar el mundo de la persona, sino ayudar a su cerebro y al sistema nervioso a dejar de interpretar esos sonidos como amenazas constantes. Se trabaja, por ello, la regulación de la activación, la tolerancia al malestar, la reducción de hipervigilancia y también la manera en la que la persona interpreta internamente esos sonidos. "Porque muchas veces el problema deja de ser solo el ruido y pasa a ser todo lo que representa emocionalmente: invasión, descontrol, desesperación, imposibilidad de escapar… También ayudamos a romper el bucle de evitación constante. Porque aunque evitar sonidos alivia muchísimo a corto plazo, a largo plazo hace que el cerebro esté todavía más pendiente y reaccione cada vez antes", añade.

Y algo también importante en el tratamiento de la misofonía no es conseguir que la persona aguante más el ruido o no sienta nada, sino que pueda experimentar la presencia del sonido sin malestar para que el cerebro vaya desconectando la asociación de sonido al peligro.

En este sentido, a corto plazo muchas personas utilizan tapones, cascos, ruido blanco o cambios ambientales, y pueden ayudar puntualmente. Pero no puede ser la única estrategia, porque puede generar dependencia. A largo plazo, el trabajo psicológico más eficaz suele combinar varias cosas: regulación fisiológica, entrenamiento atencional, manejo emocional, resignificación del sonido y un acercamiento progresivo y acompañado a esos estímulos. "Trabajamos mucho con esos pensamientos automáticos que aparecen en cuestión de segundos: “no puedo soportarlo”, “esto tiene que parar”, “parece que lo hace adrede”, “no debería estar haciendo ese ruido”, “me está invadiendo”. Porque, aunque son comprensibles, funcionan como gasolina para la activación y cuanto más interpreta el cerebro ese sonido como algo insoportable, amenazante o imposible de sostener, más intensa se vuelve la respuesta emocional y fisiológica". Lo más importante es ampliar la ventana de tolerancia de la persona y conseguir que su cerebro tolere poco a poco estos estímulos para dejar el estado de alarma.

Señales de que podemos padecer misofonía

Aunque como decíamos al inicio del artículo la misofonía suele aparecer en la niñez, concretamente entre los 8 y 12 años, también puede ocurrir que se dispare en la adultez debido, por ejemplo, a un momento de sobrecarga emocional. La principal señal es una reacción desproporcionadamente intensa ante sonidos cotidianos que al resto apenas parecen molestarles. Por ejemplo, notar una irritación muy fuerte cuando alguien mastica, respira, teclea o hace pequeños ruidos repetitivos. Pero ojo, no solo molestia, hablamos de sentir una necesidad urgente de que ese sonido desaparezca o de escapar de la situación.

También es frecuente que aparezcan pensamientos muy automáticos como:

  • “no puedo soportarlo”,
  • “¿por qué hace ese ruido?”,
  • “que pare ya”,
  • “¿cómo puede no darse cuenta?”.

Y además suele aparecer mucha hipervigilancia. "Personas que entran a un restaurante y automáticamente empiezan a localizar quién mastica, quién sorbe o dónde podrían sentarse “más seguras”. O personas que ya se despiertan pensando: “a ver qué si hoy puedo estar tranquilo o qué ruido me encuentro…", subraya Celia a la web de 'Informativos Telecinco'. El caso, por ejemplo, de una paciente suya -que es profesora- es muy significativo. Tal y como ella le explicaba en consulta, le afectaba mucho entrar en la sala de profesores porque había ruidos allí, como el tecleo constante, que le hacían muy complicado el día de trabajo. "Ella describía que ya se levantaba pensando en cómo iba a gestionar esos sonidos durante el día. Porque ya ha habido alguna vez que sin poder evitarlo, ha lanzado miradas fulminantes a sus compañeros por almorzar delante de ella. Además, vivía muy pendiente del vecino de arriba porque caminaba constantemente con zapatos que hacían ruido. Me decía que iba por casa con auriculares y tapones prácticamente desde que se despertaba hasta que se acostaba. El problema ya no era solo el sonido, sino vivir constantemente anticipando cuándo aparecería". Así que no tuvo más remedio que contactar con Celia. El extremo era tal que si hubiera existido un medicamento para quedarse sorda, se lo hubiera tomado.

Vivir con misofonía

Para las personas con esta condición la calidad de vida está muy deteriorada, a no ser que pidan ayuda profesional, así como también la socialización ya que evitan muchos momentos de estrés como puede ser una comida familiar, viajes o situaciones que les puedan llevar el límite por los ruidos. "Eligen qué profesión puede o no desempeñar anticipando la exposición a determinados ruidos, cambian varias veces de casa o reorganizan toda su rutina alrededor de evitar sonidos. Por ejemplo, tras el covid-19 muchas personas han tenido que regresar a la presencialidad en las oficinas, y eso ha sido devastador para quienes viven con misofonía. Personas que se divorcian porque no pueden soportar escuchar a su pareja como respira. Quienes al ir de vacaciones, han tenido que dormir en la bañera porque no aguantaban los ruidos de alrededor de su habitación…", explica Celia.

Aunque, probablemente, una de las partes más duras sea la hipervigilancia constante. El cerebro deja de estar tranquilo incluso cuando no hay ruido, porque vive anticipando que pueda aparecer, y eso agota muchísimo el sistema nervioso. También genera mucho impacto en las relaciones personales ya que los desencadenantes suelen venir precisamente de personas cercanas: parejas, padres, hijos, compañeros de piso… Y claro, una persona se siente invadida y la otra rechazada o incomprendida. "Además, suele haber muchísima culpa. Muchas personas saben perfectamente que su reacción parece exagerada desde fuera y aun así sienten que no pueden evitarla".