José Corbacho y David Fernández o cómo no ser Estopa: “Si no sabes reírte de ti mismo, no te dediques al humor”

La pareja de humoristas recorre España con su espectáculo ‘David y José: no somos Estopa’, en el que repasan (y exageran) anécdotas de sus carreras.
José Corbacho y su lección tras superar un trasplante de riñón: "Le debo la vida a mi hermana, así de simple"
Un domingo de enero, a las puertas del teatro Marquina de Madrid, veo aparecer calle abajo, enfundado en un abrigo gris y fumando un pitillo, a David Fernández. Lo abordo: “Hola. Os han dicho que venía a haceros una entrevista, ¿no?”. Frena en seco: “No”, responde con gesto de funeral. Y a continuación suelta: “¡Qué sí!”, y se ríe. “¡Por eso hemos venido temprano! Voy a mirar si José ya ha llegado”. Se asoma a la cafetería del teatro y allí, efectivamente, tomando una botella de agua, se encuentra su compañero de reparto en David y José: no somos Estopa, el espectáculo que David Fernández (55 años) y José Corbacho (60) pasean estos días por España.
La duda que debe de estar consumiendo a cualquier intrépido espectador es: puesto que Corbacho y Fernández no presentan un monólogo y tampoco una obra de teatro, ¿qué diantres es lo que ofrecen al público estos dos reputados cómicos catalanes? David y José: no somos Estopa podría describirse como un repaso de anécdotas de sus respectivas carreras, algunas veraces —como el percance escatológico de Corbacho durante una función de La Cubana, compañía en la que coincidieron—, otras llevadas al extremo —esos desayunos de hotel en mañanas de resaca— y algunas producto de la más descabellada fantasía —aquellos diez días que Fernández pasó en Abu Dhabi con el rey emérito—.
“Hemos estado haciendo el texto como cinco años”, bromea Corbacho. “No, lo hemos escrito en tres o cuatro cenas, dos cafés y un tapeo”, matiza Fernández. La verdad es que cuando decidieron crear un espectáculo a medias, tirar de anecdotario les pareció la mejor opción. “Las anécdotas gustan a la gente. Después fuimos hilándolas para que tuviera sentido”. El nombre de la obra se le ocurrió a Corbacho en una programa de televisión donde ambos concurrieron; dijo: “Somos David y José, pero no somos Estopa”. Se dieron cuenta de que era un buen título para un espectáculo. Cuando informaron al dúo musical, los David y José reales dieron inmediata aprobación mediante sonora carcajada.
Una guitarra española y un cajón flamenco, mero atrezo —aunque cogen los instrumentos, no llegan a tocarlos realmente—, es lo único que remite a Estopa en el escenario, donde si algo prima es la brillante capacidad de Corbacho y Fernández de reírse de sí mismos. “Eso es básico”, dice Corbacho. “Si no sabes reírte de ti mismo, no te dediques al humor. Lo esencial que hacemos es burlarnos de nosotros. De hecho, creo que el espectáculo lo hicimos para echarnos tierra encima”, apostilla su compañero.
Aunque en algunas escenas simulan pique entre ellos, no va de egos la cosa. “Cuando actuábamos en La Cubana, con pelucones y disfraces, la gente no nos reconocía en la calle. Aprendimos a anular el ego. Y en televisión salimos hechos unos zarrapastrosos, haciendo el idiota. Al final te ríes de ti e intentas que el público se ría de estos dos perdedores que se han juntado para ir de gira y uno cuida del otro”, explica Corbacho.
“La idea de juntarnos —añade— también nace de la complicidad que tenemos fuera del escenario”. Apunta Fernández: “Hay actores que dicen que en esta profesión es necesario el ego, pero creo que ‘ego’ no es la palabra adecuada, porque ego es la exaltación del yo. En nuestro trabajo dependes de tanta gente, que es imposible que tengas ego. Lo que debes tener es el orgullo y la responsabilidad de hacer las cosas bien. Cuando llevas tantos años, sabes que no puedes creerte que eres la hostia. Vas a tener picos: como no lo tengas asumido, mal vamos. Si te crees espectacular y el mejor del mundo, te vas a pegar un batacazo”.
¿Dedicarse a algo tan sano como hacer reír a la gente es propio de buenas personas? “En nuestra profesión, por estadística, hay buena gente y mala gente”, dice Fernández. “David y yo somos buena gente. A lo mejor hay actores que no son tan majos. Nosotros no venimos de familias de artistas y, fuera del teatro, nuestro entorno es de lo más normal. Lo que está claro es que hacer reír a la gente, a mí me da la vida. Hay personas que se cruzan contigo por la calle y sonríen. Antes eso me parecía cursi; ahora me gusta”, señala Corbacho.
