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Cerrar las puertas de casa en el momento adecuado ayuda a mantener la temperatura sin gastar más

Puerta de la habitación de un hotel
Puerta de una habitación. Karl Tapales
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Se trata de un gesto tan trivial que casi ningún adulto español lo asocia con la factura de la luz. Cerrar o dejar abierta la puerta del dormitorio antes de acostarse, la del despacho al terminar la jornada de teletrabajo, la del salón al encender el aire acondicionado en agosto, la del cuarto de invitados durante las semanas en las que nadie duerme allí, la de la galería del fondo cuando llegan los primeros fríos de octubre. Ninguna de esas decisiones se piensa que tenga consecuencias económicas reconocibles. 

Sin embargo, el manejo consciente de las puertas interiores resulta ser uno de los gestos de mayor impacto sobre el consumo de calefacción y refrigeración en los hogares. La diferencia entre gestionar bien esas puertas y hacerlo sin criterio puede alcanzar el 20% del consumo energético asociado a la climatización, una cifra que se traduce en varias decenas de euros al año en la mayoría de viviendas españolas y en cientos en las de mayor superficie.

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Antes de encender la climatización

El primer momento crítico es el instante anterior a poner en marcha el aire acondicionado o la calefacción. Es necesario cerrar puertas y ventanas antes de poner en marcha el aire acondicionado, lo que evita pérdidas innecesarias de aire fresco y puede reducir hasta un 20% el consumo energético asociado. 

Y es que un aire acondicionado genera aire climatizado que necesita permanecer en el espacio que se pretende templar. Si en el momento en que arranca el compresor las puertas interiores están abiertas hacia zonas de la vivienda que no se pretende climatizar, todo ese aire recién enfriado o calentado se dispersa por metros cúbicos adicionales sin producir efecto útil. El aparato debe entonces trabajar durante más tiempo para alcanzar la temperatura de consigna, y la propia factura mensual refleja esa diferencia.

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Habitaciones en desuso

El segundo momento crítico es la decisión sobre las estancias que no se van a habitar de forma continuada. En general, si se planea que una habitación quede vacía durante horas, conviene cerrar la llave de los radiadores o desactivar las bocas de climatización de esa estancia y mantener la puerta cerrada. Los expertos incluso recomiendan instalar burletes específicos en las juntas inferiores de esas puertas concretas para impedir el desplazamiento de aire frío o caliente entre estancias. Al reducir el volumen efectivo de la vivienda que el sistema debe climatizar, se rebaja proporcionalmente el consumo asociado. El sistema trabaja sobre menos metros cúbicos, alcanza la temperatura de consigna antes y mantiene el confort con menos horas de funcionamiento del compresor o de la caldera.

Un matiz relevante afecta a las viviendas con sótanos habilitados o buhardillas comunicadas por escaleras interiores abiertas. Cerrar las puertas de sótanos y áticos resulta especialmente importante porque el aire caliente sube por convección natural. Si la escalera queda abierta permanentemente, la calefacción de la planta baja pierde una parte considerable de su rendimiento hacia zonas superiores no habitadas, y el sistema debe compensar consumiendo más energía. Cuando no existe puerta física, la solución alternativa consiste en instalar una cortina de tela gruesa o cortinas térmicas específicas que cumplen la función de aislante entre plantas.

Cerrando la puerta

Ventilando con las puertas cerradas

El tercer punto crítico sería la propia rutina de ventilación diaria. En general, se recomienda ventilar la vivienda durante aproximadamente diez minutos al día, a primera hora de la mañana en verano, durante las horas centrales del día en invierno, para renovar el aire y garantizar salud respiratoria. 

Lo que la mayoría pasa por alto es que esa ventilación debería hacerse con las puertas interiores entre habitaciones cerradas, no abiertas. Por un lado, si las puertas quedan abiertas, el exceso de humedad viaja de unas estancias a otras en lugar de salir hacia el exterior, lo que reduce la eficiencia de la propia ventilación. Por otro, si en algunas habitaciones queda calor residual, ese calor se pierde inútilmente hacia las estancias en las que se está renovando el aire.

La excepción a la regla

No siempre conviene cerrar las puertas. Si dos habitaciones contiguas tienen prácticamente la misma temperatura porque comparten fuentes de calor equivalentes y niveles de aislamiento parecidos, puede dejarse la comunicación abierta sin coste energético apreciable. 

En viviendas con sistemas de climatización centralizada con conductos y rejillas, el cierre indiscriminado de puertas y rejillas puede ejercer presión adicional sobre el sistema y desequilibrar el reparto del aire. En esos casos concretos, conviene consultar el manual del propio sistema o el criterio del técnico instalador antes de aplicar la regla general.

Además, cerrar las puertas entre estancias con diferencias térmicas apreciables previene la formación de moho. El aire caliente contiene más humedad que el aire frío. Si la puerta entre una habitación caliente y otra fría queda abierta, el aire cálido se traslada a la habitación fría, la humedad se condensa sobre las paredes frías y aparece progresivamente el moho estructural. Cerrar la puerta impide ese trasiego, protege las paredes y evita reparaciones futuras que rondan varios cientos de euros.