Antonio Carmona: “A veces voy al parque, abro una cerveza y hablo con mi padre fallecido”
El cantante, excomponente de Ketama, regresa tras un largo silencio artístico con un nuevo álbum en solitario titulado ‘Baro drom (éxodo)’
Antonio Carmona recuerda el peor momento de su vida: “La gente se muere, pero yo resucité”
Existe desde 2017 un parque en Madrid, en el barrio de Campamento, bautizado en homenaje al guitarrista flamenco Juan Habichuela (Carmona de apellido real), fallecido un año antes. “A veces voy a mi barrio —dice ahora su hijo, Antonio Carmona—, al parque, me siento, me abro mi cerveza…, y cuando nadie me ve, me pongo a hablarle. Le digo: ‘Papá, hay que ver lo bien que nos lo hemos pasado, lo bien que nos has criado, lo importante que fue venirnos a Madrid…”.
La íntima y conmovedora escena contiene claves del momento actual de Antonio Carmona: esa mezcla de memoria y pérdida que ha situado al cantante como jefe de su familia, poco después, además, de haber estado él mismo con un pie al otro lado por culpa de una grave enfermedad; sentimientos que ha conseguido conciliar con el espíritu de celebración que destila su nuevo disco, Baro drom (éxodo), el primero que lanza desde Obras son amores, publicado allá por el año en que se inauguró el parque dedicado a su padre y él pasó por la UCI.
La palabra “éxodo” incluida en el título sugiere huida, migración. Carmona matiza: no se trata tanto de escapar de un lugar como de esquivar algo más resbaladizo. “Uno huye muchas veces de los pensamientos”, aclara. “Yo creo que los pensamientos te atrapan. Hay una cosa que siempre pienso: mente capta, que en latín significa más o menos ‘captado por la mente’. Yo intento que no me capte la mente. Intento fluir más sobre los momentos, sobre si escribo, sobre mis lamentos, sobre mi alegría —que tengo mucha—, pero también muchas veces partes oscuras que filtro a través de mi música. Pero huyo de los pensamientos, de estar captado por algo negativo… Trato de salir de ahí”.
Ese intento de escapar del ruido interno se traduce en un disco que no responde a un patrón cerrado. Más bien al contrario: es un trabajo en el que conviven registros distintos, casi como si cada canción respondiera a un estado de ánimo diferente.
“Hacía mucho que no sacaba un disco mío. En esta ocasión no te das cuenta cuando empiezas a componer, pero más tarde ves que un tema dice una cosa, otro tema dice otra… No tiene una línea musical cerrada. No sé, por compararte, hay artistas que tienen un sonido muy claro y ya sabes quién es. Lo bueno de todo esto es que me sorprendo a mí mismo. Con los sonidos que he puesto, con las letras, con los productores con los que he trabajado. Y eso es una cosa muy grata, porque sorprenderte a ti mismo, tío…, eso tiene mucho valor. Para mí es muchísimo”.
En esa búsqueda hay también una reivindicación silenciosa: la de seguir siendo reconocible sin quedarse quieto. No competir, sino mantenerse. “Yo siempre he tenido claro que no soy ni mejor ni peor artista, pero sí diferente”, explica. “Mi música es diferente. Creo que tengo mi personalidad desde los 14 o 15 años y hasta ahora que tengo 60 siempre he hecho lo que he querido. Nadie se ha metido en lo musical, ni compañía discográfica, ni radio, ni nada”. Los ultrarrápidos bandazos de la industria musical en los últimos años no han hecho que se sienta desplazado. “Más que eso, he tenido etapas de vacas flacas en que no trabajé tanto”, afirma.
Baro drom (éxodo) es más que un retorno musical; tiene mucho de vuelta a la vida, tras el severo episodio hospitalario —también en 2017, año crítico en su biografía— que pudo enviarle al otro barrio. Una infección dental que se complicó, un coma inducido, una invitación del destino a abandonar el escenario… Y una recuperación lenta que nos ha devuelto al mejor Antonio Carmona.
“Me encuentro un poco Jesucristo, ¿sabes?”, dice. “Porque en aquel momento tenía que haber muerto. Estuve más cerca de la muerte que de la vida. Y estoy aquí, resucitado. Me parece un milagro. Aprendí muchísimo. Aprendí que tengo una familia maravillosa, amigos impresionantes, que la gente me quiere. Mi madre cogía un taxi para ir al hospital y le decían: ‘¿Usted es la madre de Antonio Carmona? No le cobro’. A ese nivel. Es un capítulo que no voy a olvidar nunca. Quedaron secuelas, pero he aprendido a vivir con todo eso”.
La familia aparece una y otra vez como un eje que sostiene todo lo demás. Desde el recuerdo del padre hasta una condición nueva que él mismo festeja sin rodeos: la de abuelo. En 2024 nació su primer nieto, Ismael. “Es la felicidad absoluta. Es un quitapenas. Si me levanto un poco bajo, tengo su frescura. Canta mi single con dos años. Me acuerdo mucho de mi padre, porque no lo ha conocido. Lo llevo con mi tío Pepe Habichuela y se parte de risa con él. Ser abuelo es de lo más bonito que me ha pasado en la vida”.
