Sembrar agua, una práctica ancestral que garantiza tener este líquido durante todo el verano

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Llegamos a Aliseda de Tormes, nos cuesta localizar a Andrea, Paco y los “Josés”, porque no hay cobertura. Es un pueblo pequeño, incrustado en el valle de la montaña. Llevan tres años trabajando para recuperar las “regaderas” que se extienden por la ladera de las montañas. Han conseguido poner en marcha tres y, con ellas, han logrado tener agua todo el verano y regar sus huertas, es producción propia.
Andrea tiene 23 años, va al pueblo todos los veranos, y siempre que puede en fin de semana, aunque el invierno es siempre menos apetecible, explica. Este año se ha convertido en hortelana y ha puesto en marcha una huerta que ha producido tomates, calabazas, pepinos, cebollas, melones, etc. Dice que la huerta le da tranquilidad, que la conexión con la naturaleza es muy gustosa y que su hora preferida del día es al caer la tarde, cuando acuden los pájaros y ella se pone a regar.
El agua. Sorprende como acompaña su sonido por el pueblo, en los pequeños canales que lo atraviesan. Andrea ha podido regar, porque este verano no ha sido necesario cortar el agua en el río; gracias al trabajo hecho en la montaña, han tenido este recurso también los meses de más calor. Así que subimos a buscar las regaderas, a unos 1.500 metros encontramos una de ellas. Es un surco, no muy ancho, como un pequeño camino, que discurre por la montaña, como si deslizara con el movimiento de una serpiente.
Es un contraste, porque arriba está todo seco, mientras que abajo solo hay que abrir la manguera para que brote el agua y riegue la huerta de Andrea. Paco explica que, si no se “sembrara el agua en la regadera”, en invierno, con las lluvias más fuertes, el agua llegaría en tres horas al río. Pero si se logra que circule de manera subterránea, será la tierra quien imprima el ritmo, mucho más lento, y tardará en llegar al rio, al pueblo, tres meses. Es conducir el agua, como hacían nos dicen “los antiguos” por estas regaderas. Y ahí la tenemos. Una regadera, acequia o camino que hay que limpiar y cuidar para poder sembrar el agua que llega con las primeras lluvias.
Han hecho un calendario para todo el año y ha llegado el momento de retomar el trabajo. Son unos 20 voluntarios los que han subido a la montaña. Recuperan una manera de hacer ancestral, que se enmarca en los sistemas de regadíos históricos, ya denominados por el Gobierno bien inmaterial cultural de la humanidad; una declaración que debe llevarse a la Unesco antes del próximo 27 de febrero, para que reciba este reconocimiento.
Laura, técnica ambiental, y Chema, de la Comunidad de Regantes de Aliseda, explican además los beneficios que vienen asociados, porque funcionan como cortafuegos productivos, porque hacen caminos húmedos que ahuyentan los fuegos y evitan que las “escobas” (unos arbustos que son combustible del fuego) crezcan en la ladera de la montaña, porque humedecen la tierra y son plantas que necesitan, para crecer, tierra caliente. Y, además, al canalizar el agua cuando llueve mucho evita las inundaciones. Paco y José Manuel explican además que ayudan a mantener el ecosistema, hay alimento para los animales que viven en las montañas, ayudan a los ganaderos, si hay más pasto, deben comprar menos comida para las vacas y los caballos.
Laura nos cuenta también que están coordinados con Granada, donde están recuperando regadíos históricos, con técnicas de aprovechamiento de agua que pusieron en marcha los árabes en el sur de España. Consciente de la bondad de este sistema, ha conseguido cartografiar 200 kilómetros de regaderas en las montañas de Gredos. Imaginad, nos dicen, el beneficio que obtendríamos si pudiéramos recuperarlas todas. Es mucho el trabajo y solo de la mano de voluntarios es muy difícil. Pero cada vez se organizan más y mejor y aguardan con esperanza que la UNESCO les otorgue el reconocimiento de bien inmaterial cultural de la humanidad.