Evocando al Chikilicuatre
Inevitablemente, en ese batiburrillo de anécdotas ocupa lugar especial la actuación de David Fernández, con el alias de Rodolfo Chikilicuatre, en el festival de Eurovisión en 2008. “Eso me ha marcado para toda la vida, como a Massiel el La, la, la”, dice en broma. “Pensaba que la gente ya no se acordaba, pero en espectáculos que yo hacía en solitario, la gente se acercaba y me hablaba del Chikilicuatre. ¡Con el curro que me había pegado yo con un guion! Así que pensamos en incluir algo ahora, porque si el público lo quiere, hay que dárselo”. Corbacho lo considera un hito digno de recordar: “El que un humorista actuase en Eurovisión fue un momento histórico de la comedia en este país. En este espectáculo, en el que pasamos revista a cosas del pasado, era inherente: forma parte, para bien, de la carrera de David”.
Los caminos de uno y otro se han cruzado varias veces en el pasado, en teatro, televisión y cine: en Tapas, dirigida por Corbacho, David Fernández aparecía declamando: “Hola, somos testigos de Jehová” (“Pero fue muy bonito cortar mis vacaciones para decir esa frase”, se queja riendo). Podría decirse que forman parte del olimpo de humoristas catalanes, si no fuera porque no están de acuerdo con que el humor tenga denominación de origen.
“Hay personas de diferentes lugares que hacen humor”, dice Corbacho. “¿Los Morancos hacen humor andaluz? No, son andaluces que hacen humor. El humor es comunicación. Uno hace humor y encuentra su público. Más que denominación de origen, tiene autoría”. Coincide Fernández: “Hay gente que dice: ‘Me gusta el humor inglés’. Vale, pero ¿cuál? ¿El de Benny Hill, el de Monty Python, el de Ricky Gervais, el de Mr. Bean…?”. “Benny Hill no tenía flema inglesa. Tenía flama”, tercia Corbacho. “La denominación de origen —prosigue— solo funciona en los aceites, el vino y el queso. Me río igual con Buenafuente que con los cómicos albaceteños o andaluces”.
La comicidad se antoja efectivo tratamiento para la mente en tiempos convulsos como los que vivimos actualmente. “Desde que somos humanos, la gente busca la risa”, dice Corbacho, excluyendo aquella lejana época en la que no éramos humanos. “Es verdad que cuando la gente está jodida, agradece venir al teatro y estar hora y media riéndose. La comedia y el humor deberían depender del ministerio de Sanidad y que se recetaran como un medicamento”.
Aceptan, porque no les queda más remedio, que la comedia siempre ha estado, y estará, un escalón por debajo del drama en cualquier modalidad de interpretación. “Cuando un actor es bueno en comedia, se dice: ‘Qué buen actor cómico’. Cuando un actor es bueno en drama, se dice: ‘Qué buen actor’. Los griegos ya hacían el drama para la gente bien y la comedia para la plebe. Hay que tenerlo asumido y no pasa nada”, dice Fernández.
“Es más fácil unificar al público con el drama. Proyectas La sociedad de la nieve y tienes a todo el cine llorando. En cambio, haces comedia, y hay uno que ríe y otro que está diciendo: ‘Mi cuñado sí que es gracioso’. Cada persona se ríe de una cosa. Siempre nos quedará el dato de que la película más taquillera del cine español es Ocho apellidos vascos y la segunda, probablemente, alguna de Santiago Segura. Puede que de las diez películas más taquilleras de la historia en España, ocho sean comedias. En cambio, coges los Goya, y el 85% de los premios son para películas dramáticas. Pero hay que asumirlo. Lo que queremos es que la gente se ría”, dice Corbacho, quien, en realidad, tiene un Goya: el que recibió en 2006 al Mejor Director Novel por Tapas.
En plena forma tras el transplante de riñón que le salvó la vida en 2020, José Corbacho alterna No somos Estopa con actuaciones en solitario como monologuista y la dirección de una nueva película —adaptación de la obra de teatro Burundanga— que llegará a las pantallas este año. David Fernández estrena en teatro Mitad y mitad, una comedia junto a Carlos Camacho escrita por Jordi Sánchez y Pep Antón Gómez, y dice estar rodando una película “de serie Z, porque la hacemos solo dos cámaras y un montador, solo para pasármelo bien”.

