La risa de la hiena

telecinco.es 20/09/2011 14:11

Hace tiempo guardé esta fotografía por la repugnancia que me produjo. La risa abierta y sin atisbo de compasión de este etarra en la sala del juicio, me heló la espina dorsal. Si la miramos con atención es evidente que comparte su felicidad con alguien que se encuentra a su espalda, alguien que le apoya y le entiende. No voy a ser tan ignorante como para no entender que una persona que ha matado tanto tenga esa risa y lo que haga falta; pero me sigue resultando difícil aceptar que los dos, como seres humanos, tengamos un ADN tan similar.

No puede haber razón ninguna para que un chico joven, con una piel lustrosa, bien alimentado, bien vestido, peinado, guapo incluso, carezca del mínimo sentido de arrepentimiento por el dolor causado. No puede ser que la soledad de la celda donde ha vivido condenado años de su vida, no le haya hecho pensar que las muertes que salieron de su mano carecían de la eficacia que le contaron que tenían. Uno llega a creer que los etarras están cambiando, que se replantean sus estrategias e incluso que algunos, al parecer, confiesan su rechazo a los métodos sangrientos seguidos hasta ahora. Uno cae en la tentación, de vez en cuando, de soñar que eso pueda estar pasando; pero, de golpe, aparece la sonrisa de este energúmeno y toda la casa de papeles de esperanza se vuelve a venir abajo.

La expresión de la juez nos habla de impotencia, de incomprensión, de desesperanza. Lo tiene tan cerca y sin embargo lo ve tan lejano que podríamos leer hasta sus pensamientos. Habrá tenido a muchos como él delante, habrá condenado a cientos de años a otros parecidos, pero su cara, en esta fotografía, nos grita repugnancia. Él, por su lado, juega, abre su inmensa mano para saludar, sus ojos miran con diversión, casi infantil, a sus amigos, les saca la lengua juguetón. Incluso llega más lejos: sus horas vacías en la prisión le han hecho decidirse a dar el paso y dejarse una mosca en el mentón: un signo de coquetería que seguramente jamás se hubiera permitido antes. Pero las cosas cambian y las exigencias de la banda son menos estrictas. Se sabe poderoso, sabe que le miran, que le admiran incluso; que le apoyan, que le quieren y le sostienen, haga ya lo que haga.

En el otro lado del cristal, en el otro lado de la vida, están sus víctimas. Ellas habrán mirado esta foto como nos ha pasado a todos. La diferencia es que la punzada en el alma que ellos hayan sentido nunca se podrá comparar con nuestra repugnancia. Ninguna víctima, jamás, se ha tomado la justicia por su mano; ninguna ha decidido vengar esa sonrisa siniestra porque todas saben que hagan lo que hagan no lograrán volver a ver la mirada de la persona que les arrebataron.

Nos dicen que los etarras no tienen vuelta atrás. Nos han convencido de que jamás reconocerán su equivocación pero... ¿qué pensar de todas las personas de todas las edades que llenan las calles del País Vasco y les apoyan? Ahora que con sus votos han ganado muchos lugares de poder en las Instituciones democráticas, muchos queremos creer que su compromiso con la paz va a ser mayor pero: sigue siendo asombroso que apoyen esta sonrisa asesina; sigue siendo incomprensible.

Ya sé que no servirá de nada, pero por lo menos dejo hoy aquí mi apoyo, mi solidaridad y mi afecto a todas las personas que en algún momento de sus vidas han conocido la zarpa del terror y cuando vieron en el periódico esta fotografía se sintieron profundamente impotentes.