Miguel Junior, el hijo de Indurain que heredó su amor por la bicicleta
Miguel Indurain López de Goicoechea probó fortuna en el ciclismo, vio que no le alcanzaba y siguió otro camino vinculado a la bicicleta
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Miguel Indurain López de Goicoechea, hijo del cinco veces ganador del Tour de Francia, podría haber pasado media vida intentando demostrar que llevaba en las piernas algo del talento de su legendario padre. Pero hizo algo más difícil, y bastante más sano. Lo intentó, comprobó que no le alcanzaba y siguió adelante. Una valiosa lección de cómo quitarse de encima sin grandes dramas ni aspavientos un peso familiar que quizás no te corresponde acarrear.
Miguel nació en 1995, precisamente cuando su padre estaba en la cúspide su carrera. Aquel verano, Indurain conquistaba su quinto Tour consecutivo e ingresaba en el selecto panteón de los más grandes de la ronda francesa, junto a E·ddy Mercks, Bernard Hinault y Jacques Anquetil. Sin embargo, para el primogénito de sus tres hijos (los otros dos son Jon y Ana), el gigante que aparecía en la televisión, en los periódicos y en las revistas y que toda una generación idolatró era simplemente su padre.
El apellido más conocido del pelotón
Pero llevar el nombre de una leyenda simplemente no puede pasar inadvertido. Todo el mundo sabía perfectamente quién era. Por supuesto, también cuando a los 12 años se apuntó a un club ciclista después de haber probado el fútbol y descubrir que aquel ambiente competitivo no era para él.
La bicicleta le ofrecía otra cosa. Aire libre, amigos, ejercicio y la sensación de que podía disfrutar del deporte sin que todo tuviera que reducirse a ganar. En una entrevista en Onda Cero reconocía que le miraban por ser "el hijo de Indurain", pero aseguraba que nunca lo vivió como una presión. "Llevar el nombre de Miguel Indurain es algo a lo que te acabas acostumbrando", explicaba.
Durante la adolescencia compartió pelotón con corredores que después alcanzarían el profesionalismo, entre ellos Enric Mas, Marc Soler, Iván García Cortina y Óscar Rodríguez. Durante un tiempo quiso llegar a profesional. No fue una fantasía pasajera. Lo intentó de verdad y llegó hasta los 21 años con ese objetivo en la cabeza. Pero el paso por el ciclismo amateur le enseñó algo que quizá no siempre resulta fácil de admitir cuando se lleva un apellido tan grande. No tenía suficiente talento.
"Intenté ser ciclista profesional, siempre me gustó, era un trabajo chulo, hasta los 21 años tuve ese objetivo pero vi que no era mi camino y me busqué la vida por otro lado. En ciclismo amateur me cayeron palos por todos lados. El ritmo era diferente a juvenil, en las subidas me quedaba y no rendía como quería", recordaba en Onda Cero.
Miguel Jr. lo contaba sin rastro de amargura. Tampoco apelaba al típico "si hubiera entrenado más...", simplemente vio que no llegaba. Reconocer eso cuando eres el hijo de un campeón que ganó cinco Tours, dos Giros, un Mundial y un oro olímpico puede ser complicado, pero no lo fue para él. "Nunca pensé en llegar a ser como mi padre, es muy difícil, casi imposible", resumía.
Comer, beber y a rueda
Su padre tampoco planteó nunca la relación entre ambos desde la exigencia de fabricar otro campeón. Miguel Jr. recuerda más consejos prácticos que discursos. Había una frase que se repetía especialmente. "Siempre me daba el mismo consejo. Me repetía siempre lo de comer, beber y a rueda, pero yo nunca le hacía ni caso", reconocía en otra entrevista en La Vanguardia.
Lo curioso es que Miguel padre tampoco era especialmente proclive a contar sus propias hazañas en casa. Su hijo asegura que apenas le relataba historias de aquella época. Hay una excepción que sí recuerda, la subida a La Plagne en el Tour de 1995, cuando Indurain fue dejando atrás a todos sus rivales a ritmo asfixiante.
La historia tiene todavía más sentido cuando ambos salen juntos en bicicleta. "Cuando subo con él siempre vamos a ritmo, no se levanta nunca, siempre ritmo constante (...) Te pone una marcheta dura y te deja reventado", contaba Miguel Jr.
Su retirada competitiva no significó abandonar la bicicleta. Al contrario. Su relación con ella se hizo probablemente más parecida a la que mantiene hoy buena parte de la generación que creció viendo a Indurain, pero que nunca tuvo la intención de convertirse en profesional. Ciclismo para salir. Para viajar. Para conocer gente. Para ponerse en forma. Para hacer una ruta el domingo.
Su trayectoria profesional terminó llevando esa afición a su propio terreno. Primero fue su trabajo en Rapha, en Palma, y después llegó Giant Palma, proyecto que comparte con Xisco Lliteras, fundador de la Mallorca 312. La tienda se convirtió en un espacio de referencia para el ciclismo en la isla. Además, organiza rutas y actividades a través de un club social vinculado al establecimiento.
Padre e hijo en el desierto
La imagen más bonita entre padre e hijo llegó con la Titan Desert de 2020, celebrada de forma excepcional en Almería debido a la pandemia. Ambos compartían equipo en el KH-7. "Sin mí, mi padre no hubiera venido", confesó el hijo en La Vanguardia. Fue él quien aceptó primero la invitación y quien terminó arrastrando al campeón navarro hacia una aventura que inicialmente no parecía demasiado propia de un corredor de carretera de casi dos metros de altura.
Miguel Jr. reconoció que terminó la prueba "reventado", pero lo verdaderamente es que había gozado de cinco días de ciclismo con su padre sin necesidad de luchar por ninguna victoria. En realidad, su mayor triunfo ha sido no convertirse en su padre, algo que además nunca estuvo a su alcance, sino construirse una vida alrededor de aquello con lo que disfruta.