En ese entorno familiar, el cantante nacido en Granada ejerce de patriarca, figura de referencia en la cultura gitana. Papel que desempeña a su manera. “Prefiero ser una persona cercana para los míos”, señala. “Quiero que me cuenten sus problemas. Llevo a mis hijas, a mis primos, a mis sobrinos de gira. Es recíproco. Nos damos frescura. Vamos a comer, a una taberna, intentamos no dramatizar. Porque todos tenemos drama, pero somos entretenimiento. Y cuando te subes al escenario te tienes que quitar la pena”.
Los (ya no tan) jóvenes flamencos
Antonio Carmona se puso por primera vez bajo el foco de la fama a mediados de los ochenta, cuando ingresó en Ketama junto a su hermano Juan y su primo Josemi (la formación original agrupaba a Juan Carmona, José Soto, Sorderita, y Ray Heredia). Exponentes del movimiento de los jóvenes flamencos (o nuevos flamencos, flamenco-pop o flamenco fusión, porque fusión también hicieron: ahí quedan sus colaboraciones con el músico de Malí Toumani Diabaté), tocaron techo en 1995 con la publicación del disco en directo De akí a Ketama. De él se vendieron más de 600.000 copias y les brindó dos premios Ondas y uno de la Música.
“Fue una época muy rebelde”, evoca. “Se hacían los discos muy rápido. Y si no pasaba nada con uno, hacíamos otro. Tengo un gran recuerdo de Mario Pacheco, director del sello Nuevos Medios, que fue el precursor junto a Pata Negra, Rafael Riqueni, mi tío Pepe Habichuela. Nos juntó con Toumani Diabaté e hicimos Songhai. Llegamos a ser número uno en la revista inglesa New Musical Express por delante de Prince o Paul McCartney. Pero sobre todo recuerdo mucha rebeldía y mucho salvajismo. ¿Más salvaje que llamarnos Ketama, que es donde se cultiva el hachís para toda Europa?”.
En De akí a Ketama cantaban tres Antonios: Carmona, Vega y Flores. Hoy solo queda uno. “La heroína fue una pandemia”, dice cabizbajo sobre la lacra que se llevó a sus tocayos y amigos. “Me quitó a mi ‘hermano’ Ray Heredia y al 30% de mis colegas. Voy por mi barrio y me dicen: ‘¿Te acuerdas de mí? Soy la madre de tal’. Claro que me acuerdo. Fue una generación entera. Algunos salimos, otros no. Yo salí, pero vi a muchos quedarse en el camino”.
El papel de Ketama en la música española fue histórico, lo que deriva en que, para muchos, Carmona siga siendo “Antonio el de Ketama”. El apelativo le agrada. “Siempre voy a ser Antonio el de Ketama”, dice. Determinados clásicos del grupo (“Vente pa’ Madrid”, “No estamos lokos”, “Agustito”, no se caen de su repertorio en directo. “Sería como pedirle a Alejandro Sanz que no cantase ‘Corazón partío”, arguye.
Él se percató mucho antes que el público de que, musicalmente, Ketama había quedado atrás. “Yo me di cuenta que era Antonio Carmona cuando saqué mi primer disco [Vengo venenoso, de 2006]”, dice. “Busqué un sonido muy determinado, quitamos la reverb, metimos guitarras eléctricas, las baterías con Abe Laboriel, baterista de Paul McCartney… Y el hacer ese tipo de cambio musical, salirse de lo que la gente podía esperar del cantante de Ketama, era muy dífícil. Por aquel sonido me di cuenta de que ya era Antonio Carmona”.
Con los años y tras la enfermedad, sus hábitos han cambiado. “Me encanta salir con mis colegas pero al mediodía”, cuenta. “Me tomo mis aperitivos, me gusta comer mucho, beber un buen vino, tener una buena conversación…”. Aborda el trabajo con rigor de oficionista. “Sigo componiendo, sigo sorprendiéndome. Cada día escribo, cada día hago una armonía. A veces dices: ‘Qué mierda’, pero te obligas. Como el escritor o el pintor. Hay que crear todos los días. Es importantísimo”.
Esa misma lógica se traslada a la gira que acompaña el disco, planteada casi como un recorrido emocional por su trayectoria en solitario. Comienza el 10 de abril en Valencia y lo mantendrá ocupado hasta el 15 de diciembre, cuando se presente en Madrid. “Es muy importante que se diga: es una gira muy bonita, con seis músicos, con teatro. Va a haber un recorrido de estos veinte años: desde Vengo venenoso hasta ahora, temas de Antonio Vega, de Serrat… Para mí es muy importante que la gente tenga buen recuerdo de estos veinte años, como yo lo tengo”. Al final, todo vuelve al mismo lugar: la memoria, la música y esa conversación pendiente que sigue manteniendo, cerveza en mano, en un banco del parque de su barrio. No como un gesto extraordinario, sino como una forma más de seguir adelante.
