Javier Ojeda: “Los grupos de los ochenta nos odiábamos; nos hemos hecho amigos con los años”
El excantante de Danza Invisible acaba de publicar una colección de versiones titulada ‘Incorrecto’, término que usan sus hijos para referirise a él.
Javier Ojeda, de Danza Invisible: “Los jóvenes nos ven a los rockeros como viejos friquis simpatiquísimos”
Javier Ojeda coge su móvil, busca un grupo de WhatsApp y me muestra la pantalla: aparecen imágenes del libro que sus hijos le regalaron unas navidades, compuesto por frases suyas, muchas veces extemporáneas, que tanta gracia hacen en su familia. Leo: “Palabras y cosas que creemos que odias: boletus, serendipia, resiliencia, música épica, que el perro entre en casa”. En otra foto: “Me llevo mejor con las lesbianas”. “Me hicieron un libro hablando de mis fricadas”, explica el orgulloso papá y célebre cantante. “Me emocioné que te cagas. Que te hagan ese regalo…, imagínate”.
Javier (su hijo mayor, de 30 años) y Pablo (de 21) utilizaron en ese libro un término para definir a su progenitor: “incorrecto”. Ahora Ojeda lo ha tomado prestado para titular su último álbum, un disco de versiones hasta cierto punto incorrectas, aunque solo sea por la diversidad de palos que toca. Pasa de “Time after time”, de Cindy Lauper (“Una y otra vez” en su adaptación) a “Mirando al mar”, el bolero de Jorge Sepúlveda de 1949. En cada tema ha trabajado con músicos y productores diferentes (por ejemplo, en “Una y otra vez” se asocia con el productor Paco Loco, pope de la música indie). “Lo que quería era divertirme”, dice. “Pensé: ‘¿Por qué no hacer cada canción con un equipo distinto?’. En ese sentido es un disco incorrecto e incoherente”.
No le duelen prendas a la hora de justificar el lanzamiento de un álbum de versiones, que no es el primero de esa clase que publica: “No necesito sacar un disco nuevo, con canciones mías; en absoluto. Con lo que he grabado a lo largo de mi carrera tengo para hacer muchas giras. Por otro lado, parte del público no está por escuchar material nuevo. Saco esto por pura pasión. Hago versiones por distracción”.
Y, sin embargo, entra por la puerta contándome que acaba de grabar un tema nuevo, propio. Porque además de incorrecto, Javier Ojeda es hiperactivo. Se titula “A punto de ocurrir” y cuando me lo pone aún no se ha publicado (salió el 26 de febrero). “La letra me la hizo mi mejor amigo. Tenía un cáncer terminal. Ha estado doce años luchando contra él. Habla de dejar de sufrir. Murió el 26 de diciembre y pensé: ‘Esta canción la tengo que publicar’. Es un homenaje póstumo a mi amigo”.
En los vídeos de “Una y otra vez” y “Mirando al mar”, Ojeda, de 61 años, se rodea de actrices y bailarinas de su generación. “La que sale con gorrito en ‘Mirando al mar’ es mi hermana. La decisión es reivindicativa sobre la gente madura. Me parecería patético sacar, a mi edad, a una chica joven y guapa. La bailarina de ‘Una y otra vez’ tiene 63 años y es profesora de danza en Marbella”, explica.
Pese a que se decanta por canciones de décadas atrás, no está en contra de la música que se hace hoy. “El reggaetón no es mi género favorito —advierte—, pero tiene canciones que me gustan. Antes del boom de Bad Bunny ya había canciones suyas que me interesaban. Es un género al que le pasa como al hip hop: es más de canciones sueltas que de álbumes”.
Tampoco se rasga las vestiduras por las letras de la música urbana. Encuentra en el rechazo que generan cierta hipocresía: “Me parece una gilipollez: el rock de los años cincuenta sí que era machista”. Y añade: “Hay un sector rockista que rechaza todo lo que no lleve guitarras: es muy, muy reaccionario. Cuando en los ochenta empecé a acercarme a la salsa, algunos decían: ‘Uf, eso es música latina’. ¿Estás rechazando la música de más de medio continente? Me parece una aberración. Decían: ‘Es música comercial’. Que cojan un disco de Los Van Van y otro de Héroes del Silencio y miren quién vendía más. Y resulta que Héroes del Silencio no eran pachangueros, eran pachangeros los otros”.
El fin de Danza Invisible
Pero si por algo es conocido Javier Ojeda no es por su gusto por Los Van Van, ni porque se lleve bien (como él dice) con las lesbianas ni por invitar a actrices maduras a sus vídeos. La fama la conoció como cantante de Danza Invisible, banda malagueña que vivió sus mejores años en los ochenta y primeros noventa. Tras una larga trayectoria, en junio de 2024 sucedió lo que sus fans más temían: ofrecieron un concierto de despedida, en Torremolinos, la localidad malagueña donde el grupo nació en 1981.
