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La incomodidad de no saber qué hacer con las manos: consejos de una experta en protocolo

Las manos pueden desvelar calma o nerviosismo
Las manos pueden desvelar calma o nerviosismo. Freepik
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Hay momentos en los que una persona puede tener claro qué decir, cómo se quiere presentar e incluso, la imagen que quiere proyectar, pero puede aparecer una incomodidad inesperada: no saber qué hacer con las manos. En situaciones más tensas como puede ser una entrevista de trabajo, una comida formal, una reunión o una conversación importante, las manos parecen tener vida propia. No se quedan quietas. Se van al pelo, a la boca, a la cara… Sin darnos cuenta, están contando una historia diferente a la que se quiere transmitir.

María José Gómez y Verdú, experta en protocolo y creadora de @protocoloyetiqueta.es, habló de esta cuestión con Eli Romero en su podcast Tiene sentido, con una frase muy clara: “Las manos son muy traicioneras”. Cuando se está nervioso, explicó, las manos pueden delatarnos porque se pueden mover sin control, se esconden, gesticulan demasiado o buscan constantemente algo que tocar. Por eso, unos de los consejos más sencillos es también uno de los más efectivos: mantener las manos visibles, tranquilas y, cuando se esté sentado a la mesa, colocarlas firmes sobre ella.

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Puede parecer un detalle menor, pero no lo es. Las manos forman parte fundamental de la comunicación no verbal. Acompañan a lo que decimos, refuerzan nuestra seguridad o producen el efecto contrario revelando nerviosismo. La clave es aprender a usarlas con intención.

¿Por qué las manos nos delatan tanto?

Las manos son una de las partes del cuerpo que más expresan. Cuando una persona habla, no solo va a comunicar con sus palabras, también lo hace con la mirada, la postura, el tono de voz, los gestos y las manos. Por eso, cuando alguien está nervioso, es común que aparezcan gestos automáticos como tocarse la cara o el pelo, rascarse, jugar con un anillo o un bolígrafo, y entrelazar y soltar los dedos. Desde fuera pueden leerse como inseguridad, impaciencia o falta de control.

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Esto no quiere decir que haya que juzgar a una persona por un solo gesto. Nadie está estático todo el tiempo. Sin embargo, hay contextos en los que puede importar más como una reunión o una acto social, y esos movimientos pueden interferir con el mensaje que se quiere dar.

Una persona puede estar diciendo algo brillante y muy interesante, pero si al mismo tiempo se está tocando la cara, el pelo, mira hacia abajo y mueve las manos sin parar, la atención del interlocutor puede desviarse y comenzar a interpretar esa tensión corporal.

El truco de la experta

El consejo de la experta en protocolo María José Gómez y Verdú es muy sencillo: las manos siempre deben estar visibles. En una mesa, lo recomendable es mantenerlas encima, relajadas, sin invadir el espacio ajeno y sin que sean unas protagonistas excesivas. Además, esta explicación tiene una raíz histórica interesante. Según cuenta la experta, antiguamente ocultar las manos era una señal de desconfianza porque no podía saber si esa persona ocultaba un arma o podía atacar. De esta forma, mostrar las manos era una señal de confianza, ya que indicaba que no había ninguna amenaza. Hoy en día, evidentemente, el contexto ha cambiado pero esa lectura simbólica permanece: unas manos visibles transmiten apertura, calma y disponibilidad.

En protocolo, muchos gestos tienen un origen práctico. Con el tiempo, se han convertido en códigos de respeto, seguridad y convivencia. Dejar las manos a la vista no es una norma rígida, es una forma de facilitar la comunicación y evitar que el cuerpo pueda transmitir mensajes contradictorios.

¿Qué pasa cuando se esconden las manos?

Esconder las manos debajo de una mesa, dentro de los bolsillos o detrás del cuerpo puede resultar más cómodo, pero no siempre ayuda a la imagen que se quiere transmitir, ya que puede percibirse como inseguridad, cerrazón o falta de transparencia.

Eso se nota en especial en reuniones o conversaciones formales. Una persona que mantiene las manos escondidas puede parecer menos disponible o menos conectada con la conversación. Sin embargo, unas manos que se apoyan con naturalidad sobre la mesa o que se usan para acompañar el discurso de una manera suave, suelen transmitir más control.

No se trata de hacer movimientos teatrales o exagerados. Las manos visibles no deben estar rígidas ni tampoco forzadas. Lo ideal es que descansen de forma natural: una sobre otra, ligeramente apoyadas, con los dedos relajados o acompañando el discurso con movimientos medidos. El objetivo es que estén presentes, pero no inquietas.

La diferencia entre gesticular y agitarse

Gesticular no es malo. Las manos pueden ayudar a comunicar mejor. Un gesto suave puede ordenar una idea, reforzar una explicación o hacer que el discurso resulte más expresivo. El problema llega cuando la gesticulación deja de acompañar y empieza a distraer.

Hay personas que, al ponerse nerviosas, mueven las manos demasiado rápido, señalan en exceso, golpean la mesa, juegan con objetos o hacen movimientos repetitivos. En esos casos, el interlocutor deja de percibir naturalidad y empieza a notar su ansiedad.

Los gestos tienen que tener un sentido. Las manos pueden subrayar una enumeración, ayudar a explicar un tamaño, acompañar una idea o mostrar apertura. En este caso, los gestos suman. Cuando se está nervioso, lo mejor es bajar un poco el ritmo, hablar más despacio y mover las manos menos de lo que el cuerpo nos pide.