Un incremento mensual de entre quince y treinta euros solo por el hecho de teletrabajar
Cambiar un electrodoméstico puede suponer hasta 300 euros menos al año en consumo eléctrico
La conversación sobre el sobrecoste eléctrico del teletrabajo se ha concentrado durante años en dos preguntas que son, en realidad, secundarias: ¿tengo la tarifa adecuada? ¿tengo la potencia bien contratada? Ambas admiten respuestas útiles, ambas producen ahorros medibles. Ninguna de las dos, sin embargo, explica la mayor parte del incremento que un hogar experimenta al pasar cinco días a la semana con la casa habitada. El responsable del sobrecoste es otro. Es el aire acondicionado en verano y la calefacción en invierno, es decir, la climatización.
Según los datos del IDAE, calefacción y aire acondicionado pueden representar entre el 40 a 60% del consumo energético total de una vivienda. Esa proporción, que en un hogar convencional se reparte entre los ratos en que sus habitantes están en casa por la mañana temprano, al mediodía y por la tarde-noche, se dispara cuando el teletrabajo obliga a mantener la temperatura confortable durante ocho o diez horas adicionales al día, cinco días a la semana.
De este modo, un aparato que antes se encendía dos horas por la mañana y tres por la tarde pasa a funcionar ininterrumpidamente durante toda la jornada. El resultado se cifra en un incremento mensual de entre quince y treinta euros solo por el hecho de teletrabajar, con la climatización como responsable principal del aumento.
Otras estimaciones afirmar que teletrabajar puede aumentar el consumo eléctrico total de un hogar entre un veinte y un treinta por ciento, dependiendo de la eficiencia energética de la vivienda. De este modo, lo que la empresa asumía cuando el trabajador iba a la oficina pasa a asumirlo la factura doméstica del propio empleado. El coste no desaparece, sino que se transfiere de un balance corporativo a uno familiar.

El consumo del resto de aparatos
El ordenador, en comparación, aporta al asunto un peso mucho menor. Un portátil consume entre cincuenta y cien vatios; un ordenador de sobremesa potente puede rebasar los trescientos vatios, pero un usuario medio que ha trasladado su puesto a casa suele emplear el primero. Un monitor externo, un router, una impresora en reposo y una lámpara led suman, en conjunto, entre tres y cinco kilovatios hora semanales adicionales.
El impacto anual del ordenador equivale más o menos a lo que se paga por mantener la casa a veintitrés grados durante una tarde de invierno con la calefacción encendida. La diferencia de magnitud entre uno y otro es abrumador, y explica por qué apagar el aparato cuando no se usa nunca puede llegar a ser suficiente como para corregir por sí solo el problema estructural.
Cómo evitar este despilfarro
Las medidas verdaderamente eficaces se juegan en el frente térmico, y hay varias palancas que pueden servirnos.
- La temperatura de consigna: El IDAE recomienda mantener el termostato entre diecinueve y veintiún grados en invierno y no bajar de los veinticinco o veintiséis grados en verano. Cada grado más caliente en calefacción supone alrededor de un siete por ciento más de consumo, y cada grado más frío en aire acondicionado, otro tanto.
- Aislamiento pasivo del rincón donde se trabaja: cortinas térmicas, ventanas cerradas de par en par, alfombras que impiden la fuga por el suelo, sellado de burletes en marcos que ya no cierran bien.
- Sectorización: climatizar solo la habitación donde se pasa la jornada, no la vivienda entera. Un radiador eléctrico de bajo consumo o un aire acondicionado por conductos que permita cerrar el flujo a las estancias vacías cuesta menos que refrigerar toda la casa para trabajar en una sola habitación.
Existe, por último, un ajuste que en muchos hogares acumula un sobrecoste no menor: el equipo de climatización sigue configurado con los horarios anteriores al teletrabajo. Muchos termostatos programables mantienen el arranque a las siete de la mañana y la parada a las ocho de la tarde, con una interrupción diurna que era razonable cuando la casa quedaba vacía entre esas horas. Reprogramar el termostato para adaptarlo al nuevo patrón, con un arranque más tardío, temperatura de consigna algo más suave durante las horas de mayor rendimiento del sol, y parada anticipada en función del horario laboral real, se traduce en ahorros medibles sin comprometer el confort.