“Fue un pelín agridulce”, dice recordando aquellos últimos acordes. “Con mucha nostalgia de todos los momentos vividos. Pero artísticamente fue la mejor decisión. Estábamos tocando las mismas canciones año tras año, sin sacar disco; no sonábamos como antaño. Cuando terminó el concierto quedó una sensación muy rara, no te la sé explicar. Nos llevamos estupendamente. Son una gente extraordinaria. Pero cuando pasas muchos años trabajando con las mismas personas, se establecen roles. Yo debía hacer muchas cosas, y cada vez disfrutaba más estando solo”.
La disolución de Danza Invisible se produjo tras la gira de cuadragésimo aniversario. “Estábamos un poco quemados”, admite. “Les pedí un año de respiro. Mi idea era que el resto de componentes se dedicara a componer en ese tiempo”. Pero, en lugar de eso, Antonio Gil (68 años), guitarrista y compositor, le comunicó que había decidido jubilarse y no quería reactivar el proyecto. Entre la falta de un componente esencial y el agotamiento de Ojeda, el final vino dado.
Se dio carpetazo a una historia brillante, vinculada al principio al postpunk y, más adelante, a un rock sin etiquetas con progresivos guiños a la música latina. Papel fundamental en los comienzos de Danza Invisible desempeñó Ricardo Teixidó, mucho más que un batería y corista. “Era un músico extraordinario”, dice Ojeda. “Cuando yo empezaba a cantar, lo imitaba; luego desarrollé mi estilo. En el primer disco es el autor de las letras, opinaba sobre las guitarras… Pero era una persona complicada. Antonio y yo empezamos a ganar peso compositivo, y las canciones de Ricardo ya no nos gustaban tanto. Hubo problemas personales que no voy a relatar, y hubo un momento en que tuvimos que dejar de trabajar con él”. Causó baja en 1993.
En sus inicios, los chicos de Danza Invisible tenían fama de estar entre los más gamberros del rock español; reputación que Ojeda no solo no desmiente, sino que acrecenta. “Hay un audio de La edad de oro —recuerda— en el que salgo hablando muy raro. Claro, es que me había tomado un tripi. Los del programa estaban buscando a los cinco del grupo para juntarnos y no había manera: estabamos despedigados con los tripis de la época. Destrozos en hoteles, drogas, sexo… Lo tengo todo: el manual del perfecto rockero. Una vez medio quemé una habitación de hotel: quemé las cortinas, las mantas, las perchas de madera… Era muy joven, estaba muy loco, con una medio novia… La típica tontería que hacen los niñatos. No estoy nada orgulloso de eso”.
En el fondo eran cinco muchachos de Málaga que lograron hacerse hueco en unos días en que eran los grupos de Madrid, las estrellas de la movida, los que chupaban cámara. “Los grupos de los ochenta nos odiábamos todos”, declara ahora. “Nos hemos hecho amigos con el paso de los años. Cuando íbamos a Madrid decíamos que la movida era una mierda. Salvábamos solo a Radio Futura, que eran nuestros amigos, y La Mode, porque nos caía muy bien Mario Gil [actualmente en Un Pingüino en mi Ascensor]. Los ochenta eran pura arrogancia juvenil. Y está bien que fuera así”.
El rockero que cae bien a todo el mundo
Una arrogancia que el paso del tiempo suavizó, hecho que quizá explique por qué Javier Ojeda sigue siendo un tipo que cae bien a todo el mundo. “No soy arrogante”, sostiene, hablando del presente, claro. “De hecho, en la primera época de Danza Invisible éramos más arrogantes, pero nunca he sido del todo así. He sido siempre un tío normal, entusiasta. Una de mis socias en el Fulanita Fest, festival del que soy promotor, dice: ‘Eres el mejor relaciones públicas del mundo: capaz de meterte con alguien en su cara y caerle bien”.
Un “tío normal” incluso en el ámbito doméstico. Alardea de la relación que desde 1987 mantiene con su hoy esposa, a quien se refiere como “mi Gema”. Saca pecho: “En los inicios del grupo hice uso de mi condición de cantante, pero me enamoré pronto. Gema y yo somos pareja eterna. Lo digo sin rubor alguno: la quiero con locura. Tengo suerte”.
Idéntico placer exhibe cuando habla de sus hijos. Ambos se dedican a la música: Javier, el mayor, se abre paso como influencer musical y Pablo, bajo el seudónimo de Jassy Ojeda, es cantante y ha publicado varios discos. “Me encanta que se dediquen a la música”, dice Javier sénior. “Anda que no presumo yo de mis niños. Y eso que no les he incitado mucho. Es cosa de genética”. Las tres voces del clan se unieron en 2024 en el tema “Viento de poniente”, que el exDanza Invisible publicó como sencillo independiente.
A lo largo de 2026, Javier Ojeda seguirá actuando en directo, ahora presentando Incorrecto, publicará más canciones —entre ellas, una versión de “Reiremos, soñaremos”, de Los Gritos— y verá cómo su biografía, novelada, se imprimirá en formato libro con la firma de José Luis Molinero. “Soy superfeliz”, reconoce. “Estoy muy satisfecho de cómo ha sido y es mi vida. Creía que cuando se separase Danza Invisible lo tendría más difícil, pero me está saliendo muchísimo trabajo. Llevo el nombre del grupo con todo el orgullo del mundo. No soy un solista al uso”.
